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Romeo Mareo

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11 de enero de 2013

Al divorcio por culpa del celular

 

Un abogado amigo mío que también es muy inteligente –las dos cosas no son tan compatibles como alguna gente cree- me dijo hace poco mientras contribuíamos a fortalecer la economía local en el pub que patrocinamos con bastante frecuencia:

“Si a mí me dejaran escoger, en los casos de divorcio, en vez de poner como causal esas cosas que se ponen siempre –abandono, adulterio, trato cruel, etcétera- yo pondría la razón verdadera”

“¿Como cuál?” le pregunté, mordiendo el anzuelo.

“Como, por ejemplo, el teléfono celular. No creo que haya estadísticas al respecto, pero por lo menos en los casos que me han tocado a mí, yo diría que hasta la mayoría de los casos de divorcio se deben al celular”.

Me dio par de ejemplos extraídos del pasado más menos reciente, incluyendo el del marido que le dijo al juez que no aguantaba más vivir en la misma casa con una mujer que se pasaba la vida poniéndole ringtones de animales salvajes a su celular, y ya estaba cansado de que lo despertara a las tres de la mañana el rugido de un león o el frenético gimoteo de una hiena, en particular cuando resultaba ser una llamada equivocada.

Entonces, naturalmente, pasó a contarme el caso más reciente.

“Esta señora, llamada X. (no su nombre verdadero), era una profesional, alta ejecutiva de una empresa, una mujer brillante, responsable… todo lo bueno que pueda decirse de ella.

Solo tenía un defecto, uno que, en su caso, resultó fatal: era incapaz de usar efectivamente su celular.

Para ella, era como si el pequeño aparatito estuviera poseído por el demonio: nunca sabía como encenderlo, por ejemplo, o cuál tecla oprimir para responder una llamada, o cómo quitarle el ‘mute’. Mucho menos recoger los mensajes que le dejaban.

Años atrás, cuando ella había comprado su primer celular, la mujer estaba convencida de que el culpable era ese modelo, que no servía.

Así, fue cambiando de modelos, haciéndose cada vez de aparatos más caros y más sofisticados. Cuando vio que seguía confrontando los mismos problemas con ellos, comenzó a pedirle ayuda a sus amigas, para que le dieran algunos tips básicos sobre su uso.

Pero la cosa seguía igual, o peor.

Con el tiempo, naturalmente, sus colegas en el trabajo hasta desarrollaron toda una gama de anécdotas graciosas sobre ella, recordando los innumerables momentos en que la habían llamado y ella había oprimido el botón de colgar, o las veces que la habían visto gritándole como una loca al aparatito porque este estaba sonando y sonando y a ella se le había olvidado el procedimiento que debía seguir para desbloquear su acceso.

Pero su mayor problema, como era de esperar, era la frecuencia con que se le perdía el celular.

Como suele suceder, era su marido quien pagaba los platos rotos.

“¿Has visto mi celular?” le preguntaba ella.

“Pues… no”.

“¿Seguro?”

El le repetía que no.

Esto la enfurecía a ella.

“Bah, tú nunca sabes nada de nada”, podía decirle. O, acaso: “Si en verdad me quisieras, estarías más pendiente de mis cosas”.

A menudo ella recurría a pedirle su celular prestado, para llamar el suyo. Así, a veces descubría su ubicación al escuchar el tenue ronroneo de su timbre sepultado debajo de la sábana y la colcha de la cama, o llamándola desde la cocina, donde ella entonces lo encontraba esperándola aburrido junto al fregadero.

Otras veces, sin embargo, la búsqueda era más larga o casi interminable: el celular no aparecía nunca, o solo aparecía días después, depositado dentro de su carrera.

“Es que lo dejaste en mute otra vez”, le explicaba su marido.  “Le habrás apretado el mute sin querer”.

La relación matrimonial progresó a su etapa más crítica, sin embargo, cuando, cansada de que su marido la mirara mal cada vez que ella le pedía prestado su celular para llamar al suyo, la mujer comenzó a cogérselo sin decirle nada.

Entonces me imagino que, siendo tan despistada ella, fue así que un día terminó llevándose al trabajo por equivocación el celular de su marido, y se pasó buena parte de la mañana recibiendo llamadas para él.

“No, este es mi celular, yo soy su esposa”, explicaba ella. “Su número es el…”.

Y no se daba cuenta de que estaba dando el mismo número del cual estaba hablando.

Finalmente, recibió la llamada de una mujer que, antes de que ella hablara, le dijo afectuosamente: “¿Y cómo amaneciste hoy, Puchunguito, listo para la batalla otra vez después de la guerra que tuvimos anoche?”

-----------------

Esa llamada, me explicó mi amigo abogado, se covertiría después en el Exhibit I, el Exhibit estelar, del pleito de divorcio.

“¿Lo  vez? Ante el juez tuve que decir que se trataba de un caso de infidelidad, pero, si me lo preguntan, la verdadera causa fue el celular”.

La ñapa

“Un optimista es aquél que el 31 de diciembre se queda despierto hasta la medianoche para ver llegar el nuevo año. Un pesimista es aquél que también se queda despierto hasta la medianoche, pero para cerciorarse de que el año viejo en realidad se fue”.

El luminoso comentario lo hizo una vez Bill Vaughn, un escritor y columnista norteamericano.

romeomareo@elnuevodia.com

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