La familia de José Luis Rivera Guerra, ese representante que inventa piezas legislativas metafóricas, donde exige a los demás que cumplan a rajatabla con permisos, pagos e impuestos (sin que él se dé por aludido cuando se trata de los suyos), ha puesto también su granito de arena en el cuadro de delirio agudo en que se convirtió esta historia.
El episodio, totalmente verídico y contado por una periodista de este diario, es como sigue: llegaron dos empleados de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) a la propiedad que el representante posee en Aguadilla.
Ojo: no eran dos empleados cualquiera. Uno era el gerente operacional de servicio al cliente en Aguadilla, y la otra, una oficial de prensa de la AAA. ¿Qué hacía una oficial de prensa en un sencillo trámite de inspeccionar dos contadores de agua? No lo sé. Es posible que estuviese allí acompañando a la periodista que hizo la nota. El caso es que, cuando estos dos empleados llegaron a la residencia del legislador, supuestamente no había nadie en la casa. Poco después, llegó en su carro el padre de Rivera Guerra, un señor llamado Rivera Castro.
Este padre se plantó frente a los empleados de Acueductos y les informó que su hijo llegaría en una hora. Entonces, mirándolos de arriba abajo, añadió: “No van a pasar hasta que él llegue. Si él quiere dejarlos pasar, él los deja pasar”.
Caigo de rodillas ante tanta elocuencia.
Cualquiera diría que los funcionarios de Acueductos, que están allí pagados con dinero público, decidieron que aquello era una farsa y se largaron para no perder más tiempo. Pero no fue así. El gerente operacional y la oficial de prensa se quedaron a esperar por el representante, humildes bajo el sol, contando los minutos. Hasta que salió la abuela.
La abuela de Rivera Guerra, que se llama Áurea Castro, fue donde los empleados de Acueductos y les gritó que “no era cierto que su nieto se estuviera robando la luz”.
Alguien debió explicarle a la buena señora que una cosa es una cosa, y otra es otra. O sea, que Acueductos se encarga del agua y no de la luz. Pero ella no les dio tiempo a nada, porque enseguida agregó: “Éste es un terreno de herencia y yo se lo di”.
Con lo cual, supongo que quiso decir que si ella se lo dio, San Pedro se lo bendijo, y no hacían falta ni permisos, ni contadores, ni papeleo del CRIM, ni mucho complicarse el alma para construir “la piscinita”.
Lo de la piscinita es surrealista. El padre del legislador, en su afán por ayudar al hijo, argumentó lo siguiente: “Es una piscinita que cuando cae agua de lluvia la llena para tener agua en los ‘toilets’”.
No entiendo nada. ¿Quién construye en su casa una piscina para saciar los inodoros?
Esto es fuerte. Y lo hubiera sido más si en ese momento no aparece la tía del legislador. La tía es una especie de “deus ex machina” de las tragedias griegas. No se sabe si llegó en otro carro, si se acercó caminando, o si, como presiento, fue puesta allí en un artefacto que bajó del cielo. La tía les ordenó al padre y a la abuela que no hablaran más delante de la periodista.
Por increíble que parezca, los dos empleados de Acueductos continuaron allí parados, sin que nadie se compadeciera de ellos, castigados por el sol y esperando por un individuo que “si quería dejarlos pasar, los dejaría pasar”.
La tía se fue. Padre y abuela enmudecieron. Supongo que estarían detrás de un portón o algo, mirando socarronamente cómo se derriten dos empleados de una corporación pública. En suma, los de Acueductos estuvieron esperando en vano por tres horas.
Eso es una inmoralidad. Y no es culpa del padre, de la abuela o de la tía. De hecho, creo que ni siquiera es totalmente culpa del legislador, ese Rivera Guerra que habla y sonríe como idiotizado.
La culpa es de Acueductos. Los empleados debieron irse mucho antes, u ordenar el corte del servicio o poner una querella por obstrucción. Dice la nota de prensa que, al final, la tía se asomó desde una marquesina y les gritó que Rivera Guerra “estaba por llegar”. Lo cual resultó falso, el legislador estaría muerto de la risa, escondido por ahí.
¿Cómo nadie se puede burlar así de unas personas que están intentando hacer su trabajo? ¿Qué ejemplo le da al País Rivera Guerra, un sujeto que vive del erario público y que tiene carro, chofer, dietas y un sueldo pagado por la gente que también paga a los empleados de Acueductos?
Por eso nada más, por ese acto de desdén y engaño, y de bachata y burla, Rivera Guerra -y el padre, y la abuela, y la tía, y el gato si lo tiene-, deberían pedir disculpas. Quedan para el recuerdo la imagen de la piscinita y los “toilets”. Los satisfechos y bien servidos “toilets”.
¿Alguien concibe un nivel más bajo y catastrófico?

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