Si la pelea del sábado hubiese sido un juego de pelota, hoy estaríamos diciendo que un equipo por lo menos salvó la honra –o la ‘honrilla’, como dicen por ahí – al despertar en la última entrada después de haber sido blanqueado durante todo el partido.
Y, en efecto, la reacción de Julio César Chávez, Jr. fue de tal magnitud que hasta estuvo a punto de noquear en el duodécimo episodio al argentino Sergio ‘Maravilla’ Martínez, un hombre que durante los previos 11 episodios no tan solo le había dominado claramente, sino que hasta podría decirse que lo había humillado sobre el ring.
En efecto, la tarjeta del juez extraoficial de HBO, Harold Lederman, le había dado los primeros 11 episodios al argentino, pero eso ni siquiera cuenta toda la historia: más que dominar, Martinez que a menudo pareció jugar con su rival, burlándose de él, parándosele al frente con la guardia baja, imposibilitándole que le conectara un golpe con sus constantes movimientos y conectándole los suyos cuando le entraba en gana.
Por fin estaba plasmando sobre el ring todo lo que había hablado desde hacía más de un año al tratar de provocar a Chávez para que peleara con él: que era un protegido del Consejo Mundial de Boxeo, un peleador de poca monta que había escalado los peldaños de la fama agarrándose de la leyenda labrada por su padre.
Tan así que, pese a que Martínez tenía un historial mucho más brillante, el sábado su bolsa era de $1.4 millones, menos de la mitad de los $3 millones devengados pro su rival.
En determinado momento, al anunciar su votación luego de un asalto, Lederman comentó que lo que más le había sorprendido de la pelea por el cetro mediano del CMB no era el dominio de Martínez, sino lo dócil que se estaba comportando Chávez.
“Definitivamente que él no tiene la misma furia interna que tenía su padre”, agregó.
Eso parecía más claro que el agua y, en su esquina, entre asalto y as alto, hubo incluso momentos en que Chávez se comportó como un papa’s boy: después del noveno episodio, cuando el entrenador Freddie Roach le imploraba que se pusiera a lanzar más golpes, al chico de 26 años le dio una especie de perreta al; decir “¡¡ay, ya, ya, YA!”
Y luego del décimo asalto, después de que Martínez y él chocaran cabezas –sufriendo el argentino la peor parte, al quedar cortado-, Chávez le dijo a esa misma esquina en un tono lloroso: ‘¡Me dio un cabezazo!
Si el duodécimo asalto hubiese sido más de lo mismo, es muy probable que las probabilidades de convertirse en una megastrella se hubiesen reducido prácticamente a cero.
Pero entonces, sangrante y abrumado, desató una ofensiva que estuvo a punto de repetir la hazaña de su padre ante Meldrick Taylor, a quien noqueó en los últimos 10 segundos de su combate de 1990 luego de haber sido dominado en todo el encuentro.
Aquella vez, claro, la ventaja de Taylor no era tan amplia y el norteamericano tal vez tuvo alguna justificación al no rehuir los intercambios de golpes en el asalto final.
Martínez hizo lo mismo… sin la menor necesidad: en el último asalto pudo haberse puesto a cantar un tango y de todos modos hacía rato que tenia la pelea en el bolsillo.
Pero también se puso a pelear.
¿Por qué? Quizá porque quería darle una paliza. Quizá creyó que podía noquear a Chávez, a quien ya en par de ocasiones había puesto en peligro, Quizás estaba cansado. Quizá sus 37 años de edad de pronto le cayeron encima. Quizás el peso muy superior de Chávez finalmente hizo mella en él.
(Aunque nunca se anunciaron los pesos a la hora de la pelea, Chávez tiene un historial de subir 20 o más libras después del pesaje oficial y era obvio que aventajaba por bastante a un Martinez que no es más que un junior mediano natural).
Después de la pelea, de hecho, el promotor de Martínez, Lou DiBella, informó que su peleador había sido llevado al hospital, donde no tan solo le atenderían las cortaduras en el rostro y la cabeza, sino la fractura de la mano izquierda -sufrida supuestamente en el cuarto asalto- y un posible desgarre en los tendones de la rodilla derecha, lesión que al parecer sufrió al caer a la lona en el asalto final.
Pero incluso en ese renglón Martínez demostró un don de gente que resulta ya hasta un poco chocante en el boxeo moderno: en la entrevista post pelea no tan solo no dijo nada acerca de sus lesiones, sino que elogió el tesón demostrado por rival y la fuerza de su pegada, aparte de manifestarse totalmente disponible para una revancha.
Pero, claro, ¿por qué no habría de estarlo?
jperez@elnuevodia.com

Graduado del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico en 1978, con un bachillerato en...


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