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Estilos de vida
23 enero 2009

El valor de saber renunciar

"Me decían cavernícola, pitiyanqui, opresor, veinte cosas se inventaron, pero se encontraron con uno que no les tenía miedo”.




Su cuerpo mediano y macizo complementa a la perfección esa fortaleza de carácter que asegura le llegó por vía de su sangre irlandesa y corsa. Su padre, Augusto Soltero Peralta, un sabaneño brillante que se convirtió en el primer superintendente de Seguros de Puerto Rico, le inculcó el amor por la democracia estadounidense y la libertad individual. Su madre Ana Lila Harrington Borgo, hija de uno de los soldados norteamericanos que invadió la isla en 1898 y se quedó al enamorarse de una aiboniteña, le enseñó enfrentarse a la vida con los puños arriba.

Y ese no rehuir la pelea ha marcado su figura y su trayectoria. Fred Soltero Harrington se enorgullece de haber sido un rector “con los pantalones en su sitio”, sin miedo de hacerle frente a los manifestantes que, con revueltas y huelgas, amenazaban con poner patas arriba la Universidad de Puerto Rico (UPR).

En 1971 entró el Recinto Universitario de Mayagüez (RUM) como un ventarrón. Aunque apenas duró dos años, fueron tiempos convulsos en los que el recinto se convirtió en campo de batalla debido a los continuos conflictos y a una huelga que duró tres semanas.

Para el rector de cuño estadista nunca hubo términos medios y, a pesar de sus logros como el fortalecimiento del deporte y varios departamentos del recinto, su gestión se caracterizó por la “mano dura” contra los revoltosos.

“Yo me convertí en el enemigo principal de todos esos movimientos que querían el poder. Una vez cerraron los portones del recinto y yo mismo fui y los abrí. No dejaba que hicieran pocavergüenzas y boté a unos cuantos. Me decían cavernícola, pitiyanqui, opresor, veinte cosas se inventaron, pero se encontraron con uno que no les tenía miedo”, relata mientras sus pequeños ojos azules revivían la intensidad de aquellos días.

En una autobiografía, Soltero Harrington declara que su familia y él “fuimos víctimas de nuestro propio talento y nuestra reciedumbre de carácter”. A su padre, por ejemplo, le negaron una beca para estudiar en la Universidad de Harvard por su inclinación nacionalista a pesar de que fue la nota más alta de la Ponce High en 1912. La beca la recibió Pedro Albizu Campos, quien logró el segundo lugar, pero solía llevar una águila en la solapa debido a su admiración por Estados Unidos.

A consecuencia de ello, Soltero Peralta estudió en la Universidad de Pennsylvania, donde se convenció de las bondades de la democracia norteamericana y a su regreso a la isla se convirtió en paladín de la estadidad. Albizu Campos, por el contrario, regresó a fundar el Partido Nacionalista debido al racismo que sufrió en Estados Unidos.

“Esa fue una de las grandes ironías de la historia”, comenta Soltero Harrington, y afirma que sus propias gestiones públicas tropezaron siempre con su carácter y la renuencia a convertirse en un “muchacho de mandaos”.

Como rector renunció tras dos años por defender la autonomía universitaria y oponerse a los intentos de centralizar el poder en la presidencia de la UPR. Declara con orgullo que fue el último rector con libertad en el RUM.

En 1982 renunció como secretario de Recursos Naturales y Ambientales porque los ayudantes del gobernador Carlos Romero Barceló querían convertirlo en “un muñeco”. Siguieron otras renuncias como la de 1984 al decanato de Ciencias Naturales en la Universidad del Sagrado Corazón y otra en la Escuela de Medicina de Ponce. Eran batallas imposibles de eludir, explica, porque estaban en juego su dignidad e independencia de criterio. Dice que siempre cerró filas con la libertad de pensamiento.

Tras cada batalla encontraba consuelo en el salón de clases, único lugar donde se sintió realmente libre. Aunque cuenta con un doctorado en bioquímica e ingeniería nuclear y se desempeñó en varias posiciones en la UPR, incluyendo director del Departamento de Química y decano de Estudios del RUM, se define como maestro de escuela.

Está convencido de que solo en el aula alcanzó un éxito total y como prueba muestra las placas y cartas de agradecimiento que ha recibido. “En el salón de clases es donde verdaderamente conecto y esas cartas que me escriben los estudiantes son mi tesoro mayor”, explica.

Una de las semillas que siembra con mayor satisfacción es el apego a la libertad. Exhorta a sus alumnos a pensar por sí mismos, a defender sus criterios. Está convencido que solo como parte de Estados Unidos la isla podrá garantizar esa democracia y libertad individual.

Ahora, a los 80 años, se dedica a escribir libros sobre la historia de la UPR y su filosofía educativa y política y a dirigir la Asociación de Ex Alumnos, entidad que ayuda a estudiantes pobres con deseos de superación. A pesar de su imagen dura, se declara sentimental y dadivoso.

“Ahora me siento libre y feliz, no tengo remordimientos. Estoy reviviendo la historia. Celebré 54 años de matrimonio, tengo tres hijos y ocho nietos que están haciendo historia. El DNA de la familia Soltero Harrington sigue trabajando por ahí”, puntualiza con picardía.