Sonia Flores-Cortés ayuda a mujeres marginadas que atraviesan situaciones de crisis
Por Lilliam Irizarry / Especial para El Nuevo Día
Desde adolescente, Sonia Flores-Cortés se sentía mal de que otras personas no tuvieran sus mismas oportunidades y condiciones de vida. Y como en ese entonces no tenía herramientas para lidiar con lo que más tarde entendió que eran desigualdades sociales, se dedicaba a escuchar a todo el que se le acercaba con algún problema o necesidad.
“Me desesperaba tanto que pensaba que sus problemas eran míos. Fue así que aprendí que eres solidaria cuando escuchas a las personas y te preocupan sus problemas, y escuchar te da la responsabilidad de actuar”, sostiene la profesora universitaria y presidenta de la Fundación Alas a la Mujer.
Aunque crecer en un hogar con oportunidades no la eximió de vivir desventajas por ser mujer, la toma de conciencia sobre las diferencias de género surgió cuando, a finales de la década de 1990, la invitaron a dar la conferencia “La mujer ante un nuevo milenio”.
Ese proceso de reflexión fue tan profundo que sirvió de zapata para que, en el 2006, fundara junto a un grupo de voluntarios la organización que brinda apoyo económico, social, educativo y emocional a mujeres marginadas que se encuentren en situaciones que menoscaban, obstaculizan o ponen en peligro sus vidas, sus bienes o su integridad personal, emocional o espiritual.
Desde su creación, la Fundación ha dado alas a más de 300 mujeres mediante pasajes de avión o pago de fianzas de agua y electricidad para que salgan de situaciones de violencia doméstica; libros y materiales para que puedan completar estudios vocacionales o universitarios; ropa y artículos de primera necesidad en casos de emergencia, e incluso con el capital inicial para establecer un negocio propio, entre otras ayudas.
Pero, más importante aún, la organización ha impactado a más de 400 mujeres mediante un programa educativo de desarrollo integral que se ha llevado a cuatro municipios. Lo iniciaron cuando se dieron cuenta de que sus ayudas monetarias remediaban el aquí y el ahora, pero que las mujeres también necesitaban herramientas para tomar control de sus vidas y educarse como personas.
“Hay cosas que las resuelve el dinero, sobre todo en momentos de crisis, pero la educación es poder. La educación ayuda a que puedas ver los problemas, analizarlos y tomar las mejores decisiones”, expresa la doctora en Currículo y Enseñanza.
Flores aclara que la organización no desea crear más dependencia económica, sino apoyar a mujeres valientes que estén dispuestas a asumir el compromiso de transformar su realidad por medio del trabajo y la educación.
Como parte de ese compromiso, cree necesario que las organizaciones sin fines de lucro establezcan mecanismos para despertar la responsabilidad social de quienes se benefician de la solidaridad.
“En Puerto Rico se ha creado una cultura de asistencialismo hacia los más desventajados, pero debemos comenzar a exigirles algo a cambio. Yo me he preocupado por ti, ¿por quién tú te vas a preocupar? Hay que exigir algo de vuelta, puede ser tiempo o aunque sea un testimonio”, sostiene.
Aunque por su trabajo voluntario no recibe ni pide nada a cambio, pues le basta “la felicidad” de saber que no está cruzada de brazos y que está “construyendo algo”, para los más necesitados desearía ver muchas manos voluntarias, muchos bolsillos generosos, muchos corazones comprometidos.
Para que ello sea posible, reconoce, es necesario que en el sistema educativo se establezca un currículo con enfoque social, que profundice en valores como la solidaridad, la cooperación, el respeto, la honestidad, la excelencia.
“Hay que enseñarle a los niños, desde pequeñitos, que en su programa de vida debe haber proyectos sociales. Que no hay que esperar a jubilarse para sacar tiempo para los demás. Que igual que se busca tiempo para otras cosas, se puede establecer el trabajo voluntario y la solidaridad como una prioridad en la vida”.