Aquella noche se me ocurrió ir a una fiesta de alta sociedad en la que descubrí que había heredado el don de mi abuela.
Lourdes no era muy alta, pero la languidez de sus piernas la hacía ver esbelta, media aflamencada. A pesar de su fino tufo a blue label, aún lograba mantener el equilibrio entre los adoquines.
Le saludé de un beso en la mejilla, con poca gana. Preguntó lo básico: nombre, residencia, árbol genealógico, de dónde conocía a su hija. Opté por respuestas simples: “Jorge, San Juan, Carmen y Luis, universidad”.
Bebí un sorbo de mi segunda cerveza de la noche, y se me reveló el don. Abuela era de rostro recio, cabello sintéticamente algodonado y sonrisa a medias. Aún así, aunque estuviera escondida en una madriguera, siempre alguien la encontraba para hacerle una confesión, una historia curtida de secretos que es mejor contársela al cura o al sicólogo. Abuela destilaba confianza. Yo tengo la misma dicha.
Lourdes me inundó con su aliento a ron de ricos y provocó que se helaran los bailes y la música electrónica que hacía salpicar el agua de la piscina. Mientras miraba los ligamentos de su cuello encarrujado y el encumbramiento de sus pecas hacia sus pechos, entendí porqué transpiraba asco.
Su esposo la engañó por años y ella soñó siempre con el momento en que pudiera reivindicarse. Empero, su desértico placer no pudo ser satisfecho por aquel joven que se apasionó por la flacidez reprimida de sus pellejos y se adentró en ella. El remedio no estaba en la carne, nunca estuvo en la carne.
Como consecuencia natural de ese don de mi abuela, Lourdes me pidió consejo. Me olvidé por un segundo de los aforismos y opté por quitarme la armadura unos minutos. Parafrasearé un poco mis palabras: “Nunca es posible dar con una verdad absoluta, pero creo con fanatismo que pagar con la misma moneda no es un remedio acertado. Si atentamos contra nuestra propia naturaleza, contra los valores que nos sostienen, nos autoflagelamos. La verdad no creo que acostarte con alguien más te haga bien, meramente estás provocándote otra carga. No deberías bajar a su nivel.”
No quería que se sintiera culpable. En realidad pretendía que tomara una decisión que le causara un placer más duradero. Ella no entendió; el don de mi abuela ya no era suficiente.
Saboreé el blue label con el flanco derecho de mi corta lengua y con mis ojos. Lourdes se subió el escote como consecuencia de su recurrente desatino; se levantó y se fue.
Todos bailaron nuevamente mientras miraban el retozar de las gotas de agua al ritmo de un bajo insondable. Yo me recosté sobre la mesa jurando no volver a intercambiar palabra con algún borracho.
“Antes de iniciar un viaje de venganza , es mejor que caves dos tumbas.” Confucio.
-Recuerden que me pueden escribir a: jorge.colon@hotmail.com-

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