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Romeo Mareo

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22 de abril de 2013

Confundida entre el amor y la amistad


 

Una lectora, a la que bautizaré anónimamente como Patricia, no hace mucho me hizo llegar la siguiente comunicación:

“Hola, querido Romero,

Los franceses tienen una expresión, fromage a trois, que creo que se usa para describir el tipo de situación por la que yo ando atravesando.

Me explico: tengo una amiga, llamada Beatriz, a la que conozco desde que las dos éramos chiquititas. No es solo que siempre hayamos sido amigas, sino amigas íntimas, de esas que se juntan por lo menos dos o tres veces por semana para contárselo todo.

En los últimos tiempos, nuestros tits a tits -como dicen también los franceses- han sido en una marisquería del Condado en la que preparan unos poisson a la cartuche exquisitos, pero últimamente, la verdad es que yo no he podido disfrutar mucho  de esos apperitifs, más que nada por lo mucho que Beatriz ha venido hablándome de un tal Alejandro.

Para variar, sin embargo, Beatriz, que suele enamorarse todos los días de la semana y dos veces los domingos o días feriados, esta vez me insistía en que la cosa no iba por ahí.

“Alejandro es el tipo de hombre que es perfecto como amigo”, me decía.

Es decir, le pregunté un día, que es feo.

Pero Beatriz insistía en que no era así.

“Es alto, inteligente, simpático, un empresario de éxito y guapísimo”, me dijo, enumerando una serie de características que, por alguna misteriosa razón, siempre me han atraído de un hombre.

“Pero no es mi tipo”.

Por consiguiente, me decía siempre, “te lo tengo que presentar... es el tipo ideal para ti”.

Tanto estuvo machacando hasta que finalmente dio en el clavo y, la próxima vez que nos vimos allí, trajo consigo al tal Alejandro.

¿Mi dictamen? A los cinco minutos de conocernos, los dos estábamos charlando y haciéndonos bromitas como si nos hubiéramos conocido desde siempre. Tan así que, a veces, teníamos que hacer un esfuerzo para incluir a Beatriz en la conversación.

De ahí en adelante los tres nos hicimos casi inseparables: íbamos al cine juntos, a bailar, de compras al mall. Y, lo más lindo era que todo lo hacíamos en un plano de sana amistad: Alejandro nos hablaba de las chicas que le gustaban o con las que había salido, y cuáles habían sido sus virtudes y defectos, y nosotros hacíamos lo mismo con él.

Todo empezó a cambiar cuando me dio una monga y me sentí tan mal cuando estábamos en el cine que los tuve que dejar, aunque suplicándoles que se quedaran tranquilos viendo el resto de la película.

Según me enteré después, Alejandro se pasó el resto del tiempo hablándole a Beatriz de mí.

Usted se preguntará, señor Romero, que  cuál entonces  es el problema. ¿No era esa la idea que tenía Beatriz originalmente, y por la que se empecinó en presentarme a Alejandro?

Bueno, pues el asunto fue que, cuando mi amiga Beatriz me contó lo que Alejandro le había dicho, ella no se mostró demasiado complacida. Según pude entender, a base de la especie de rabieta que le dio, ella lamentaba que si Alejandro y moi (como dicen los franceses) nos volvíamos una pareja, entonces se arruinaría  la “bonita amistad” que había venido entretejiéndose entre nosotros tres.

Poco después, aprovechando un momento en que quedamos a solas en el restaurante cuando Beatriz se levantó para ir al baño, Alejandro se puso bien serio y me dijo que “sentía algo”  por mí.

Le contesté que “sentir algo”  era demasiado amplio.

“Por ejemplo”, le expliqué, “puede ser repugnancia”.

Ya hablándole más en serio, sin embargo, le dije que yo también estaba notándome que sentía  por él algo que no era precisamente 'odio'. Pero de todos modos, le dije, mi recomendación era que lo cogiéramos suave en presencia de Beatriz, porque yo temía que esta relación amenazara nuestra amistad.

En fin, ahí dejamos la cosa. El problema, según me ha contado Alejandro todo pugilateado, es que, a partir de entonces,   Beatriz, que aún no tiene una idea clara de hasta dónde hemos llegado ya en nuestra relación Alejandro y yo, ha reflejado ciertos cambios en su comportamiento, en especial cuando ha quedado a solas con con él.

“Es bien raro”, me dijo Alejandro, “pero se pone a hablarme de su ropa interior y de que quiere estar conmigo”.

Claro, él me lo cuenta riéndose, y yo me echo a reír también por lo ridículo de la situación. Pero igual me preocupo un poco porque Beatriz siempre ha sido mi amiga y no sé cómo irá a tomar la cosa cuando Alejandro y yo le comuniquemos oficialmente que hemos decidido hacernos novios.

¿Qué me dice usted, don Romero?”

----

Nada, amiguita, que tengo la impresión de que después de que te lo presentara y prácticamente te lo pusiera en bandeja de plata, ahora Beatriz se ha dado cuenta de que Alejandro es tremendo partido y está tratando de ver cómo da marcha atrás.

Ah, de paso, mi nombre es Romeo, no Romero. Por si las moscas.

La ñapa

Las mujeres que empiezan a dejar atrás su 'primera juventud'  siempre comentan que sienten un gran 'shock' la primera vez que las llaman 'Doña'.

A los hombres nos pasa algo parecido pero es cuando miramos insistentemente a una chica atractiva y esta ni siquiera tiene la delicadeza de molestarse con uno.

romeo.mareo@elnuevodia.com

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