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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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4 de diciembre de 2011

Desnudos ante el narcotráfico

Es como una fiera que, golosa y lasciva, merodea a nuestro alrededor todo el tiempo, brillándole los ojos, baba cayéndole de la boca. A toda hora sentimos sus pasos siniestros, nos estremece hasta el tuétano su rugido, con más frecuencia de la que creemos que podemos resistir sentimos en lo profundo de la piel su asesina mordida.

                Esa fiera, el narcotráfico, se devorado naciones enteras, ha asperjado sangre y dolor sobre generaciones, nada parece capaz de contenerla ni hacerla entrar en razón. Es quizás el flagelo más imponente de nuestra época, al menos en esta región del mundo.

                En Puerto Rico llevemos sufriéndolo al menos 30 años, en unas épocas con mayor intensidad que en otras. Mas en estos momentos abundan las señales de que la amenaza late con más fuerza que nunca antes y nosotros estamos enfrentándola a palo y piedra, con arco y flecha.

                Un informe del Centro Nacional de Inteligencia de la Droga del Departamento de Justicia de Estados Unidos reseñado esta semana en El Nuevo Día reveló un aumento en las confiscaciones de cocaína aquí o cerca de nuestras costas, un descenso dramático del precio de esa droga en la calle, lo cual significa que la Isla está prácticamente inundada del polvo blanco y la penetración por parte de los carteles suramericanos del sistema bancario local.

                Si a eso le sumamos la cifra récord de asesinatos, los vínculos entre narcotráfico y política que han quedado al descubierto en tiempos recientes y la circulación en nuestra economía de cantidades incalculables de dinero en efectivo en momentos en que los indicadores oficiales dicen que deberíamos estar pasándola muy mal en términos económicos, veremos cuán terriblemente serio se ha vuelto este problema en Puerto Rico.

                Solucionar este problema ha resultado imposible con los métodos punitivos que se han ensayado hasta ahora. Cada día son más las voces que reclaman que al menos se estudie la despenalización de ciertas drogas, con argumentos muy sólidos. Pero ese es un debate que también lleva años. La superficialidad, hipocresía y demagogia con las cuales se conduce el debate público aquí no permite albergar ninguna esperanza de que por ahí podamos esperar algo pronto.

                Mientras las autoridades entran en razón, lo que nos queda, pues, es tratar de defendernos de la entrada y circulación de la droga. Mas ahí también ha quedado demostrado en tiempos recientes que la tenemos difícil porque la inmensa mayoría de la droga que llega a Puerto Rico entra por nuestras costas y los que tienen el rol de protegerla tienen otras prioridades.

                Al reaccionar hace unas semanas a las denuncias de agentes federales de que escasean los recursos para vigilar las costas, Jeffrey Quiñones, portavoz de la Patrulla de Fronteras, una de las agencias del Gobierno de Estados Unidos encargada de vigilar las playas de Puerto Rico, dijo que, por disposición del Congreso, la prioridad en vigilancia es la frontera estadounidense con México.

                El comisionado residente Pedro Pierluisi lleva años intentando alertar sobre esta situación en Washington. Esta semana, logró un vago compromiso del zar de la droga de Estados Unidos, Gil Kerlikoweske, de que la Casa Blanca mirará este asunto.

                Mas mientras la Casa Blanca mira éste entre muchos otros problemas, acá, en nuestro ardiente Caribe, seguimos con nuestro ardiente problema, desnudos como estamos ante el azote del narcotráfico, y sin que haya nada que parezca que podemos hacer en este momento.

                Aquí, pues, vemos retratado, con una claridad bastante inusual, una de las consecuencias de haberle encargado un asunto tan vital como la protección de nuestras fronteras a gente que, naturalmente, puede que en algún momento, como éste, tenga otras prioridades.

                Más allá del eterno debate ideológico, esta es una disyuntiva que merece que se le mire fríamente. Los estadistas dicen que si fuéramos estado tendríamos siete congresistas y dos senadores, entre 400 y pico de congresistas y 50 otros senadores, velando porque nuestras fronteras sean atendidas  como es merecido.

                Los independentistas y autonomistas, por su lado, sostienen que si las fronteras estuvieran bajo nuestro control, nadie más que los mismos puertorriqueños estaríamos en posición de decidir cuántos recursos necesitamos para protegernos del zarpazo del narcotráfico.

                La verdad, como suele suceder, puede que esté un poco en ambos lados. Lo que hace falta es que pensemos en esto sin pasiones, si eso es posible en este país, y veamos qué podemos hacer.

 

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