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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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30 de diciembre de 2012

Besos, abrazos y suspiros bajo techo

Ya están aceitando los ‘metales’. Si aguza el oído, es posible que, bajo la sinfonía de disparos, petardos y perros ladrando de la noche, oiga el gorjeo de los intestinos de acero de las pistolas. Están mostrándoselas unos a otros, como un trofeo. Augurando, sonrisa conspicua, cosquilleo en las entrañas, la gran noche. 

Van a disparar. En la despedida de año. De eso no tenga duda. Causarán muerte. Dolor. Lágrimas. Llamados a la paz. Van a disparar porque no hay campaña que pueda contra la inconsciencia, la pueril vanidad del que se deja enardecer por algo tan tonto, el desprecio a la vida ajena, la falta de educación y de humanidad, la necesidad de reconocimiento. No hay campaña que pueda contra eso. 

Lo han hecho por siempre. Lo hacen en el barrio y en la urbanización. En el campo y en la ciudad. Gentes jóvenes y gentes viejas. Hombres y mujeres. Desempleados y asalariados. Bichotes y policías. Pobres y ricos. Los armados ilegalmente para la guerra urbana y los que se armaron legalmente para protegerse. No se resisten. Tienen el arma y tienen que usarla. 

Murieron Karla Michelle Negrón, 15 años, de Villa Palmeras, este año a punto de concluir, y Francisco Javier Cancel, 14 años, de Bayamón, el anterior. Jessica Pacheco Calvente, 9 años, residencial Quintana, en el 2003, Jennifer Pérez Centeno, 12 años, Canóvanas, en el 2002 y tantos otros.  

Qué curioso. Casi todos son niños. Niñas para ser más precisos. Los que con más ganas reciben un año nuevo. Los adultos pasamos a menudo sinsabores y sabemos que el año que nace ante nuestros ojos entre estruendos de pirotecnia puede traer tantos como el que se va. Pero los niños no. Para los niños casi todo es perfecto, casi todo es fiesta. Un año nuevo, más todavía. 

Pronto los olvidamos. A todos los hemos olvidado, menos a Karla Michelle, y esto porque su padre, don Carlos Negrón, anda por ahí anestesiando su dolor tratando de concienciar contra la violencia y prestándole su experiencia de alma adolorida a todo menesteroso que quiera oírlo. Si no fuera por él, también la habríamos olvidado. 

Los que tienen ganas de disparar no los olvidaron. Es que nunca los conocieron. Ni a Karla Michelle, Francisco Javier, Jessica, Jennifer, ni a los tantos otros.  Es que su conciencia magullada no recibe ese tipo de mensajes y si lo recibe no le penetra. Para entender que una bala que se dispara al aire puede matar físicamente a alguien y emocionalmente a todos los que rodean a ese alguien hay que tener cierta sensibilidad. Y esos no las tienen. 

Esos son de la misma calaña del que mata a un desconocido en un bar porque le miró la novia o  le viró a un trago. Ese acto, entre ciertas especies, provoca admiración. Se riega: aquel fulano le dio pa’bajo sin pensarlo a un “huelepega” que le miró la novia, disparó al aire en año nuevo, es un bravo. Ah, ese es un bravo, se dicen los que piensan así, hay que respetarlo. 

Y el que dispara lo sabe. Y le gusta. Y por eso lo hace. Porque es adicto a que lo miren con admiración. Piensen un momento. Todos conocemos a alguien que ha disparado o querido disparar en año nuevo. Alardea de ellos porque ese es el punto. Hacerlo en secreto no tendría sentido.

Gente de la que sigue teniendo fe en la humanidad anda haciendo campañas contra las balas al aire. Sudan esas campañas. Van a la prensa. A escuelas. A centros comerciales. Marchan por los residenciales. No por urbanizaciones, aunque se sabe que en las urbanizaciones hay lucíos que también se sienten más varoniles disparando al aire en año nuevo. Todos entonando el ubicuo “no más balas al aire”, que en estos días suena más que el mismísimo ‘feliz Navidad’.

Nos harían un favor a todos si también dijeran “celebren bajo techo”. Hay cierta gente que nunca entenderá el sinsentido de disparar al aire. Por eso, es mejor pedir a la gente que se abrace y cante las buenas nuevas de un año recién llegado al resguardo de un techo de metal o de concreto. 

El cielo en estos días está espectacular. Parece una inmensa sabana de color púrpura profundo, agujereado por el fulgor de infinitas estrellas. Ahí están, entre otros, los Tres Reyes Magos para que los miremos y les pidamos deseos. Es una pena tener que perderse eso por culpa de dos o tres bambalanes. Pero así es la vida. No es justa. Hay gente que no entiende. 

Hay gente que va a disparar. 


benjamin.torres@gfrmedia.com  | Twitter.com/TorresGotay

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