Entre las muchas cosas chocantes que veo diariamente en Puerto Rico, lo que más me sorprende es el nivel de odio hacia la mujer. La violencia contra la mujer en Puerto Rico es una plaga, que amenaza la estabilidad de nuestra sociedad y el futuro de nuestra cultura.
Como pastor de una Iglesia protestante, tengo que intervenir en situaciones de crisis cuando las personas relacionadas con mi congregación piden ayuda. Con el tiempo uno se acostumbra a casi todo: a escuchar los problemas, a oficiar funerales y hasta al fracaso, dado que la mayoría de la gente se resiste a cambiar su camino. Empero, debo confesar que no me acostumbro a la violencia de género.
Y cuando hablo de violencia contra la mujer, no me refiero solamente a la violencia contra la novia, la amante, la esposa, la pareja o la expareja. En los pasados meses he visto casos en los que hijos abusan de sus madres -con acusaciones constantes y golpes- y de padres que abusan de sus hijas -insultándolas, acosándolas y golpeándolas.
Lo normal es que estos abusadores justifiquen y excusen su violencia, basados en conceptos falsos de justicia y de honor. Culpan a sus madres de sus problemas de hoy. O ven en sus hijas los vicios de sus exparejas. Interpretan su conducta como irrespetuosa. Entonces les pasan factura por sus problemas. Las acusan, les gritan, las acosan, las persiguen y les pegan.
Los abusadores tratan de impedir que las mujeres abusadas compartan con otras personas. Por eso, hacen lo posible por separarlas de la Iglesia, donde pueden conseguir alguna orientación y ayuda. Los abusadores impiden que sus esposas trabajen, de manera que no puedan independizarse económicamente. Y si trabajan, les obligan a buscar trabajos informales, donde no paguen seguro social. Esto evita que reciban pensiones por retiro o incapacidad. Los abusadores tratan de impedir que sus hijas terminen la escuela superior. O, en otras ocasiones, las obligan a irse de la casa, forzándolas a vivir con familiares lejanos y hasta a casarse antes de tiempo.
Los abusadores odian a las mujeres. Sí, odian a sus parejas, a sus exparejas, a sus madres, a sus hijas y a cualquier mujer que se interponga en su camino. Los abusadores odian a quienes ayudan a sus víctimas. Odian a los trabajadores sociales de las escuelas, a los técnicos del Departamento de la Familia, a los familiares que intervienen a favor de las víctimas, a la Policía y a las iglesias que desean mediar en los conflictos.
Y los abusadores se casan en segunda nupcias con mujeres que excusan su violencia contra sus parejas anteriores y contra sus hijas. No comprenden que en el futuro cercano el abusador se tornará en contra de ellas y de las hijas que puedan tener en esa nueva relación.
¿De dónde sale tanto odio? La Biblia tiene una respuesta clara. El odio es consecuencia del pecado. Dado que Dios es amor, el odio es diabólico y demoniaco. Este es el claro mensaje de 1 Juan 4:8: “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (RVR 95).
Creo que es hora de tomar acción. En lugar de un plan publicitario -como “Promesa de hombre”- necesitamos un currículo sobre sana convivencia que forme parte de los cursos requeridos para todo estudiante de escuela elemental, intermedia y superior. Las niñas deben aprender a levantar su voz, a denunciar el abuso y a defender a las demás. Y los niños deben aprender que los golpes, los insultos y las amenazas son vicios que ensucian el alma y delitos que se pagan con la cárcel. Les ruego a los políticos de turno que dejen la demagogia a un lado y se unan para procurar la educación de nuestro pueblo. Contra la paz no hay ley.
También es necesario que las Iglesias tomen acción. Todavía quedan ministros en Puerto Rico que justifican el abuso contra la niñez y contra la mujer. El pueblo cristiano tiene que unirse para condenar a quienes justifican la violencia contra la mujer. Quien predica el odio desde el púlpito, deshonra la fe cristiana.
Termino haciendo un llamado a quienes están inmersos en situaciones de violencia. ¿Está siendo usted abusada? Denuncie el abuso hoy mismo. ¿Es usted un abusador? Busque ayuda antes de que termine preso, por violento o por asesino. ¿Hay alguna persona victimizada en su familia? Ayúdela a escapar del abuso.
¿Qué opina usted? Le invito a compartir su opinión, comentando tanto el contenido de esta columna como los comentarios de otros lectores y de otras lectoras.
El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com

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