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Lourdes Ortiz

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11 de abril de 2013

Desde la inmensidad del mar y el cielo

Ayer visité  el mar y observando la inmensidad del cielo, quedé fascinada con la maravilla de la naturaleza  que nos rodea. De momento sentí la voz del mar, los ojos del infinito cielo azul, las manos de a cálida brisa, todos en un canto melodioso  que me hicieron sentir como esa diosa que describe Chopra en sus escritos.

Era una tarde soleada donde hermosamente se  dibujaban todos los paisajes hacia cualquier lugar que se mirara. Una tarde que invitaba al viaje hacia el mundo interior desde la maravilla del mundo exterior. Que me invitaba, más que otras veces, a la desnudez de esquemas y falsas carencias  que aún me acompañan.

Mi día estuvo lleno de inquietud. Uno de ésos en que uno se levanta preguntándose  cosas del amor y el dolor. Cosas sobre mí y cosas  sobre el mundo que me rodea. No podía alejar de mi mente el rostro del padre que en estos días trató de cortar a su hijo pequeño con una sierra.  Ese rostro del cual brota una historia de maltrato, una historia de vida, ese rostro que encierra el rostro de los muchos maltratantes que han sido maltratados.

Entonces frente al mar, el cielo y la vida, me preguntaba, una vez más, cómo hacer que el amor pueda ser para todas las almas que viven atormentadas y a su vez atormentan. Cientos de historias a través de a humanidad. Justo este día, y  junto a una  persona que busca su liberación, tocó viajar al interior para hacer un reencuentro con esa presencia misteriosa que nos acompaña. Esas memorias que llamamos niño interior. Hablamos precisamente de maltrato, de dolor, de abandono. De esas historias que, por más que escucho, no dejan de sacudir mi espíritu. Fue un regalo poder presenciar cuando esta mujer  decidió rescatar  su  niñez herida. Pude ver la fuerza del amor que habita en la persona y que nos permite crecer, construir nuevas vías, nuevas conexiones sanadoras.  Celebré  la vida que se levanta, que se transforma, que es capaz de renacer a nuevas maneras de ser.

En esa tarde  el cielo  se hizo más intenso,  me  bañé  en el mar y sentí las carcajadas de mi niña interior. Ésas que siguen intactas dentro de mí  con sus características maravillosas: el juego, la caricia, la risa, la persistencia. Ésas que pueden espantar los miedos y tomarnos de la mano para lanzarnos a volar en medio de la vida que nos ha tocado vivir. Y por esas cosas justo ayer, un buen hombre me  hablaba de amor. De la importancia del amor  incondicional, que lo debe dar todo. De ese amor que busca el bien del otro desde las renuncias,  la donación , el perdón. 

Y con esta reflexión , revisé la urgente necesidad de que mi ser sea sereno como el mar de este día, capaz de renovarse y redescubrir la magia que encierra cada momento. Revisé a necesidad de que mi amor no pierda intensidad, esa que la niña me regala cuando quiere seguir ugando aún en medio del dolor. Esa intensidad de amar a todos, empezando por mí, pero con un amor libre, sano, de entrega; no de apegos, no de reclamos ni exigencias.  En esa tarde de vida, renové la la esperanza y el júbilo y me invité a volver más seguido a llegar hasta el mar. ¿Y tú, cuándo fue la última vez que lo visitaste?

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