En verano de 1993, Eddie, un muchacho de semblante bajo que pasaba los días mirando desde su casa el “entra y sale” del colmado de enfrente, pasó a mejor vida. Murió mientras colgaba de las rejas del segundo piso de su balcón hilillos finos de pescar que sujetaban un anzuelo del tamaño de un níquel. Decía que algún día pescaría un ave. Eddie murió mirando al colmado, con los ojos secos, con un gesto en las manos de precisión tal, que si le colocaran allí un anzuelo e hilo, aún muerto sería capaz de hilvanar.
En el ínterin entre la noche y el día, en el colmado de enfrente se cuajaban podredumbres. Había un maleante de esquina que repartía gusanillos blancos llenos de ilusiones y un poco de harina de trigo para los más experimentados. De vez en cuando entraba un borracho sin camisa que había caminado desde su casa luego de dejar a su mujer tendida en el baño por aquella infidelidad que aún no le perdona. Otras veces, algunos niños se tomaban un minuto para atar a un perro de la reja de alambres de la casa contigua al colmado, y allí lo dejaban secar bajo el desértico sol ponceño.
Uno de aquellos días, durante el perecer de la tarde, la procesión de Semana Santa cargó al Cristo frente al colmado. Todos iban gozosos y cantaban al entonar del seco verbo del altoparlante. Cien metros más adelante, a la derecha, donde se perdía la vista, todos se hacían polvo y los falcones de sierra que merodeaban el sepelio se llevaban los huesos que sobraran y un poco de tripa seca. En sus días de gloria, Eddie tenía un penacho de plumas de falcón colgado del pecho para recordar en dónde culmina la vida.
A sus espaldas, tras la cortina de cuentillas marrones y turquesa, se emulsionaba el infierno. Allí había una pena andante y dolida porque a alguien se le habían adentrado en los recovecos donde no se puede tocar a un niño o una niña. Era verde el aire, magenta el dolor y cada cuarto supuraba espuma.
Eddie renegó el asco a sus espaldas y prefirió la transitoriedad de aquella calle de enfrente. Empero, en su intento de pescar uno de los falcones con tal de que no devastaran lo ya podrido, perdió la risa, fingió la esencia de un día vivido, miró a su derecha y se vio otra vez al borde del asco y el polvo. Ya que nada era posible ni al norte ni al sur, murió esputando musgo y con la mirada fija sin un posible presente digno y sin un futuro más allá de la muerte.
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Jorge Colón Ortiz nació el 21 de septiembre de 1985 en la Ciudad Señorial. Es el benjamín de tres he...


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