En el avión se sienta a mi lado un chico alto, largo y despeinado que se quita sus zapatos cómodamente mientras lee un libro cuya tapa no alcanzo a ver. En los asientos del lado: mamá, papá y bebé. El bebé con pinta de querubín nos provocó sonrisas al entrar, pero la precisión para atormentarnos con la estridencia de su llanto justo en el momento en que llegaba el sueño lo hizo parecer absolutamente temerario. Nunca se escucharon decibeles similares. No hice amistad con el chico alto, cada uno andaba ensimismado en su lectura. Eso sí, la incomodidad del roce codo con codo era casi tan terrible como el llanto del bebé.
Pruebo la comida y me preocupo. Me ha gustado. Que no se enteren mis amigas expertas en gastronomía. Al lado del platito de arroz asiático con pollo, un paquete de galletas marca Emperador cuyo eslógan lee: para el Emperador que hay en tí. Recuerdo que voy a México y regreso a mi recién estrenado Kindle. Sí, me convertí. Me gusta, leo y ya está. Siempre pensé que no superaría el placer del olor a tinta y papel, sin embargo, la verdad, la mera, mera... lo que más disfruto de un libro es la experiencia de la lectura, el contenido y ya. Si de eso se trata el libro electrónico, bien por mi. Leo a Murakami y salto entre artículos de Newsweek. Se me hace largo el viaje.
Al llegar, los perros que todo lo olfatean, las mil preguntas en aduana y el hombre a la salida con un cartel enorme con mi nombre en mayúsculas. Me sentí lo que se dice VIP, pues entre el cartelito y el eBook poco me faltaba para saludar a lo mano, codo, mano, codo. Tantas hambres y tantas pesetas que uno calcula cuando viaja como estudiante y ahora la reciben a uno con cartelito, como en las películas...
No soy la única, una mujer argentina también ha llegado en ese vuelo y esperamos -junto al señor del cartel- por alguien más. Es mi vecino de asiento. En la guagua que nos llevaría al hotel me entero que ambos son dos de los escritores escogidos por un jurado de la FIL como dos de los 25 Secretos mejor guardados de América Latina, una selección de autores conocidos en su país pero no internacionalmente. Bromeamos sobre lo gracioso que es ser un secreto. El es colombiano, fuma y habla poco. Ella, habla mucho, sobre todo del niño llorón. Mi hotel queda en el centro, a dos cuadras de la Catedral. Son las dos de la mañana, hace frío y el aire pela los labios.

Nacida y criada en Aibonito, Puerto Rico, Ana Teresa Toro comenzó a trabajar a los 20 años como repo...


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El frío y las pascuas llegaron a la vez. Amaneció y de un frío que al medio día se sentía calientito la ciudad pasó a convertirse en una nevera implacable que pela labios y congela hasta entre medio de los dedos de los pies. En fin, una invasión climática. Lo mismo pasó con las pascuas. Un d...
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