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Viviendo Libia

Daritza Rodríguez Arroyo

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24 de agosto de 2014

Adaptación cultural: Lo más cómodo

Anterior a la publicación sobre el “Eid al-Fitr” había escrito sobre lo más complicado de mi adaptación cultural aquí en Libia, hoy corresponde hacerlo sobre lo que ha resultado cómodo y agradable.

Adaptar mi paladar caribeño al gusto de la comida árabe ha sido sin lugar a duda uno de los aspectos de mayor agrado. A pesar de que Libia importa casi el 85% de los alimentos manufacturados que se consumen desde países como Turquía, Italia, España, Egipto, Brasil y algunos países asiáticos, posee una constante e importante producción local de vegetales, frutas y ganado.

La cocina libia actual está claramente influenciada por la árabe, italiana, turca y la amazigh (libia tradicional). El menú para desayuno y cena tiende a ser sumamente liviano, contrario al del almuerzo que es el alimento más fuerte que se consume durante el día. Como en todo país musulmán la carne de cerdo y sus derivados están prohibidos, pero la de cordero, camello, res y pollo está disponible tanto de importación como de producción local, siendo la de pollo la de mayor consumo.

Abundan los puestos callejeros de comida rápida local especializados en pollo asado, los populares sándwiches de cordero, pollo o res conocidos como  “Shawarmas” (versión árabe del “Doner Kebab” turco y los “Gyros” griegos) y el “Falafel” que son frituras de garbanzo. Las panaderías, carnicerías y reposterías se encuentran en cada esquina de cualquier pueblo o ciudad, siendo los dulces turcos y sirios los de mayor demanda.

Se sobran las casas de té y los café, también las pizzerías y aunque con los restaurantes no ocurre lo mismo, los existentes se especializan en comida italiana y turca. Muy a mi pesar la comida libia es extremadamente picante, pues a casi todo le agregan la salsa conocida como “harissa” y la carne predilecta a la hora de bodas y grandes festejos es el cordero, carne que tampoco consumo.

Aun así ha sido grato el modificar mis hábitos alimenticios, pues aquí los vegetales, las frutas, hierbas y especias están a precios accesibles para el ciudadano común y las comidas en su gran mayoría son de preparación casera, libre de conservantes y químicos en general. Aunque resiento el no poder saborear un mofongo, unos tostones o los sabrosos amarillitos fritos, comer saludable sin sacrificar variedad y sabor es algo que a nadie incomoda y la comida árabe definitivamente es una de las más saludables y naturalmente sabrosas.

Las tiendas son el entretenimiento

He comentado que no soy amante a ir de tiendas, pero aquí en Libia las opciones de entretenimiento son tan limitadas que “comprar” equivale a una salida al cine (que no hay) o ir de paseo. Los establecimientos comerciales suelen ubicarse por industria o por productos y servicios afines. Es decir, bien sea dentro de los mercados tradicionales, los centros comerciales modernos (Mall) o incluso áreas comerciales independientes, se encuentran secciones enteras de establecimientos dedicados a la venta del mismo producto u ofrecimiento del mismo servicio uno al lado del otro. En el caso de áreas de comercio independiente podrían ser hasta tres o cuatro cuadras de locales dedicados a lo mismo, o un mercado entero exclusivo a determinada industria.

Hablo de secciones completas dedicadas a la venta de zapatos y carteras, ropa para damas, para caballeros, cuadras dedicadas a jugueterías, electrodomésticos, mueblerías, mercados enteros de vegetales y frutas, y los especializados en la venta de armas y joyería de oro. Cuadras o secciones exclusivas con tiendas de maquillaje o para lo relacionado a la industria automotriz, ferretería, construcción, artículos para el hogar  e incluso para todo lo referente a la celebración de matrimonios.

Esto me parece sumamente conveniente para el consumidor, pues se va local por local comparando la oferta de marcas, precios y servicios, todo en un mismo lugar. Además facilita y dinamiza el tradicional arte del “regateo”, ejercicio muy característico en la actividad comercial de los países de oriente medio; que antes me incomodaba y ahora lo encuentro desafiante y divertido.

Salud en Libia

No estoy capacitada para hacer un análisis profesional sobre el sistema de salud libio, pero como paciente que ha utilizado los servicios médicos públicos y privados en Libia entiendo que puedo compartir mi opinión centrándome mayormente en la accesibilidad de los servicios.

Actualmente los hospitales públicos ofrecen todo tipo de servicios, y en el barrio donde vivo se encuentra uno de los hospitales cardiovasculares del sistema público de la ciudad. La primera vez que visité el hospital fui atendida en la sala de emergencias con hipertensión arterial. Me atendieron de inmediato, recibí evaluación, medicación, observación, orientación y receta para medicamentos en menos de tres horas. El personal de médicos libios y enfermeros filipinos (personal médico de ambos sexos) se manejó de forma profesional, educada, competente y considerada.

Se me había dicho que los servicios de salud públicos eran gratuitos para los nacionales, que todo extranjero debía pagar una cantidad poco significativa y que ésta era la norma para todo tipo de servicio y tratamiento, incluidas las cirugías, terapias y medicamentos. A pesar de que al no poder comunicarme en árabe se hizo evidente que estaban atendiendo a una extranjera en ningún momento me solicitaron pagar los servicios recibidos.

Para realizar pruebas de laboratorio, verificar mis niveles de glucosa e iniciar tratamiento para la hipertensión visité el “Hospital Central de Bengasi”, hospital  mejor conocido como “el 1, 200” en alusión a la cantidad de camas que tiene disponible para hospitalizaciones. Es una estructura monumental, de facilidades médicas muy completas y  en excelente estado, tanto en cuestión de higiene y equipo como en el aspecto estético. Sus vestíbulos y pasillos suelen estar en constante actividad entre pacientes, personal médico y estudiantes de la facultad de medicina del estado, que ubica justo en frente del hospital. Allí además de ser tratada me entregaron unos vales para recibir medicamentos de forma gratuita, como el resto de los servicios.

En otra ocasión necesité visitar una clínica ginecológica privada. Por todos los laboratorios facturaron $10.00 LYD (aproximadamente equivalentes a $8.00 USD). La factura de la consulta con la doctora fue de $25.00 LYD con sonograma incluido. El resto de las visitas, al ser consideradas como “de seguimiento” fueron libre de costo. Los medicamentos recetados fueron comprados en una farmacia fuera del hospital y en total unos cuatro frascos de medicamentos con diferentes cantidades y propósitos sumaron un total de $30.00 LYD.

El servicio en el sistema privado fue igualmente profesional al recibido en los centros públicos y aunque por boca de mi ginecóloga me enteré de que en Libia, contrario a las mamografías,  no se practica el “Papanicolaou” (prueba para detectar el cáncer cervicouterino), dato que me alarmó, debo reconocer que en términos generales y por lo experimentado con ambos servicios, aquí en Libia la salud no es un negocio que enriquece a compañías de planes médicos, farmacéuticas y otros grandes intereses.

El pueblo tiene acceso gratuito a los servicios médicos existentes que hasta donde mi experiencia me ha permitido constatar no tienen nada que envidiarle a los que se ofrecen en muchos países occidentales. Sin duda alguna saber que si sufres un quebranto de salud el dinero no será inconveniente para recibir atención y tratamiento médico, es una de las pocas cosas que extrañaré cuando me toque dejar este país.

No quiero finalizar esta publicación de lo que me ha resultado cómodo y agradable durante mi proceso de adaptación cultural viviendo aquí en Libia sin mencionar a las mujeres. Es decir, la dinámica que se da entre ellas; en mayoría muy sociables, solidarias y amigueras aunque sean perfectas desconocidas. Lo he experimentado en cualquier sala de espera, durante los festejos o alguna coincidencia surgida durante la visita en casa de amigos en común.

En países occidentales, he podido estar en algún escenario parecido y por lo general aunque seamos mujeres, no se suele dar una dinámica de conversación de manera tan espontanea, casi flamante diría yo. En otros lugares las mujeres se miran a manera de “escaneo” y con reservas, y mientras transcurre el tiempo de espera conversan por sus celulares, ojean alguna revista o leen un  libro (el extraño fenómeno de la creciente individualización en un mundo cada vez más globalizado), pero lo que he visto aquí es que poco ha faltado para que aparezca una de ellas con la bandeja de té, dátiles y chocolates en mano.

Como ya he contado, en Libia la vida social gira en torno a la familia y las opciones de entretenimiento son limitadas así que “amigarse” es un ejercicio humano común y espontaneo que me ha resultado humanamente encantador (valga la redundancia), caribeñamente cómodo  y femeninamente agradable. Desde aquel relato de “Tengo una amiga en Bengasi” en el blog de “Los Relatos de Aziza” ha pasado más de un año y agraciadamente puedo decir que actualmente son varias mis amigas en esta ciudad. ¡Alhamdulillah! Que en idioma árabe significa, ¡Gracias a Dios!

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