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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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25 de abril de 2011

¿Quién mató a Julián Romero?

Dentro de poco, un juez o un jurado de San Juan tendrán ante sí a un muchacho de 14 años, quizás tenga 15 para entonces, acusado de un crimen que en estos días nos ha estremecido a todos: el asesinato a puñaladas, durante un asalto, del joven Julián Romero, acontecido el pasado lunes en El Condado.

El Departamento de Justicia ha indicado que tiene intenciones de solicitar que el acusado, a pesar de su corta edad, sea juzgado como un adulto y, si es encontrado culpable, es casi seguro que sea sentenciado a pasar el resto de sus días tras las rejas. El sistema, que cuando quiere puede ser implacable, pero que la mayoría de las veces no sirve para nada, habrá dado cuenta así de quien considera un asesino desalmado y se dará por satisfecho con el resultado.

Mientras tanto, los que tienen una idea simple de la realidad entenderán que el asunto queda así saldo. Continuarán con sus vidas en espera del próximo drama. Casi nada puede perturbar la famosa ‘zona de seguridad’ y este caso no será la excepción.

Mas, si por una sola vez nos esforzamos en entender que la realidad normalmente es mucho más compleja de lo que, por nuestra propia conveniencia, nos queremos convencer de que es, veremos que los hechos en este caso, como en tantos otros, no son tan negros y tan blancos como hemos imaginado y, con horror, podríamos comprender que todos, no solo quien hundió el puñal, somos en parte responsables del asesinato de Julián Romero.

Este periódico reportó el viernes que el niño que terminó asesinando a Julián Romero dio por años señales clarísimas de que algo marchaba terriblemente mal en su vida. Pero todos le fallamos a medida en que sus circunstancias fueron empeorando hasta llevarlo a deambular por las calles de San Juan cargando dentro de sí toda la rabia y dolor que su desdichado trasfondo le había martillado en el alma y encontrarse con Julián Romero en un oscuro paraje de la ciudad.

El muchacho acusado de este crimen, según se supo el viernes, fue maltratado física y emocionalmente por su madre. Fue explotado por sus abuelos que lo pusieron a trabajar en un bar de mala muerte donde sabe Dios cuántas cosas malas aprendió. En uno de los muchos hogares en que fue puesto a vivir para tratar de separarlo del patrón de maltratos lo abusaron sexualmente.

Pasó al menos por una institución estatal de corrección y en el Departamento de la Familia se sabía que andaba suelto por la calle al menos desde principios de abril. Todos los que lo vieron, supieron de él, estuvieron cerca, son o fueron parte del sistema que tan malamente le falló, son en parte responsables de la muerte de Julián Romero.

La madre que no lo quiso, los abuelos que de manera tan criminal lo trataron, los maestros y maestras de las escuelas a las que acudió, los vecinos que lo vieron merodeando solo por el residencial Lloréns Torres, los trabajadores sociales que lo tuvieron a su cargo, los responsables del hogar correccional en el que fue recluido, los que en algún momento tuvieron la opción de darle la mano y optaron por no hacerlo porque siempre ha sido más fácil la indiferencia que el compromiso, todos son en parte responsables de la muerte de Julián Romero.

Pero también tenemos nuestra parte de culpa los que, ignorando todos los hechos antes expuestos, nos apresuramos a juzgar y a pedir que cuelguen en la plaza pública a este muchacho y a otros que han cometido crímenes similares, porque nos gusta más que las cosas sean simples a que sean complicadas. O los que preferimos ignorar el acelerado deterioro de la sociedad en que vivimos, seguir encerrados en nuestro mundo sin importarnos lo que pasa a nuestro alrededor y entrarle a azotes al caído, que siempre ha sido lo simpático.

El asesinato de Julián Romero sacudió porque era, según los que le conocieron, un muchacho bueno, el único hijo de sus adoloridos padres, que cumplía 20 años el mismo día en que fue apuñalado y que estaba organizando su vida para contribuir precisamente en el campo de la ley y el orden, donde tanta gente buena nos hace falta.

Pero solo evitando la tentación de las explicaciones fáciles, entendiendo bien las circunstancias que desembocaron en su muerte y aceptando que, con nuestra indiferencia, fuimos en parte responsables de este desgarrador desenlace, podremos, tal vez, contribuir a que cada día sean menos los trances amargos así que tengamos que vivir.

 

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