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Romeo Mareo

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20 de diciembre de 2012

Cuando la vida es como una telenovela

 

Don Romeo

No le diré mi nombre verdadero, pero sí uno ficticio para facilitar las cosas: María Eugenia.

Vengo de una familia rica pero caída en desgracia, razón por la cual, a la edad de 15 años, comencé a trabajar de criada en la residencia de una de las familias más pudientes del área metropolitana, los Gutiérrez (nombre también ficticio).

Es una familia que se ha portado muy bien conmigo –de hecho, los Gutiérrez conocían a mis padres- y todo marchó bien hasta que los años fueron pasando y mi cuerpo se fue desarrollando. Quizá suene un poco presuntuoso que sea yo misma la que lo diga, pero la verdad es que acabo de cumplir los 20 años  y me he convertido en lo que vulgarmente se conoce como “tremenda mamota”.

El problema es que en la familia de los Gutiérrez hay dos hermanos, ambos más o menos de mi edad, y últimamente como que han empezado a darse cuenta de mi presencia. Y entre ellos ha surgido una especie de rivalidad, me imagino que para ver cuál me conquista primero.

¿Que cuál es el problema?

Pues por la razón de siempre, sé que no somos de la misma clase social y me temo que sus razones no son demasiado honestas.

Es decir, me sospecho que lo único que quieren hacer conmigo es plantar bandera, y luego seguir ruta hacia otras tierras que conquistar.

En el caso de Ruperto, el hermano mayor, eso me tiene sin cuidado, puesto que él es un hombre engreído y superficial que se cree que tiene derecho a todo.

Pero, por el contrario, el caso de Paul, el menor, es diferente. Es un chico amable, sensible –aporrea la pandereta con un refinamiento angelical- y, cuando no hay nadie por los alrededores, a menudo comienza a confiarme sus anhelos y aspiraciones con una ternura increíble.

Así, a menudo me hallé a mí misma lamentándome por este destino tan traicionero: si la familia de mis padres no hubiese venido a menos, de seguro que Paul y yo, al ser tan afines, hubiésemos terminado comprometiédonos, si es que acaso no estuviéramos casados ya.

De hecho, aún con la gran brecha de clase social que se abría entre nosotros, al parecer Paul quedó tan prendado de mi dulzura y mi sensibilidad –por no decir nada de mis 35-25-36- que un día, sin poder aguantarlo más, me tomó de las manos y me propuso matrimonio.

Cegada y enloquecida por la pasión, de primera instancia le dije que sí, pero unos 15 minutos después, cuando él comenzaba a vestirse de nuevo, me sentí atacada por las dudas.

Estas parecieron confirmarse en los días siguientes, cuando empecé a darme cuenta de que Paul rehuía quedarse a solas conmigo, cuando antes se las había inventado con tal de lograr precisamente eso.

Bueno, a los dos meses fui al médico y recibí la noticia que ya me estaba oliendo: yo estaba encinta. Ese mismo día, cuando estaba resuelta a decírselo a Paul, nos llamaron a toda la servidumbre para congregarnos en el salón principal y allí doña Ermelinda, la señora de la casa, anunció con bombos y platillos el próximo matrimonio de Paul.

Incluso trajeron a la novia: una chica perteneciente a lo más alto de la sociedad.

¿Qué le digo, don Romeo? Me sentí desfallecer. Pero, al mismo tiempo, me sentí más resuelta que nunca. Sabía que mis días en aquella mansión estaban contados, porque no se vería bien que la gente viera caminando por los alrededores a una sirvienta en avanzado estado de embarazo, en especial sin estar casada, así que, luego de fallar en otro intento de hablar con Paul- su última excusa era decirme que tenía tapados los oídos y no podía oírme- me lancé a la misericordia de doña Ermelinda, quien, luego de múltiples pedidos míos, accedió a recibirme en su recámara.

Admito que me dio mala espina su apariencia: se había puesto un parche sobre un ojo, algo que hacía no porque tuviera algun padecimiento visual, sino –según pensaba toda la servidumbre- para adoptar una pose aun más altanera cada vez que debía estar a solas con algún miembro de la servidumble.

Así, le solté todo. Cuando terminé, ella arqueó la única ceja que le quedaba despejada y soltó una risa maligna.

‘Niña’, me dijo, ‘todo el drama te quedó de lo más bien, pero con una sola excepción: mi pobre Paul es un gran muchacho, pero debido a un accidente equino que tuvo en su niñez quedó completamente impotente. Por eso hemos decidido casarlo con esta muchachita que es tan fina que de seguro tardará un par de años en darse cuenta’.

Ahí me eché a llorar, don Romeo, y no he parado desde entonces.

¿Tengo salvación?

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Querida amiga, claro que la tienes: por lo menos si me empiezas a escribir libretos para las telenovelas de televisión: te noto un gran talento.

La ñapa

Al leer el título de un artículo de esos que suelen aparecer en las páginas femeninas -“¿Lo que te gustó de tu pareja ahora te enfurece?”-, me imaginé de inmediato el tema que trataba: las relaciones se desgastan, y ese humor negro de ella que de joven te parecía exquisito, hoy en día te cae como bomba.

Pero también me imaginé una segunda forma de tratar el tema: la mujer, por ejemplo, puede odiar ahora la figura esbelta y musculosa que antes admiraba en uno, al darse cuenta de que ahora solo es capaz de verla en otros hombres.

romeomareo@elnuevodia.com

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