¡Por fin llegó diciembre! Confieso que hasta hoy había sido parte de la minoría de los puertorriqueños que se niega a celebrar las navidades desde mediados de noviembre.
Doy parte de la ristra de las razones por las que no lo hice antes: que los adornos son más caros a principios de temporada, que si compro un árbol natural temprano, no llega verde al Día de Reyes, las octavitas, y menos a los octavones; que las ramas se esmongan con los adornos, que si no sé qué, que si no sé cuanto… el árbol artificial, no se vale, porque no tengo donde guardarlo. Y mi excusa favorita: que hay que esperar que pase el 30 de noviembre, cuando supuestamente finaliza la temporada de huracanes.
Sin miedo a que me caigan chinches, hoy digo y repito a viva voz que me alegra saber que hay familias que decoran de Navidad antes de diciembre. ¡Qué mejor que los puertorriqueños mantuviéramos el Crismas Espirit a to’ fuete los 365 días al año! Sin importar denominación religiosa o creencias espirituales, el “Verdadero Espíritu Navideño”, pudiera ser nuestra mejor “tormentera” contra la violencia, que se manifiesta hasta en las compras desenfrenadas de regalos; y desde ya, como preludio de las campañas políticas de cara a las próximas elecciones generales.
Sin embargo, garantizado: Navidad es la única temporada del año durante la cual conocidos y desconocidos nos miramos a los ojos y con honestidad nos deseamos “felicidades”.
Mi amigo Toñito liderea el enganche de lucecitas y adornos tan pronto aparece el primer vagón tepe a tepe de árboles canadienses. No es que compre uno siempre. Tan pronto llegan los vagones y ve el primer pino amarrado sobre un carro, se le prende el botón de mandón. Ordena sacar los adornos que sobrevivieron un año más en cajas… y se acomoda a una distancia razonable para –como el general de la milicia que nunca fue- dar instrucciones a troche y moche desde la silla de ruedas. Este año, me invitó al evento que antecedió al encendido.
“No peguen las bolas colorá’s de las azules. Las verdes no van este año porque no resaltan con el verde del pino. ¿Por qué no compraron las azul claro que les dije?”, vociferaba como déspota hace tres semanas.
Como aquí todo tiene matiz político… temblé anticipando un altercado político-partidista intrafamiliar. “Colorá’s, azules, verdes, y ‘las nuevas turquesa claro’ ”, me imagino que del MUS… ¡Qué tipo! Es la Changa Maximina. Ni el ‘ángel’ que lleva en su nombre le hace entender que la Navidad es mucho más que decoraciones, y que el papelón de buscapleitos le va mal. Para intentar neutralizarlo a lo sucusumucu, le dije en susurro:
- “Mira, Ángel Antonio, olvídate de las bolas y sus colores. Tú, que me conoces hace tantos años, sabes que para mí el árbol de Navidad –sea chiquito, o grande, frondoso o enclenque- es también el ‘Árbol de las Bendiciones’. Por eso alterno adornitos y luces de colores con fotos de familiares y amigos. Esa es mi forma de agradecer el privilegio de estar viva y de contar con ellos en la encrucijada de echar pa’lante, con Dios delante”.
Estoy segura que entendió el mensaje… porque los dos somos milagros ambulantes. Toño comprendió mi mantra -¡Qué bueno y qué rrrico es estar vivo!- y, que los marquitos de cartón entre la enredadera de bombillitas no “decoran” mi arbolito. Pero yo también lo entendí a él.
Si extendemos el verdadero espíritu de la Navidad a más meses, no habría necesidad de pedir una tregua a los asesinatos y al fuego cruzado en las calles, como bien hizo un grupo de colegas periodistas a través del movimiento “En diciembre, ¡NO!”

Sangermeña que quiso ser periodista desde que aprendió a leer. Tras el bachillerato de Estudios ...


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