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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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9 de diciembre de 2012

Batalla entre la decencia y la indecencia

Primero hay que tirar una raya. Después, agarrar un café, un mantecado, o la combinación de ambos, que es mejor, y sentarse a observar con calma. Al principio, se ve todo borroso. Confunde. Hasta causa un poco de ansiedad. Pero después entra uno en ritmo, se aclimata. Ve los patrones y las vértebras. El panorama empieza a aclararse. Comienzan a verse los contornos. Se entiende un poco mejor.

Espanta, si uno lo piensa bien. Pero es lo que hay y con eso hay que bregar.

A un lado de la raya antes citada están los que aman. Al otro los que recelan. A un lado los que quieren unir y al otro los que dividen. A un lado los que se esfuerzan por entender y al otro los que agarran la explicación simple. A un lado los que promueven y ejercen la solidaridad y la tolerancia, y al otro los individualistas y los intolerantes. A un lado los que respetan y valoran la diversidad, y al otro los que le temen a lo diferente y, como el animal amenazado, atacan, hostigan, devora si los dejan.

A un lado los que construyen, al otro los que destruyen. 

No es fácil distinguirlos a unos de otros. De hecho, a veces pasan de un lado a otro en un instante. En un episodio están aquí, y en el otro allá. A veces parece que están a nuestro lado, pero en realidad están muy lejos. Algunos por convicción, otros por miedo o por conveniencia. Pero a la larga, cuando cuenta de verdad, cuando se distinguen los grandes de los pequeños, queda al descubierto quién está parado dónde.

Esto lleva pasando demasiado tiempo, pero se nota más en tiempos de crisis. Y no ha habido nada más crítico en nuestro país, durante los últimos años, que el problema del crimen. Esta semana lo vimos con una claridad que, si uno no se cuida y no tiene los valores bien puestos en su sitio, enceguece.

Hubo un hombre, querido por muchos, que desapareció el jueves 29 de noviembre, José Enrique Gómez Saladín. Al saberse de su desaparición, el país, prácticamente sin distinciones en ese momento, se ahogó en un largo suspiro de horror previendo la fatal suerte que se temió desde el primer instante, pero con la esperanza, difusa, de que esta vez hubiera sido diferente.

José Enrique, según cuentan quienes lo conocieron, era un hombre decente, trabajador, servicial y solidario. Era, en fin, como cualquiera de nosotros quisiera ser. De ahí vino eso de “todos somos José Enrique” que tantos han adoptado durante estos días. Hasta ese momento, todos se sentían José Enrique.

Pero, ay, la vida, bandida, con esos trucos baratos que siempre saca para ponernos a prueba, con esa pericia malsana que tiene para hacernos ver como somos y no como fingimos ser, quiso que quienes lo asesinaron dijeran que al momento de su desaparición el hombre andaba en movidas, digamos, inconfesables.

Fue como si metieran una antorcha en una cueva. Salieron, cubriéndose la cara de la luz, los moralistas, los juzgadores, los intolerantes, los que dividen, los que destruyen, los que, como en una canción de Alanis Morisette, quieren a uno tal como uno es, pero solo si se es perfecto. Quedaron desnuditos los pobres diablos. De repente, ya no todos eran José Enrique. Se cubrieron la nariz y miraron a otro lado, como si ellos jamás hubieran cometido un pecadillo.

El titiritero hizo eso, juzgó, justificó la brutal muerte, como quiera que lo haya disfrazado. Mucha gente, con mucha razón, la cogió contra él, lo cual, a su vez, sacó de la cueva a tantos otros que, sin sonrojarse, defendieron al propagador de odio, prejuicio, racismo, homofobia y xenofobia que es el titiritero antes mentado. También quedaron, pues, desnuditos. Se les vio hasta el último pelo de la naturaleza que, el domingo en la iglesia, o cualquier día delante de sus hijos, padres o hermanos, intentan disimular, a veces con éxito.

Esto pasa demasiado entre nosotros. Pero pocas veces es tan evidente quién está de un lado y quién del otro. Casi nunca se nos permite ver así de claro de qué es de lo que, en el fondo, se trata esta gesta que agita las corrientes profundas de la sociedad puertorriqueña: esto es, en pocas palabras, una batalla entre decencia y la indecencia. 

La raya se vio con absoluta claridad. Nos queda elegir de qué lado estamos. 

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