Esta entrada comenzó a escribirse poco a poco desde la noche del lunes, sin saber que se convertiría en blog, construyéndose con reflexiones compartidas con amigas que son tan queridas como tanto es el tiempo que tenemos de no vernos.
Aclaro esto no solo como testimonio de mi enorme afecto por ellas, sino para que ambas disculpen si reconocen aquí palabras que hace muy poco les escribí mientras reflexionábamos cibernéticamente sobre la muerte de José Enrique Gómez Saladín, asesinado a tubazos y quemado para robarle $500.
Evito los detalles del crimen, conocidos hasta la saciedad a estas horas y abordo lo que ha hecho de esta tragedia algo singular en la larga lista de crímenes nuestros de cada día: la manera como las redes sociales han sido espejo elocuente de la hipocresía y mojigatería que corre en el ADN de nuestra sociedad.
Tan pronto comenzaron a ser inequívocas las señales de que Gómez Saladín no estaba vivo, Twitter y Facebook se convirtieron en un monumento digital a la nobleza y dignidad intachable del publicista, con conmovedores testimonios de admiración y rabiosos reclamos de justicia, con la pena de muerte para los asesinos como planteamiento casi unánime.
Pocas horas después de la entrega de uno de los jóvenes -acusados ya en el foro federal- el relato de noche trágica silenció súbitamente la marea cibernética de elogios y convirtió a la víctima en un hombre “pecador”, que “se buscó” lo que le sucedió, como si sus falencias veniales como ser humano justificaran su asesinato.
Más aun. Muchos se sintieron de pronto “más seguros”, convencidos de que no eran “como José Enrique”.
Así es como somos. Patéticos.
Antes de que el publicista fuese “degradado” a su condición habitual de persona común y corriente, plantee mesura en esa vorágine almibarada de alabanzas y dije que no era solo este hombre quien merecía esa compasión y solidaridad, sino también el anterior a él y cuyo nombre ya hoy no recordamos. Y el anterior al anterior del anterior...
En esos momentos -dije- prefería la mesura y el rigor de una perspectiva más o menos justa, antes de derivar hacia los excesos movedizos y traicioneros que se fraguan en el dolor del momento.
Dije -y sostengo- que el asesinato de Gómez Saladín es tristísimo por muchas razones, episodio que sin duda fue masificado en su inmediatez mediática por las redes sociales, algo que no ocurrió con varios de aquellos anteriores a él y cuyos nombres -como dije- hoy no recordamos.
Como la comenté a una de esas amigas, creo que entender(nos) es de lo mejor que nos puede pasar cuando sentimos que todo a nuestro alrededor está tan erosionado y maltrecho que apenas hay cabida para un poco de esperanza.
Si algo queda de ella -de esperanza- es a partir de eso, de entender(nos) y ponderar honestamente qué podemos hacer desde el contexto de la sociedad civil para aliviar un poco esta crisis tan abismal de valores y proteger la vida de la gente de bien.
El crimen -en especial los que son como el de este hombre- comienzan a fraguarse desde mucho antes -con perdón del cliché- desde la infancia, en las cosas aparentemente más banales que nos podamos imaginar, cuando se enseña a los niños a reverenciar lo burdo, lo vulgar, lo aparente.
Los asesinos de hoy no aprendieron a matar ayer, la semana pasada o hace cinco años... Todos los días -hoy- se van (de)formando en nuestra sociedad los que van a matar dios sabe a quien en el 2020 y en el 2025 en el 2030, por $500 o por puro gusto, da lo mismo.
Los jóvenes que viven del crimen son fruto -no víctimas, que conste- de una sociedad mediocre, asaltada cada cuatro años por los buscones que llegan al gobierno -con excepciones, claro- a hacer de todo menos trabajar para crear una sociedad menos injusta y con más oportunidades.
¿Soluciones? Debe haber. Debemos buscarlas. Pero no son apacibles. Más marchas no, por favor.
Si me preguntan, hay que reconsiderar la pena de muerte para casos así, con asesinos confesos y todas las agravantes de ley. Si no me preguntan, también: ponerlos “a dormir”. Después de 3 o 4 ejecutados, no me cabe duda de que los asesinos potenciales lo van a pensar dos veces.
Sí, claro que sé que es un medida extrema, pero ¿acaso no es extrema la crisis que vivimos?
Por supuesto, se escuchará el coro de los que invocan los "derechos humanos".
Me adelanto y a ellos solo les digo que dejan de ser derechos humanos los de aquellos que, invocándolos, violan y agraden los derechos humanos de cualquiera.
Pero en fin, algo me dice que nada de esto pasará. En par de días nos habremos olvidado del muerto y de que era humano.
Paciencia, ya llegará otro tema para tuitear a lo bestia...
Después de todo qué se le va a hacer, así es como somos...

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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