El Padre ofreció el antídoto perfecto hace casi 2,000 años, contra un mal que causaría una muerte peor que la causa por una epidemia, porque se trataba de evitarnos la muerte eterna.
Los que en el pasado cuestionamos la inercia, indiferencia y la falta de militancia de la Iglesia en la denuncia de los atropellos al pueblo tenemos la obligación moral de asistir a este acto de fe y justicia en respaldo a los trabajadores que serán despedidos.
La salvación puede ser como ese último paracaídas disponible que nos ofrecen incluso antes de que se sospeche que la nave en que volamos sufrirá un desperfecto y caerá. ¿Escogerás a Jesús como tu salvavidas o esperarás a que sea muy tarde y ya no haya tiempo?
Las primeras palabras del Resucitado fueron “La paz esté con ustedes”. Y esa Paz, en tiempos en que la gente se desvela y vive con miedo a perder sus empleos, el mundo no la comprende porque no la conoce.
La buena noticia que tenemos que recordar, es que aunque todos hemos pecado, Jesús vino a salvar lo que se había perdido, no a condenarnos.
Si bien la Biblia establece que todos hemos pecado, también nos presenta la buena noticia de que Jesús no vino a condenarnos sino a salvarnos. Esa salvación la compró con su sangre, y aunque no estábamos allí cuando lo crucificaron, somos herederos de ese regalo, que está listo para ser reclamado.
La funeraria, el ataúd, el cementerio, el panteón, la fosa común y la cremación son palabras prohibidas. Nadie quiere hablar de la muerte. Nadie se quiere morir.
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