El caso de una mujer acusada de prostitución, Denissa Lopp, ha puesto de relieve la doble moral en el País, pero, especialmente, la indiferencia de las organizaciones feministas, que no la han apoyado, y la inutilidad de esa Procuraduría de las Mujeres, que se distancia de ella; de la incómoda realidad que representa tomar una posición frente a unos hechos -burla, escarnio, vulneración de intimidad- que se han venido dando desde agosto, cuando la acusaron.
En las causas difíciles es cuando se prueba la fuerza de las convicciones. Defender a una mujer golpeada, no plantea conflictos. Defender a la que baila desnuda alrededor de un tubo, y que, llegado el caso, si lo desea, accede a realizar un trabajo sexual, está en los límites nebulosos de la moralidad feminista, y exige más debate y compromiso.
La semana pasada, a Denissa la declararon culpable de ejercer la prostitución. Durante décadas, las organizaciones feministas han tenido posiciones encontradas a la hora de definir la prostitución como actividad laboral. Pero creo que en este caso debió prevalecer el criterio de que, inocente o culpable (y Denissa se declara inocente), esa mujer ha sido objeto de un atropello concertado, que se escuda en el puritanismo, sin tomar en cuenta varios factores de interés, que ella misma enumeró con claridad.
Dijo, entre otras cosas, que no consume drogas ni ha dependido de las ayudas del Gobierno, pero que, sin embargo, ahora no puede ni salir a la calle. Se lo creo. Seguramente le tiran pullas en el supermercado o le gritan “puta” desde los carros en marcha. Subrayó además que el agente que se presentó en el club, la eligió a ella por ser una figura más o menos conocida dentro del espectáculo.
Eso también es creíble. Todos sabemos que los policías que entran a ese tipo de club tienen una actitud. Ninguno de ellos parece estar consciente de que hay asuntos mucho más urgentes en esta sociedad. La prostitución es ilegal en Puerto Rico, de acuerdo. Pero antes de someter al escarnio público a una mujer que se gana la vida en un club, deberían perseguir a los proxenetas que simultáneamente tienen puntos de drogas, y que siembran las calles de adictos, enfermos, gente sin voluntad que sólo ansía inyectarse. Lo de la calle Padial, en Caguas, es sólo un tristísimo ejemplo. En lugar de meterse en un club, donde se saben protegidos, gallitos en el gallinero, los encubiertos podían dirigirse a esos lugares.
Por otro lado, a la Policía le consta la cantidad de sinvergüenzas que pululan por los hoteles elegantes, ofreciendo menores de edad a los turistas. ¿A que ninguno de esos encubiertos se acerca a las barras de alcurnia, ni a los desfiles de modelos que se llevan a cabo en espacios privilegiados, donde sí acuden viejos catarrientos, millonarios y pervertidos para escoger, billete en mano, a su presa?
La gelatinosa moral dominante permite que de vez en cuando la Policía arreste a unas cuantas mujeres que bailan en un club, y que, en muchos casos, son adultas que deciden sobre sus cuerpos. Sin embargo, a todos nos consta que la verdadera obscenidad está a menudo en personajes que la prensa adula y la sociedad celebra; mujeres que rinden culto al ocio, al dinero, al sexo para poder trepar, y no para poder comer. Pero incluso a ellas, por insoportables que nos parezcan, hay que reconocerles el derecho a hacer lo que les plazca con su vida y sus cuerpos.
Denissa no tuvo la suerte de que le dieran un contrato en una agencia pública. Me imagino que tampoco nadie la ha llamado desde el canal del Gobierno para que participe en uno de esos raros programas que desde hace tiempo adornan la televisión pública. En los canales comerciales, donde todo son latas, pagan una miseria. Escogió trabajar en un club donde baila ligera de ropas y donde, probablemente, recibe proposiciones. El agente encubierto que llevó el peso de la prueba aseguró que la mujer le pidió dinero por “ayudarlo” a masturbarse. Y que luego aderezó la oferta con una botella de champán. Yo, en su lugar, no hubiera dicho que le vieron cara de necesitar ayuda para algo tan simple.
Es inconcebible que los tribunales, que no dan abasto para atender casos desgarradores, y que más de una vez se han puesto del lado de los maltratantes, inviertan su tiempo y sus recursos en juzgar a Denissa.
Lo peor, insisto, es el silencio de los sectores que debieron sacar la cara. Desmontar esta patraña y recordar que la desigualdad y la pobreza llevan a las mujeres a prostituirse. Pero que, aunque no fuera por eso, a una mujer le asiste el derecho de establecer una negociación y dar un servicio, si es su cuerpo el que está de por medio, y ella la única que manda en él. Aunque tengamos reservas, hay que respetar su decisión. En todo caso, es su palabra contra la del policía, un varón que entró en el club para ver si agarraba in fraganti a las mujeres “malas”.
A Denissa la han hecho trizas. La han machacado y se han burlado de ella. ¿No es eso un tipo de maltrato? Porque espero que las organizaciones feministas y la procuradora no vengan a decir que “ella se lo buscó”. Espero que no abran la boca para decir tal cosa.
Por lo demás, creo que debería volver al club. Y tenga por seguro que, si lo hace, pasaré una noche para saludarla, tomar algo con tranquilidad, y mirar fijamente la cara de los encubiertos que tienen ojos de necesitar ayuda.

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