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24 de agosto de 2014

De olores, mascotas y menús

Ay Chapultepec, como llueven los lamentos. Cuando no es que andan en la búsqueda y no encuentran, entonces es que encuentran pero les decepcionan. Nadie es perfecto, no me canso de decirlo, pero no, insisten en la perfección y ahí es que la cosa se pone mala.

A continuación extractos de “desamor”. Así entrecomillas, porque aquí el amor nunca se asomó por los cuerpos y corazones de estos seres. Veamos

Omar.  “Cara querida, te escribo para que me ayudes a entender porque la verdad es que estoy bien atrás en estas lides del amor. Conocí a Leslie en un concierto de piano en Ponce. Fue atracción a primera vista, porque eso de amor a primera vista no existe. No es real, la chica me encantó desde los primeros acordes de la pieza “Nocturno Op. 9 n.º 2” –mi pieza favorita de Chopin-. No hice nada más mirar hacia el lado y su sonrisa me cautivó. Leslie es bella, me encanta. Una mujer inteligente, de mucha clase. Se vivió cada pieza con la intensidad de quien aprecia la buena música. Al salir me presenté. Ella iba con unas amigas. Intercambiamos números. Te juro que el aroma de su perfume se quedó en mi mano como por dos días. Y es que soy fanático de los olores, ricos, por supuesto. Soy una especie de Al Pacino en Scent of a Woman. Así que aquella noche el “cantazo” a Chanel No. 5 me mató. Por unas semanas conversamos, luego cenas, salidas al cine, par de conciertos, una que otra copa de vino en mi apartamento. Todo divino… Chanel No.5, Lolita Lempicka, hasta aceite de lavanda, mmmm, delicioso. Todo rico, hasta que aterricé en su apartamento. Cara, aquel espacio huele a gato y a ropa sin lavar. Quedé de una pieza. Cómo es posible que Leslie no se dé cuenta que allí no hay forma de dar rienda suelta a las pasiones.

Te juro que la última vez que fui –porque me niego regresar-, la peste se me pegó en los pantalones, la camisa, en la nariz. No había forma de quitármela. Hace unos días cometí el error de comentarle sobre el asunto ante su reclamo de que ya no voy a visitarla. ¿Y sabes qué me dijo? Que ella no olía nada raro, que estaba buscando pretextos para no verla más. ¿Puedes creerlo? Lo siento, pero cuando no me gusta lo que huelo, sencillamente no lo quiero”.

Wanda.  “Sabes Cara, si quieres conocer a fondo a un chico, y saber si las cosas van a funcionar, solo ve a cenar con él. Sí, cena, nada de desayunos y almuerzos pues suelen ser informales y no ofrecen mucho espacio para la sobremesa y, más que  nada, comportamiento social. Además, sale a flote cuanta mentira te puedas imaginar. Llevaba tres meses saliendo con este chico que me encanta… encantaba, debo decir.

Todo iba bien hasta que fuimos de cena. Escogí un restaurante elegante, ambos trabajamos, así que no había por qué escatimar. En todo el tiempo que estuvimos saliendo este hombre se cantaba el más orgánico, vegetariano, nada de gluten, nada de derivados de carne. Siempre estaba a dieta, o si no todo le provocaba alergia. Pues era un mamey en los desayunos  y almuerzos vivir la mentira. Wrap de vegetales, tostadas integrales, juguito de tamarindo… Llegó el día de la cena, pareciera que mi cita era con otra persona. Primero acabó con la cesta de pan y los cuadritos de mantequilla… dije mantequilla. Sí, aquel individuo se olvidó de la grasa animal que tanto dolor le ocasionaba, y se “jartó”, así con j, de todo lo que pusieron en la mesa, incluyendo chuletas de cordero y paté de ganso.

Cuando le pregunté si su cuerpo “orgánico” podía tolerar todo esa carne roja, puso cara de ofendido, y hasta ahí llegué. Todo porque lo desenmascaré”.

Diana.  “Con suerte Cara, en la primera cita me decepcioné. Conocí a Berto en un chat y tras varias semanas de conversación, quedamos en vernos para cenar. No bien llegamos al restaurante, dejó claro que la cena era 50/50. Por supuesto, no soy de las que anda pendiente al cacheteo. Sabrás que de entrada eso no me supo nada bien.

La cita fue en un restaurante francés, sencillo, pequeño, muy lindo, cuya especialidad es la sopa de cebolla. Pues bien, este ejemplar de hombre pidió la sopa de cebolla, sin queso, y sin pan encima, porque el se lo comía solo. Así como te cuento. Era como pedir un arroz con pollo, sin ave, por favor. El mesero trató de explicarle, pero él no transó. Sabrás que nos tuvimos que ir, porque el chef salió para decirle que lo sentía, que él no iba a alterar la receta. No nos cobraron las dos copas de vino, y para llevar nos dieron una tarjeta con el origen de la sopa, allá para los tiempos de la Revolución Francesa. Vergonzoso”.

Wiso.  “A Irmy la conocí en el concierto de Calle 13 que ofreció en la avenida Universidad. La chica terminaba su maestría. Soy unos años mayor que ella. No soy un viejo verde, estoy saliendo de los 40 y ella casi entrando a sus 30. Al principio me gustaba su militancia, sus faldas largas y axilas peludas. Su obsesión con los mercados solidarios, y la lucha. Hasta ahí todo, bien. Cómo olvidar mis días en la IUPI, marchando con Alejandro, no Padilla, sino Roberto, el de la Unión de Juventudes Socialistas, que ahora anda por Harvard.

La cosa, Cara Mía, es que le ha dado a Irmy con no usar desodorante, bueno, usa, pero no de los normales. Ella se frota unos potingos y unas barras que, honestamente, no le cubre. Y cuando salimos, ay mi madre, que fuerte es todo. Se lo dije, pero como ella anda en esa onda, que nada le molesta, me dijo que así era, que no le gustan los químicos, que no va a contribuir más al roto en la capa de ozono, que lo maneje. La mujer me gusta y lo estoy manejando, pero no es fácil, cuando se vive en el trópico y no se usa desodorante. Eso es criminal”.

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