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3 de octubre de 2010
Puerto Rico Hoy
 

A 25 años de Mameyes

Las historias de la tragedia conmueven como en el primer momento al narrar la desaparición de toda una comunidad ponceña debido al derrumbe causado por las lluvias torrenciales. Mira las fotos

Cientos de casas de madera y cinc quedaron reducidas a un revoltillo de escombros en el sector. Tras semanas de búsqueda de rescate de víctimas y cadáveres, por razones de salubridad se decidió clausurar el área y convertirlo en un jardín conmemorativo. (Archivo /El Nuevo Día)

Por Nelson gabriel berríos / El Nuevo Día

Mameyes - El recuerdo de una noche de horror, muerte y lluvia tormentosa, en la que cientos de casas de madera y cinc colapsaron al derrumbarse un monte en Ponce aún estremece a quienes vivieron esa tragedia hace 25 años.

Aquel 7 de octubre de 1985, un rayo cayó en lo alto del barrio Mameyes a las 3:30 de la madrugada, provocando un estruendo en toda la ciudad. Hay múltiples teorías de la causa del derrumbe. Unas apuntan a que estalló un depósito clandestino de productos de pirotecnia y otras a que cedió el terreno al explotar un tubo defectuoso que suplía agua al sector. Ya por el continuo liqueo del tubo o por los torrenciales aguaceros asociados a la tormenta Isabel, que dejaron 23 pulgadas de lluvia en Puerto Rico, el terreno calizo del monte se convirtió en un lodo movedizo. Tras el rayo y la explosión, el derrumbe cobró la vida de al menos 94 personas.

“Cuando hizo aquel relámpago que se prendió el mundo, fue que explotó to'. Mire, que eso fue lo más triste”, me relató entonces doña Lucrecia Martínez, de “60 y pico de años”. “Nosotros nos quedamos en el ranchito, ¿Pa' donde íbamos a ir a esa hora, si eso era mar y cielo? Por aquí mismo bajaba como un río. ¡Ay, Dios mío! Y oscuro, oscuro. ¿sabe como estará el muerto ahí?”

Otros sí corrieron para salvar sus vidas. “La tierra hizo brrrrusssrrrr, tembló”, me contó José Juan Pabón. “Entonces, cuando me levanté sentí muchos peñones que caen en las casas. ¡Pla, pla, pla! Me levanté corriendo y vi que el balcón de la casa se cayó, se doblaron los socos de madera. Le dije a mi hermanito: vamos a casa de mami. Fui corriendo y, no sé cómo, abrí el candado de un golpe. Cuando miré, así, por debajo de la casa vi eso que hacía brrrr, un rayo aniquela'o. Mi hermanito decía: mira eso como alumbra. Como la tierra estaba blandita, el rayo rompía por ahí pa' abajo como cuando la culebra hace hoyos... y pasó por debajo de la casa de mi mai. Yo vi to' eso prendío por ahí arriba. Cuando vi que la casa de mi mai se caía le dije: Véngase que se va a caer con to y casa”.

Al rato, la casa de su mamá se cayó y Pabón trató de huir con su esposa embarazada. “En eso el tanque de agua explotó, ¡Plaaahh! con el tubo ese bien grande. Y yo gritando: cuidado, cuidado. Entonces el correntón. Eso es bien fuerte. ¿Tú sabes el agua que eso manda? Esta (su esposa) trató de correr. Ella, encinta, y se le fue el pie por una grietilla. Se le quedó la chancleta con to y no podía sacar el pie. Luchamos un rato, botamos la chancleta y le sacamos el pie. Mi casa se vino abajo también”.

Huyeron al sector de las Terrazas monte arriba. Y desde allí Pabón recuerda que vieron “que se movía la tierra, pero ¡contra, que se movía! Se llevaba el terreno completo como de raíz, se llevaba la casa completa con todo y terreno. Otras no, las volaba por los lados, las brincaba por encima de otras casas... Y lloviendo, lloviendo”.

Caída al vacío

Acudí como reportero a Mameyes desde San Juan, a donde llegué en helicóptero, pues el puente de la autopista en Santa Isabel colapsó y allí murieron varios automovilistas que en la oscuridad cayeron al vacío.

Al llegar a Mameyes, la magnitud del desastre sobrecogía. El revoltillo de escombros, hogares bajo fango, los heridos con huesos al descubierto, los cadáveres enlodados, la lluvia incesante que nos empapó a todos, muebles en pedazos, fotos familiares entre el reguero de objetos caseros, los juguetes y aquellos rostros. Aquellos rostros pobres que en un principio se resistían a llorar, ansiosos, hasta saber si vivían sus familiares y vecinos...

En esas primeras horas, la labor de rescate fue intensa. Uno de los que acudió en la madrugada fue el fotógrafo Edgar Vázquez, que laboraba en el municipio ponceño. Estaba con la Defensa Civil y llegó a las 4:30 de la madrugada cuando anunciaron un 10-50 (emergencia) en Mameyes. “Todavía había casas bajando. No había luz, pero lo que se podía ver, tú sentías como cuando tiran madera, como bajando un correntón de escombros y la lluvia a to' jender. Me quedé confuso al ver una de las casas que se va esquineando y esquineando y cae. Se podía ver a través de los rayos. De momento, por allá, los gritos de la gente, la confusión y yo tirando fotos de un lado y otro”, me explicó Vázquez poco después, temblando de recordarlo nada más.

En medio del caos, Edgar resbaló. “Me caigo con la cámara, al cogerla, se abrió. Perdí los rollos, se mojó por dentro. Dije, pues, aquí lo que resta es ayudar que es lo más importante”. Con dos policías, ayudó a rescatar a “un señor que tenía un brazo partido, pillado con una cama. En el hombro se veía el hueso”. Pero minutos después, Vázquez se encontró un muchacho gritando: “Anita, ¿dónde estás?”. Le dijo que dos de sus hermanas salieron de la casa destruida pero quedaba Anita, una hermana adolescente con retardo mental. “Yo creo que ella murió, no la veo, no la veo”, repetía.

Oyeron un quejido. “Empezamos a sacar escombros. Y cuando meto la mano siento una manita. Dije: Anita, si eres tú apriétame y sentí como que apretó. Era ella. Empezamos a escarbar y escarbar hasta que la pudimos sacar. De una mano, tú sabes. Al rato volví a encontrar al muchacho, le pregunté por sus hermanas y, con ese taco ahí, me dice “mis dos hermanas, que yo creía que estaban vivas, murieron al lado de Anita. Dios mío”.

Permanecí semanas en Mameyes. Las historias eran desgarradoras. Una joven perdió a su novio, con quien se casaría esa semana. Un hombre no pudo rescatar a la esposa que dormía a su lado. La casa de una matrimonio con ocho hijos resbaló como 50 pies colina abajo, con la familia adentro. Milagrosamente lograron escapar aunque malheridos.

DIBUJOS PROFÉTICOS

Una de las historias más extrañas que reporté fue la de unos niños de Head Star que vaticinaron en unos dibujos el derrumbe tres días antes de ocurrir. Su maestra les dio la asignación de dibujar algo relacionado con el servicio público. Varios niños, para sorpresa de la maestra, dibujaron un desastre con casas al revés, helicópteros dando ayuda, un monte partido por un rayo y en éste muchas, muchas cruces.

Tras la tragedia, la profesora volvió a ver los dibujos y algunos de los más dramáticos fueron de niños que fallecieron en el derrumbe.

En el tiempo que estuve en Mameyes, viví el rescate de cadáveres. Junto a periodistas internacionales que cubrieron la tragedia, tuve que vacunarme, usar guantes y mascarillas para recorrer el área del desastre, en el que se estimaba unas 500 casas destruidas.

Los muertos estaban allí, bajo mis pies... su olor lo indicaba. Y sobre el terreno, retratos, muebles, ropa, almohadas, televisores, ollas... rastros de vidas que se fueron.

El entonces gobernador Rafael Hernández Colón encabezó un entierro masivo de las víctimas en el Coliseo de Ponce el 9 de octubre.

“Que esta trágica nota de nuestra historia sirva para unirnos como pueblo”, dijo en la despedida de duelo el Gobernador, quien invocó la esperanza de un “futuro mejor” en Puerto Rico en el cual las familias puedan disfrutar de viviendas bien construidas y seguras para que no se repita la tragedia de Mameyes.

Días después, en el impresionante telemaraton “Unidos por Puerto Rico” la generosidad boricua se desbordó al recolectar sobre $5 millones para construirle viviendas a los que perdieron todo en Mameyes y en las inundaciones de esos días.

Cientos de sobrevivientes del derrumbe estuvieron refugiados en escuelas y en el antiguo Hotel Ponce Intercontinental por meses. Desde junio de 1986 se trasladaron a vivir a a una urbanización en Ponce llamada Nuevo Mameyes. Curiosamente, algunas víctimas del derrumbe están enterradas en un cementerio frente al Nuevo Mameyes.

En el lugar del desastre, muy cercano a la cruceta del Cerro Vigía en Ponce se construyó un jardín conmemorativo donde se evoca cada año el triste episodio histórico.

En la memoria colectiva, quedó el nombre de Mameyes como sinónimo de una comunidad pobre, olvidada que en el derrumbe cobró con vidas la ausencia de planificación urbana. Mameyes se convirtió en la referencia al hablarse de tomar medidas preventivas en comunidades similares en zonas no seguras. Ojalá nunca tengamos que lamentar en Puerto Rico el horror de otro Mameyes.

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