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Antes que llegue el lunes

Mayra Montero

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24 de marzo de 2013

Culebra

La famosa playa Flamenco, en Culebra, está salpicada aquí y allá por letreros que piden “no alimentar a los gatos”. Es la clase de letrero que se pone en los zoológicos. O en los lagos donde cuidan de las especies como cisnes y otras aves acuáticas, con el fin de no enfermarlos o contaminar el entorno.

       El problema de la legión de gatos que pulula en Flamenco, es que habría que esterilizarlos y devolverlos a su hábitat, como se ha hecho en algunos sectores de San Juan y se suele hacer en tantas partes del mundo (cementerios franceses incluidos). A los que están demasiado enfermos, se les aplica la eutanasia. Pero no sé por qué me huelo que en Flamenco, de vez en cuando, hacen una redada y los mandan, sabrá Dios de qué modos, para el otro mundo. A los pocos días, los sobrevivientes salen y vuelven a reproducirse.

       Los gatos que vi en Culebra no parecen estar enfermos. Están hambrientos y acostumbrados a que los alimenten. ¿Quién le dice a una turista de Vermont que no le tire un trocito de carne a un minino dulzón y complaciente que le roza las piernas? Seguro que incluso alguno habrá sido adoptado. Pero es absurdo plantar letreros exigiendo que no les den de comer. Total, si no los alimentan los turistas, ya algo encontrarán ellos para seguir con vida. Un pescadito en la orilla o un gallo distraído.

       Que, a propósito, el único ser vivo que se encarga de limpiar un poco el basural abierto que existe en el centro del tablado donde ubican los quioscos de comida en Flamenco es una gallina que, con sus patas, va apartando plásticos, papeles y desperdicios múltiples para que sus pollitos coman.

       En las uvas playeras se esconden botellas y tapitas plásticas. En la orilla encontré un buen trozo de una antigua bandeja de “foam”. Yo sé que es difícil controlar a los salvajes que llegan en hordas en temporadas como la semana que comienza hoy. No puede haber un policía o un empleado municipal detrás de cada tribu. Por lo tanto hay que buscar otros métodos de limpieza. Asignar recursos a esa tarea, imposible que la haga el alcalde con su presupuesto. La ayuda tiene que provenir del Gobierno, y de Turismo sobre todo. Si Flamenco es considerada la mejor playa del País, nadie dude que, por lo que vi, se dirige a un lento e implacable deterioro.

       El área de los quioscos debe remozarse. Pero no en el sentido de las instalaciones en sí, que también, porque son feas e incómodas, sino por una cuestión estética que debería ir más allá del embellecimiento convencional. La comida que se sirve es cara y, aunque provenga de sencillos puestos, podría presentarse un poquito mejor. Vi a unos japoneses aturdidos porque les entregaban platos de cartón barato, chorreando aceite, ya que contenían frituras o pinchos de pollo. La empleada doblaba el plato para que el cliente lo agarrara por los bordes, pero aun así los pobres asiáticos se escaldaban los dedos.

       Las comidas carecen de toda proporción precio-calidad. Y las bebidas, mejor ni mencionarlas. Pero además, existe un sistema muy filosófico de cobro. Esta escritora pidió un Dewar’s normal en uno de los quioscos, por normal quiero decir nada de 12 años. Recibió un vasito desbordante de hielo picado con lo que aparentaban ser unas gotitas de licor. Por ese trago miserable me pidieron $8.56. Reclamé que era imposible y la mujer que me atendía me miró pensativa. Aquí es que entra la filosofía. Entonces dijo: “Me equivoqué: son $6.42”. El asunto debe parecer surrealista a los visitantes del extranjero, no digo a los del patio porque ésos ya lo saben y llevan sus propias provisiones.        Comprendo que la transportación hacia Culebra lo encarece todo. Pero, ¿no puede el Gobierno, en aras de estimular el turismo y el consumo, buscar la manera de transportar semanalmente provisiones, a un costo mínimo, para suplir a los comerciantes del lugar?

       Lo de las lanchas es la pesadilla en bicicleta. Mientras que en la mayoría de las islas del Caribe donde se fomenta el turismo y se ansía atraer nuevos mercados, se refuerza el uso de la transportación marítima, y disponen de multitud de barquitos, que zarpan con frecuencia encantadora, aquí se exige, sin que nos encontremos siquiera en temporada alta, que el pasajero se presente tres horas antes de la salida de la lancha. Si la salida es a las nueve, por ejemplo, los adormecidos viajeros tienen que plantarse en la fila a las seis. Esto me lo dijo por teléfono, con voz de neptuno tronante, un tal Cano que no come cuentos: “Si no está aquí a las seis de la mañana, no se va a las nueve”. El que puede, coge el avión. Esta semana tan particular, se atropellarán los viajeros en los muelles para agarrar la lancha.

       Ya en el pasado se han denunciado intentos de construcción y deforestación cercanos a Flamenco, lo que, en eventos de lluvia, ha provocado escorrentías de lodo hacia la playa. Un recorrido nocturno, pero no tanto -las nueve de la noche, ¿no es una hora normal?- refleja un panorama oscuro y decadente, tan lejos del jolgorio y los mil negocios abiertos, con pescadito frito y cervecera espuma, propio de los enclaves playeros.

       Esa isla de Culebra, que debería ser prioridad absoluta de Turismo, luce muy descuidada. Si hay otro mundo escondido que no pude ver, que alguien me diga. Lo cierto es que debe atenderse desde ahora la amenaza latente de erosión (detecté raíces en el aire), y la manera en que el agua achicará las playas. Todo el mundo parece dar por sentado que las cosas se quedarán como están, no importa cuántos árboles se corten, cuántos caminos clandestinos se abran, o cuánta basura se aloje entre las uvas playeras.

       En cuanto a mí, transgresora como soy de cuna, confieso haberle dado un camarón a un gato.

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