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13 de febrero de 2013

Amargo San Valentín

Hay fechas que me provocan alegría como el cumpleaños de mis seres queridos, Halloween y Navidad.

Otras, dolor de cabeza como el 15 de abril con la dolorosa y el 8 de junio, día en que aunque llueva, truene o ventee tengo que acompañar a mi tía Tita al “gran bingo de las damas de Trujillo Alto”. Llevo años tratando de zafarme de semejante “deber”, pero tan pronto lo intento, la tía comienza a hiperventilar y a sollozar mientras repite como letanía que “nadie la quiere, ni se ocupa de ella”.  

    La ansiedad me consume en fechas como el Día de las Madres, que complacer a Mima no es una tarea muy sencilla que digamos; el día de mi cumpleaños, por aquello de un año más “añeja”; Thanksgiving pues echo la mañana y parte de la tarde preparando la palangana de ensalada de papas que devorará mi familia y que no me permite disfrutar la Parada de Macy's y, por supuesto, el dichoso día de San Valentín.

    Y es que desde nenita San Valentín hacía de las suyas en mi entorno. No porque fuera enamoradiza -aunque de eso, un poco- sino porque a mi madre siempre se le ocurría vestirme de blanco por aquello de que me escogieran como reina de los corazones. Para eso Mima seb amanecía bordando sobre el vestido un enorme corazón rojo  que era la envidia de Mrs. Paulina, la maestra de economía doméstica y en quien recaía el honor de la sección de investidura de los reyes de la clase. Así fue que me gané el sobrenombre de “Scarlet Cara”. ¡Dolor! 

    Si piensan que porque era la Reina de los Corazones, los nenes hacían fila, se equivocan. Que recuerde nunca tuve un “amiguito” para esas fechas. Por tanto, apenas recibía postalitas, chocolates, ni peluches.

Bueno, en quinto grado, mi gran amigo Maximus me regaló un muñeco de Wile E. Coyote, pero como tenía una mirada tan lujuriosa mi mamá lo mandó al Salvation Army con los muñecos Big Jim y el Hombre Nuclear de mi hermano.

    Ya en la secundaria fue otro el cantar, nada de reinas, de vestidos ni de corazones grabados. Más bien fue la época de corazones robados y rotos. Porque miren que tuve novios y todos me dejaron por otra. Siempre había una chica dispuesta a robarme el jevis. Con el tiempo me daría cuenta que no era que me lo “robaran”, sino que él gentilmente, sin resistencia, ofrecía su corazón a otra. Lo que sucede es que  es más fácil echar culpas a una malandra de robarte el amor que darte cuenta que nunca te quisieron, punto. Ouch!

    Pero, todos estos sinsabores no se quedaron en la High... nada que ver. Me persiguen. En la universidad, por allá por Florencia, le entregué mi amor a Francesco y él me dejó por una búlgara. 

Precisamente semanas después de habernos jurado amor eterno en Verona, el día de San Valentín, por aquello del Hamlet de Shakespeare... “si amas a alguien, tráelo a Verona”. Fuimos a la Piazza dei Signore, en donde para esa fecha se lleva a cabo un mercado y las tienditas se ubican de tal forma que lucen como un corazón gigante. Y así entre una lluvia de corazones con mensajitos de amor, el hombre me dijo “Ti amo”. Tres semanas después... ya saben el cuento, para qué repetirlo.

    Ya de vuelta y superado el desamor, a fuerza de toneladas de tés de manzanilla y jengibre, canciones del Buqui Mayor, con 20 libras menos y el cabello teñido de rubio, volví a los romances. Unos buenos, otros no tantos, varios desastrosos, pero el asunto es que para San Valentín ningún marchante en el panorama. Hasta que conocí a Enrique, con quien el romance se extendió por casi seis meses y terminó, precisamente, el día de San Valentín. 

Temprano arribó el arreglo de rosas rojas, ¡bello! Fui la envidia de las chicas de la oficina. En el sobre de la tarjeta escrito estaba el nombre de Cara, mas el mensaje no era para mí. “Feliz día puchunguita de mi corazón. Han sido las tres semanas más felices de mi vida. Tuyo, Quique”. 

Ahora me río, pero ese día lloré mares. Que el tarado me decía “cuquita” y serían seis meses los “días felices” de su vida. Superado el dolor que me provocó soberano exabrupto me gustaría saber qué decía la tarjeta de la “puchunguita”. A propósito, cuando llamé a la floristería, la dueña me ofreció disculpas y como si eso aliviara mi dolor, me dijo que había despedido a la “empleada imprudente”. 

Acto seguido me preguntó que cuál era mi flor favorita.... “girasoles”, respondí. Al otro día llegó este arreglo bello de girasoles inmensos. Qué linda. A veces me pregunto si no fue Quique quien pagó por el detalle. Lo cierto es que me compuso el día. Desde entonces, no celebro San Valentín. Para mí es un día como otro cualquiera. San Valentín, San Ciriaco, San Escoba... me da lo mismo. Ciao!

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