No había escrito antes porque estaba indignado -aún lo estoy- y perplejo -aún lo estoy- ante la masacre en Noruega, donde un fundamentalista desquiciado cazó como conejos a decenas de jóvenes, luego de haber hecho detonar una bomba con la que también mató a unos cuantos que jamás sabrán por qué, de pronto, dejaron de estar entre los vivos en un episodio que, por mucho que sepamos de lo que es capaz la naturaleza humana, no deja de asombrar.
El loco -iba a llamarlo hijo de puta, pero no, que entre quienes así se ganan la vida sin duda hay muchas mujeres buenas- alega que lo hizo para defender a Europa "de la amenaza del dominio musulmán".
Anders Behering Brevik -el nombre del autor de esta carnicería- es descrito como un "fundamantalista cristiano de derecha", "amante de las armas" y obsesionado con lo que percibía como las amenazas del multiculturalismo y la inmigración musulmana".
¿Cuándo es -pregunto- que la intolerancia se convierte en una demencia capaz de llevar a alguien a cometer un acto tan brutal, tan sádicamente infernal -dicen que Brevik estuvo disparando durante una hora- y tan inexplicable, a la luz de las "razones" que este descocado ofrece?
Mientras se cuentan los muertos y heridos -también hubo cerca de un centenar de estos- regresa a la memoria el fantasma de Timothy McVeigh, quien en abril de 1995 mató a 168 personas e hirió a medio millar con un descomunal bombazo en un edificio federal de la ciudad de Oklahoma.
McVeigh -ejecutado en 2001- justificó su numerito como una venganza por el ataque del Gobierno a la sede del líder religioso David Koresh, acusado de vender armas ilegalmente.
Como la de Oklahoma, la tragedia ahora de Noruega -donde todos los años se entrega el Nobel de la Paz- demuestra una vez más que el terrorismo no tiene fronteras, que es ubicuo, que su zarpazo lo mismo llega de afuera que desde la propia casa y que los credos religiosos llevados al fanatismo son mortales.
En la inercia de la intolerancia -esa que se vive ya como quien oye llover- los medios de comunicación se apresuraron a teorizar que los musulmanes estaban detrás de la tragedia noruega.
Pero no, no fueron los musulmanes, fue un cristiano. Un cristiano abominable sin duda. Como los musulmanes, los hay buenos y también los hay malos. Como las prostitutas.

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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