Justamente cuando deberían comenzar a estar más claros los detalles del operativo que culminó con la muerte de Osama bin Laden, la propia Casa Blanca se ha encargado de empañar seriamente la transparencia de una de las noticias más estremecedoras relacionadas con el terrorismo desde el 11 de septiembre de 2001.
Transformado a través de la última década en una suerte casi de mito, Bin Laden parece a destinado a protagonizar desde el fondo del mar -adonde dicen que lanzaron su cadáver- una historia que nunca se resolverá del todo, que siempre tendrá un halo de incertidumbre como un ingrediente perpetuo y adicional al ya de por sí cuestionable tono épico -y festivo, ni duda cabe- que ha enmarcado su ejecución.
Desde el domingo por la noche el libreto que ha ofrecido la Casa Blanca del capítulo final de la “Operación Gerónimo” -nombre en clave de Osama- ha experimentado varias enmiendas sustanciales que han puesto en entredicho su veracidad y dar alas a la teoría de que el líder de Al Qaeda en realidad no ha muerto y que sigue a salto de mata entre Pakistán, Afganistán e, incluso, Manhattan.
Cuesta trabajo creer que un plan diseñado con una precisión nada menos que “quirúrgica” haya comenzado a hacer agua tan pronto como a la mañana siguiente del anuncio de Obama a última hora del domingo, cuando la propia Casa Blanca comenzó a caer en contradicciones que obligaron a su portavoz a aceptar -con el paso de las horas que-, por ejemplo, Bin Laden no había utilizado a una de sus esposa como escudo para protegerse y que estaba desarmado cuando los miembros del comando asaltaron la primitiva casona donde se escondía y que inicialmente fue descrita como una “mansión” de un millón de dólares.
Poco antes de eso, los responsables del operativo se apresuraron a asegurar que la identidad de Bin Laden había sido corroborada -en cuestión de pocas horas- mediante los resultados de una prueba de ADN comparados con los de una hermana de él que murió de cáncer en Boston y casi de inmediato -con una prisa que también abona al desasiego- lo arrojaron al fondo del mar, para evitar -dijeron- que su tumba en tierra firme se convirtiera, dondequiera que estuviese, en un lugar de peregrinación y culto.
La comedia siguió con el asunto de las fotos del muerto. Que sí las mostramos, que ahorita, que mañana, que son truculentas, que tengan paciencia, y, al final, que mejor no, que no por seguridad, que no porque el ejecutado -si Osama estaba desarmado, no hay otra forma de llamarlo- “no es un trofeo”, que no por decoro...

Al cabo de tres días se me nubla la razón. Me dan escalofríos y una duda existencial me agobia. ¿Mataron a Osama o no? ¿Se lo comieron los tiburones o sigue escondido por ahí, pegado a CNN y retorciéndose de la risa ante la torpeza de los estadounidenses para escribir su muerte?
Cuando creo que nunca lo sabré con certeza, una llamada me ilumina el camino, me devuelve la paz. Es de mi padres. Desde México. Están preocupados porque adivinan -con esa intuición sobrecogedora que los progenitores suelen tener- que el asunto de Osama me debe tener “hasta el cuello de trabajo” -así me dice mi madre- “pobrecito de mijo, aquí te paso a tu papa”.
Órale viejo, cógelo, es Mario...
Hola hijo... cómo estás, es que no has puesto en feisbuc que hayas ido a correr en estos días y estábamos preocupados... El otro día te dije que tenía mis dudas de que a Osama lo hubieran matado, pero luego de leer todo lo que ha salido, te puedo asegurar que a ese güey sí se lo echaron. Y si no quieren enseñar las fotos es porque lo destrozaron y poco tienen que mostrar, Imagínate, esos comandos, con las armas de enorme potencia que traen y de pronto están frente al hombre que les explotó sus torres gemelas y les mato a 3,000 personas, es de entender... si ya ves nada más como son esos policías que han filmado, que persiguen a alguien y cuando lo alcanzan le dan una paliza... Así es que sí, estoy seguro, se lo echaron... bueno mijo, ya, eso era todo, ya estamos tranquilos de que estés bien...
Cuelga.
Nota casi al calce: esto es un decir, ya nadie “cuelga” para finalizar una llamada, eso era antes, hace muchos años, cuando en los primeros teléfonos, adosados a la pared, el auricular realmente se colgaba de un gancho que ponía fin a la comunicación.
Cuelgo.
Tal vez mi padre hubiese escrito mejor el final de Gerónimo.
Sí, Bin Laden muerto debe estar. ¿Motivo de celebración? No creo... en todo caso de reflexión, y también de un poco de duelo... sí, de duelo, al recordar nuevamente, por seres como él, que el mal en sus manifestaciones más trágicas es un tumor inextirpable en el genoma de la humanidad.
Nota al calce: la foto es de la "mansión" de Bin Laden en Abbattobad... en el vecindario, la vida continúa.

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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