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Romeo Mareo

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9 de mayo de 2013

¿Novio o estilista?

 

Hay un dicho que dice, más o menos: “No hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”.

Como casi todos los dichos, sin embargo, este está equivocado: sí hay males que duran 100 años. O incluso más. Y sí hay cuerpos que resistan eso y mucho más. Para probarlo, expongo aquí el caso de uno de mis amigos, llamado Pietro.

A Pietro lo conozco desde hace años, incluso desde que los dos estábamos en la universidad, pero había perdido el contacto con él durante más de dos décadas hasta que, de buenas a primeras, una noche de la semana pasada, se presentó sin previo aviso en el pub que yo visito cuando necesito hidratarme de cuerpo y alma.

Me reconoció al instante y, no solo eso, sino que me dijo: “Tú eras el tipo que yo necesitaba ver”.

Después que le hice mi advertencia habitual -“no tengo dinero”-, Pietro se sentó junto a mí en la barra y se ganó toda mi atención cuando me ofreció invitarme a un trago.

Entonces, claro está, me dañó la noche al  contarme su historia.

Al principio esta no tenía nada fuera de lo común: Pietro era uno de esos hombres trabajadores y serios que había laborado toda su vida en la misma compañía, una empresa dedicada a importar y vender al por mayor un jarabe para exterminar las garrapatas.

En 30 años, había sido, a todas luces, un empleado ejemplar: apenas faltaba, nunca llegaba tarde, era eficiente en su labor. Lo más importante para él, sin embargo, era que aunque durante bastante tiempo había estado soltero, nunca siquiera había tratado de salir con una compañera de trabajo.

“Si hay dos cosas que no ligan, además del agua y el aceite, o el vodka y el ron, es el trabajo y el amor”, me dijo, creyéndose que estaba rompiendo récords de originalidad.

 Sin embargo durante el último año,  Pietro, quien se había divorciado por segunda vez en 2007, sintió que cada vez se le hacía más difícil cumplir con ese mandamiento.

Se llamaba Susan.

Aunque ella llevaba también algunos años en la empresa, Pietro apenas se habia fijado en  ella hasta que al parecer a  la cambiaron de escritorio y ahora tenía que pasar exactamente junto al suyo cada vez que iba al baño o a tomar agua.

 Y Susan parecía tener siempre mucha sed, razón por la cual debía transitar a menudo por esa ruta, ya fuera por un motivo o por el otro.  Así, a Pietro no le quedó más remedio que darse cuenta de que ella era una muchacha muy atractiva, aunque siempre vestía informalmente -su vestimenta favorita, al parecer, eran los pantalones y los chalecos de mahón- y no parecía creer mucho en el maquillaje.

Eso sí, tenía un pelo espectacular: largo, lacio y tan excesivamente negro azabache que provocaba que uno sospechara que usaba algún tinte para conseguir ese efecto. Aunque no fuera así.

 Y, cada vez que Pietro levantaba la vista de la pantalla de su computadora al verla pasar, notaba que ella le saludaba con una simpática sonrisa.

Como era un hombre experimentado, Pietro sabía que, más que un mero gesto de cortesía, esa sonrisa de la muchacha era un indicio indiscutible de que él le caía bien. Él le devolvía la sonrisa, claro está, pero, como no había oportunidad para más nada -a menos que él saliera corriendo tras de ella para tratar de buscarle conversación-,  el asunto quedaba ahí.

Un día, probablemente percatándose ella de que si no hacia algo drástico era muy probable que Pietro no se atreviera a hacerle un acercamiento antes de que concluyera el presente cuatrienio, Susan sufrió o fingió sufrir un percance, resbaló y terminó sentada encima de él.

Luego de los momentos de risa y confusión que se desarrollaron entonces, y después de que ella le pidiera perdón media docena de veces, la chica se paró para seguir su camino cuando Pietro, decidido a todo, le dijo que esperara un momento.

  “Solo quiero decirte”, le dijo luego de tomar aliento, “que tienes el pelo más bonito que yo haya visto nunca”.

La chica sonrió, genuinamente halagada.

Pietro iba bien. Muy bien. Pero entonces, debido tal vez a la falta de práctica o acaso a la incapacidad para inventarse otro comentario que profundizara en la buena impresión que había logrado con el primero, solo se le ocurrió decirle:

“¿Me puedes decir qué champú usas? ¿O es el conditioner?”

“No sé por qué”, me comentó Pietro en la barra, “pero desde ese día ella no ha vuelto a pasar por ahí”.

Mi amigo aún no se daba cuenta de que a veces una muchacha que anda buscando novio no termina conformándose con un buen estilista.

romeomareo@elnuevodia.com

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