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Romeo Mareo

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1 de febrero de 2013

¿Cómo puedo saber si él me engaña?

 

Una querida lectora me escribió una vez para hacerme, con toda la mejor intención del mundo, la siguiente pregunta, que más bien parece el título de un tipo artículo de sexología ‘light’ como los que aparecen en las revistas.

“¿Cómo puedo hacer feliz ya mi pareja?”

A la soltá, tuve que frenar el deseo de soltarle la respuesta que rápidamente me había saltado a la punta de la lengua: “Sepárate de ella”.

Y también evité decirle: “¿Para qué quieres hacerla feliz? Eso le quita todo el ‘fun’ a la cosa”.

Les confieso que algo así sentí hace muy poco, cuando otra amiga lectora que también goza de la virtud de escribir poco –la mayoría de las que me escriben por lo regular me hacen un recuento cuasi bíblico de su relación- me zumbó la siguiente interrogante:

“¿Cómo puedo saber si él me engaña?”

En fin, trataré de responderle aquí al máximo de mis capacidades, que no son muy amplias.

Primeramente debo decir una cosa: yo nunca le he sido infiel a mi pareja mientras he estado con ella. Aunque solo haya sido por los 15 minutos de rigor.

En segundo lugar, no tengo la menor idea de cuál es el porcentaje de hombres que son infieles, ya sea a nivel de Puerto Rico, de Djibuti o a escala mundial.

Sí, ya se que si escarbo un poco en internet de seguro hallaré estudios que hablen al respecto, pero con eso de los estudios científicos o supuestamente cient?íficos pasa una cosa muy graciosa: los hay de todo tipo.

Así, estoy seguro que un estudio de la Universidad Pluscuamperfecta efectuado en 2010 y llevado a cabo con hombres sordomudos que no hayan nacido en Groenlandia, encontró que cuatro de cada 10 admitieron que les habían sido infieles a sus esposas… y los otros seis afirmaron que sufrían de amnesia.

Y otro estudio llevado a cabo un año más tarde en el instituto Fulano de Tal, encontró, en cambio, que cinco de cada 10 confesaban el acto… O, si se aplicaba el consabido margen de error del cinco por ciento, el resultado subía a 10 de cada 10.

O bajaba a 0 de cada 10.

Dicho esto, el sentido común me dice que la mejor manera que tiene una mujer de saber si su pareja la engaña o no es preguntándoselo a quemarropa.

Eso sí, con cierto tacto.

Por ejemplo, en la mañana, mientras los dos están sorbiendo su humeante taza de café mientras leen el periódico antes de partir hacia sus respectivos lugares de trabajo, la mujer puede preguntarle: “¿Quieres otra tostada, darling?”

Después que el responda “Sí” o “no”, seguido del infaltable “darling”, entonces ella puede cambiar un poco el tema e inquirirle: “¿Y por qué me estás pegando cuernos con esa otra mujer?”

A estas alturas de la conversación, siempre es recommendable que la fémina se fije muy bien en las reacciones musculares que rápidamente van a congregarse en el rostro de su querido: el revelador brincoteo de las cejas, por ejemplo, o el súbito brote de tics nerviosos en ambas comisuras de la boca.

Y luego, si él responde –como casi seguramente lo hará- que no sabe de qué demonios le está hablando ella, entonces la mujer puede progresar a la segunda etapa de sus averiguaciones.

Esta consiste en llamar sutilmente a algunas de sus amigas para  preguntarles si ellas saben algo acerca de unas supuestas aventuras extramaritales de su marido.

Allí con toda probabilidad la mujer se expone a recibir todo tipo de respuesta. Por ejemplo, “Ah, sí. Pero eso fue hace mucho y ya no nos estamos viendo”. O, en cambio: “¿Cómo me dijiste que se llama tu marido?”

Si la cosa tampoco prospera en esta etapa, entonces se puede avanzar a la tercera y definitiva: la de la tortura.

A menos que técnicas como el ‘waterboarding’  estén al alcance de la mano, a las mujeres se recomiendan técnicas menos agresivas, pero potencialmente hasta más productivas.

Por ejemplo, la próxima vez que se anuncie otro concierto de Arjona en la Isla –es decir, en cualquier día de esta semana-, la mujer puede empezar a decirle a su media naranja que quiere ir a verlo y que, más que nada, lo que desea es que él vaya con ella.

También puede empezar a ponerle cedés del susodicho cada vez que los dos anden en el mismo carro, en especial si es el marido quien está conduciendo y se trata de un viaje de dos o tres horas a la Isla (o desde la Isla).

En fin, si al final de todas estas indagaciones todavía la mujer no ha recibido una prueba contundente de los engaños de su esposo, mi recomendación es muy sencilla: que siga sospechando y se mantenga pendiente de cualquier parpadeo de su parte.

Es obvio que a ella eso le hace muy feliz.

La ñapa

Un artículo reciente llevaba el título de: “¿Por qué es bueno el sexo?”

Mi respuesta: es obvio, porque ayuda a bajar el colesterol.

romeomareo@elnuevodia.com

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