No luce como que sea muy productivo que digamos dialogar con una persona que comienza una de sus discusiones en internet con la frase “Don't fuck with me, fellas!!!!!”. Eso, ciertamente, no suena a intercambio constructivo de ideas.
Sin embargo, quien la utilizó en su blog (que puede leer aquí) ha generado uno de los debates más interesantes que han sacudido al jazz en los últimos años.
Me refiero a Nicholas Payton, gran trompetista de Nueva Orleans, la misma ciudad donde nacieron otros grandes del instrumento como Louis Armstrong, Wynton Marsalis y Terence Blanchard. Payton fue uno de los últimos Young Lions, esa generación que revitalizó el jazz acústico en los años 90. Y según algunos, su sonido recuerda, a veces, al del propio Armstrong.
Pero lo que le está trayendo una nueva fama a Payton no es su talento musical, sino su “cruzada” por cambiarle el nombre al jazz.
Él quiere rebautizarlo como BAM, siglas de “Black American Music” (música negra americana).
Su iniciativa es menos sorprendente de lo que puede parecer a simple vista.
Algunos de los músicos más notables que ha dado el jazz, empezando por Duke Ellington, han renegado históricamente de las categorías, alegando que solo sirven para ponerle límites a la música.
En esa línea de pensamiento se inscribe Payton. Pero él va más allá.
En un polémico manifiesto que publicó en su blog (nicholaspayton.wordpress.com) en noviembre pasado, titulado “Why Jazz Isn't Cool Anymore” (que puede leer aquí) Payton afirma que “el jazz murió en 1959”.
“Jazz” es una etiqueta impuesta a los músicos, dice Payton, “y el hombre que permite que otros lo definan está muerto”.
Yo no soy un músico de jazz, afirma, sino un músico posmoderno cuyo deber es “cuestionar, reexaminar y redefinir qué es lo que hacemos”.
Los maestros de esta música aceptaron el término “porque fueron víctimas de una mentalidad colonialista que glorifica el ser tratado como esclavo”, escribe Payton.
“Pero ya que mis ancestros me abrieron la puerta, yo no tengo que aceptar” el racismo que lleva implícito, según él, el término “jazz”.
(En un blog posterior, Payton puntualizó que no rechaza la música en sí, sino el término).
“Fuimos cómplices en permitir la esclavitud de nuestra música, de la misma manera que nuestros hermanos y hermanas en África ayudaron en la trata de esclavos durante la travesía del Atlántico. ‘Venderse’ siempre es un elemento esencial de la esclavitud. No importa lo que se nos hizo, a fin de cuentas nos culpo a nosotros mismos y por eso es que he empezado el #BAM movement”.
De acuerdo con el trompetista, BAM es un término amplio que reivindica los orígenes del jazz como música de los negros estadounidenses.
Como era de esperar, el blog de Payton ha causado una controversia -por momentos bastante acalorada- entre sus defensores y sus detractores.
Uno de los muchos músicos y críticos que han intervenido en la polémica, el bajista Christian McBride, le escribió a Payton diciéndole que BAM no es un término preciso para definir lo que hacen los músicos de jazz.
Si vamos a decir que se trata de “música americana negra”, pues bajo BAM habría que incluir el soul, el gospel, los blues y el hip-hop, escribió McBride. “¿Quizá deberíamos eliminar todas esas terminologías como jazz o BAM?”, pregunta McBride. “Yo creo que los músicos ya han empezado a hacerlo”.
Yo tengo otro reparo al término propuesto por Payton. Aunque reivindica justamente el origen de esta música, se queda corto a la hora de abarcar su presente. Payton se refirió a este punto en un blog posterior, reafirmando apasionadamente que BAM es un término inclusivo. Pero me parece problemático clasificar como “música americana negra” la que hace Pablo Aslan con su tango-jazz bonaerense, el jazz combinado con maqams de Irak que trabaja Amir ElSaffar o la música que hacen los seguidores de Kryztof Komeda en Polonia, por citar solo tres ejemplos.
Payton, quien se autodenomina como “Creador del BAM y Salvador del Pop Arcaico”, ve este debate no solo en términos musicales, sino como el comienzo de un gran movimiento social.
¿Qué piensas tú, amigo lector?

En las tres décadas que lleva trabajando en El Nuevo Día, Rafael Guillermo Vega Curry, alias Ragui, ...


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