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Antolín Maldonado

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1 de febrero de 2013

Cachivaches

Seguir acumulando complicará tu vida, sobre todo cuando se acumula ira, falta de perdón o maldad.
Casi todos tenemos un cuarto, clóset o rincón de la casa en el que guardamos cachivaches. Incluso hasta nos justificamos, y quién no ha dicho en alguna ocasión cuando llega una visita de confianza, 'este es el cuarto de mis cachivaches'. Hasta con orgullo lo decimos, dependiendo de la categoría de esos cachivaches. Mami no se anda con rodeos ni pañitos tibios. Ella le llama “porquerías”.

Por si acaso, la palabra cachivache está aceptada en el Diccionario de la Real Academia Española y una de sus acepciones aplica a lo que expongo en este escrito. Se refiere a una cosa rota o arrinconada por inútil.

Lo que sucede es que aunque sea una cosa inútil, insistimos en darle valor, o simplemente guardarlo por si acaso...

Las consecuencias de acumular y acumular, sobre todo si no organizamos, es que muchas veces entre esos escondrijos se nos pierden objetos de valor y cosas que sí pueden ser importantes. O cuando menos se nos complicará la búsqueda y en algunas ocasiones no las encontraremos cuando más las necesitamos. Tengo las de perder cuando mi esposa lea esto… me dirá con una sonrisa irónica, “¿de verdad?”

Pero debo aceptarlo. Tengo mis cachivaches. Mientras escribo estas líneas, recuerdo que lo que me llevó a escribir este blog fue precisamente ese clóset del patio, pero no porque interese darles consejos de cómo organizarlo. Cuando trabaje con el mío no sé si estaría ready para hablar del tema.

Pero lo que me ocupa aquí es que así como en el plano natural acumulamos cosas, muchas veces innecesarias, igual ocurre en el aspecto emocional y espiritual, pues hay cosas que acumulamos y terminan creando un caos en nuestra vida.

Cosas como el rencor, la frustración, la falta de perdón, la culpa, y, queramos o no aceptarlo, las malas obras y el pecado que a veces el ser humano insiste en esconder.

Pero si bien es cierto que hay cosas que podrás esconder de las personas a tu alrededor, y quizás hasta llevar una doble vida, de quien único no puedes ocultarte es de dos personas: ni de Dios ni de ti mismo (tu conciencia).

A diario vemos personas que aun en su equivocación y error, insisten y cantaletean porque otros acepten sus caprichos. Tal vez uno desconoce cuál es el pecado oculto de ese individuo, pero sí puede notar que la persona está siempre a la defensiva, justificándose en todo lo que hace y pretendiendo que otros le acepten todo lo tiene que decir.

El mayor ejemplo lo vemos en crímenes ocurridos en la historia reciente del país y que aún no han sido esclarecidos. La gente conoce a los protagonistas a través de los medios, al menos los que salen a la luz pública,  aunque no necesariamente conozca quién es el culpable. Tal vez el sistema de justicia no ha logrado encausar a nadie, aunque tiene sus sospechas y ha identificado al presunto culpable en cada caso.

Mientras todo eso ocurre y la gente se forma su propia opinión, vemos como las personas involucradas directa o indirectamente en el crimen en cuestión, se consumen física y emocionalmente. ¿Por qué será?

Porque insisten en esconder lo que saben, y su vida se vuelve en una lucha para que nadie los descubra. Se vuelven esclavos de la mentira para ocultar su delito. Y cada mentira los lleva a tener que seguir mintiendo para ocultar lo dicho anteriormente y no ser descubiertos.

Esto me hace recordar lo que dice la Palabra de Dios en el Salmo 32:3, en el que está explícito lo que ocurre con la persona que insiste en ocultar su mal en lugar de confesarlo y buscar ayuda. Hay a quienes les importan más las apariencias que lo que tienen por dentro.

Prefieren que todo luzca bien por fuera, en apariencia, mientras su vida se consume por dentro tratando de mantener una farsa que pronto, un día, todos descubrirán al fin y al cabo.

"Mientras me negué a confesar mi pecado, mi cuerpo se consumió, y gemía todo el día". Ese verso muestra la condición en que queda la persona cuando insiste en callar en lugar de confesar. Su vida se vuelve una olla de presión a punto de reventar. Lo irónico es que le preocupa más su apariencia exterior, y seguir luciendo como que todo está bien en su vida.

La verdad es que aunque nadie sepa qué está sucediendo con ese individuo, la gente sí sabe que algo anda mal y que no quiere decirlo. Su estado de ánimo, y aun su apariencia física comienzan a delatar a la persona. Incluso la manera en que se comporta, cómo habla y cómo maneja sus cosas.

Pero ese mismo Salmo nos revela la gracia y el perdón de Dios. Nos revela que en Dios siempre hay una solución, y que el Padre siempre abre una puerta para que seamos libres en Él. Esas son las buenas noticias.

El verso 5 lee: "Finalmente te confesé todos mis pecados y ya no intenté ocultar mi culpa. Me dije: 'Le confesaré mis rebeliones al Señor', y tú me perdonaste. Toda mi culpa desapareció".

Quizás tu caso sea el que estoy planteando hoy. Te has enfocado en esconder tu culpa y en vociferar a los cuatro vientos que tú estás en lo correcto. Te has empeñado en que otros se convenzan de que tú estás bien, pero en tu empeño no te das cuenta de que te estás engañando a ti mismo y buscas callar tu conciencia.

Por eso buscas la aprobación de la sociedad y de las personas a tu alrededor, para que de alguna manera esa aprobación y favor de la gente, ayude a apagar esa conciencia que nunca se equivoca.

Pero lo triste es que hay quienes en su insistencia, logran callar esa conciencia. Es desde ese punto en adelante cuando no le importará en lo más mínimo mentir y algunos llegarán a creerse su propia mentira.

Sin embargo, Dios sigue estando a tu disposición para escucharte clamarle perdón y para que le confieses tu mal. Para que te dispongas a cambiar y para que le pidas su asistencia. Él no te abandonará porque precisamente anda esperando que te acerques.

La Biblia está llena de ejemplos que necesitaban destapar esa olla de presión… que debían abrir la puerta de ese cuarto lleno de cachivaches para ser libres de la presión de seguir mintiendo y de continuar ocultando su doble vida. La Palabra también muestra el ejemplo de cómo Jesús los trató. No condenándolos, sino abriéndoles sus brazos para extenderles el perdón.

No les consintió su mal, al contrario. Les apercibió de no seguir pecando. Pero no los condenó. Al contrario. Los amó. Los aceptó. Y como retribución a ese amor y a ese perdón, quienes se encontraron con él cambiaron su manera de pensar y de actuar. Porque no se trata solo de confesar lo que estés ocultando. Se trata de que redirijas tus pasos, que cambies tu manera de pensar y de actuar, para bien.

Jesús sigue estando tan presente hoy como en ese entonces. Ya no físicamente, pero sí por medio de su Espíritu Santo, que viene a traer convicción al pecador. Convicción de su error, pero también convicción de que Dios quiere perdonarlo y ayudarlo a comenzar una nueva vida.

Lo que sucede es que no puede haber una nueva vida si como ocurre actualmente por culpa del relativismo, insistimos es que estamos bien y en que me tienen que aceptar así como soy.

Jesús le dijo a la mujer que fue sorprendida en adulterio que él no la condenaba, pero le dejó claro que se marchara y no pecara más. Aquella mujer se libró de la muerte, de ser apedreada, pero más que eso, se libró de la muerte espiritual que causa la vida de pecado.

Zaqueo era un recaudador de impuestos odiado por el pueblo judío, pues servía al imperio romano y robaba a su propio pueblo reteniendo más de lo debido. Pero cuando llegó Jesús y le pidió que lo dejara entrar en su casa, Zaqueo lo recibió en su casa. Y no solo lo recibió, sino que el amor de Jesús lo movió a querer cambiar su vida. Incluso prometió que le devolvería multiplicado a los pobres, lo que les había robado.

A la mujer samaritana que se encontró cerca de un pozo, le cantó la verdad sin conocerla, de que ya había tenido cinco maridos y que el que actualmente tenía, ni siquiera era su esposo. Hoy día cualquiera que es confrontado con su error y con su propia verdad, asume el papel de víctima, se hace el ofendido, y así desvía la atención para no tener que responder.

Pero aquella mujer fue sorprendida por la revelación del Maestro y reconoció que Jesús no era cualquier hombre.

La opción sigue siendo tuya. Puedes seguir metiendo bultos dentro del cuarto y mantener la luz apagada para que nadie vea el reguero. Pues seguir escondiendo todo para no atender a tiempo tu situación ni cambiar tu estilo de vida.

Pero sigues corriendo el riesgo que la tapa de la olla de presión reviente, que la puerta del clóset o el cuarto se abra sola porque no resiste más cachivaches, y que quedes en vergüenza porque, lamentablemente, el ser humano tiende a juzgar y condenar sin dar oportunidades.

A solas con Dios, no correrás igual suerte. A solas con él, encontrarás su misericordia y su gracia. Te guiará al lugar indicado y te dará gracia ante las personas indicadas para ayudarte. Te mostrará su amor en quienes no te condenarán, sino que se identificarán contigo porque anduvieron tu mismo camino.

Se identificarán porque también anduvieron perdidos, pero fueron hallados... por el Maestro.

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