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27 de febrero de 2014

Carlos, su celular y yo

Cara querida, lady del reino de Hato Rey, te confieso que esto de estar discutiendo mis decepciones amorosas públicamente no es de mi agrado pero estoy a punto de reventar como siquitraque. Arrójame luz, faro de las perdidas -que conste que hablo en el buen sentido de la palabra.

Estoy atrapada en una relación de tres. Threesome le llaman los angloparlantes. Es Carlos, su celular y yo. En ese orden. Este hombre cuida más su celular que a mí. Lo colma de upgrades, mientras a mí ni una caja de chocolates Godiva. Qué, ni de cremitas con cherries.

Su vida gira alrededor de su celular. Debí imaginarlo porque desde el primer día del date, no despegó ni un segundo los ojos del celular. Esa noche me ofreció toda clase de excusas para su extraño comportamiento, que si atendía su oficina -es químico- desde el teléfono, que le enviarían una cotización; que estaba revisando el resultado del juego, calculando las calorías del steak que pidió. En fin, que si sus ojos se posaron en cuatro ocasiones sobre mí esa noche, te digo que fue mucho.

Además, este hombre es de los que documenta su diario vivir en Facebook. Hasta lo que se come y bebe. En la primera cita, tomó fotos de la comida y la botella de vino y en menos de cinco minutos la humanidad se había enterado de dónde estaba cenando, con quién y qué. Esa era el momento para decir la célebre frase, “no me llames, yo te llamo”, pero no. Me quedé allí observando anonadada, sin decir ni pío. Debe ser por los años que no salía con alguien y, por tanto, debía sufrir de alguna tontera por la falta de testosterona.

Aun así, acepté una segunda invitación. Luego otra cita y así hasta ahora, seis meses llevamos de relación. Y seis meses que me cocino en mi caldo -como dices- cada vez que agarra el celular. Pareciera que lo tiene pegado con velcro. Él único momento que no lo revisa es cuando duerme y,claro, en uno que otro momento de amor, porque hasta cuando terminamos de “ejercitarnos”, lo primero que hace es revisar el celular.

Ah, se me olvidaba contarte que otro de sus vicios es Twitter. Pegado, día y noche, reaccionando a todo. Es enfermizo todo esto. No puedo más, Y ni hablar de las veces en que suena el celular y él lo contesta sin el menor recato. Podemos estar en una cena, alguien llama y se chavó el cocodrilo. No corta la conversación y una ahí mirándolo cual Venus de Milo. La desconsideración ha llegado a tal extremo que ha estado pegado a su celu hasta por media hora. La última vez fue el sábado pasado en un restaurante del Condado. Como dices, agarré guantes y cartera y me fui. Desde entonces, no para de llamar, pidiendo perdón, pero no creo que eso cambie. Es patológico. Cara, la tecnologóa ha echado a perder el romance. El espacio se ha llenado y no se hace falta otras personas. Ni siquiera para el sexo, pues con un clic todo se resuelve.

Sí, me he convertido en una hater de todo lo que es techno. Pero es que resiento la frialdad y la falta de interés que ha provocado. Soy un dinosaurio frustrado. Maldito el día en que perdimos la capacidad de decir te quiero sin tener que enviar una carita feliz con dos corazones por ojos. Prefiero a Hallmark. Jeannette, de Ponce

Cuquita, no es la tecnología, es la humanidad. Se supone que esté al servicio de nosotros, no los humanos a su merced. El lío aquí no es el celular, el problema aquí es Carlos. Primero, que desconoce las reglas básicas de educación y segundo que sencillamente no está al 100 contigo. Duele, pero es la verdad. Al igual que tú, un pequeño dinosaurio habita en mí, resiento todo esa comunicación de ahora, pero no hay de otra, no podemos vivir de espaldas a una realidad. Aquí el uso indebido de la tecnología es la que acabó con tu relación. Y claro no dudo que Carlos esté obsesionado, como muchos que conozco, con el aparato -que conste que hablo en el buen sentido de la palabra. 

Escribe a caramia@elnuevodia.com


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