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Romeo Mareo

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15 de marzo de 2013

El amor que nunca fue

 

Señor Romeo,

Mientras completaba sus estudios universitarios en España, Gustavo, mi hermano mayor, conoció a una española muy bonita llamada Sarita, al parecer porque su papá había sido muy fanático de la gran Sarita Montiel. Se trató de un romance muy intenso, muy rápido y, a decir verdad, muy lamentable también -en especial por mis padres- porque hace como tres años, cuando finalmente Gustavo regresó a la Isla, no solo trajo consigo su grado universitario, sino también a Sarita y sus más de tres meses de embarazo.

En fin, no hubo más que hacer: mis padres organizaron una boda relámpago, pagándolo todo, y casi de inmediato Gustavo comenzó a hacer planes de comprar una casa para irse a vivir solo con su nueva familia.

Pero, claro, a veces las cosas a uno no les van tan bien como desearía y,  casi tres años después, Gustavo seguía teniendo esos mismos planes... aunque también parecía haberse acostumbrado de lo más bien a eso de seguir viviendo en su antiguo cuarto de soltero, pero compartiéndolo ahora con su esposa Sarita y Rosy, una niña muy  hermosa puesto que, para suerte suya, salió a su madre.

En vista de toda esta situación, don Romeo, me imagino que usted pensará que la mesa estaba servida para que la historia se desarrollara por los caminos más comunes: que Sara, joven y hermosa pero hastiada de una vida imposible, poco a poco fuera dándose cuenta de que su marido no era el joven atrevido e impetuoso que había conocido en España, y terminara por frustrarse y buscarle una salida al cruel laberinto de su matrimonio.

Pero no fue así: fue Gustavo quien empezó a llegar cada vez más tarde por las noches, a menudo entrado en palos, y en más de una ocasión me tocó ver a Sarita, toda llorosa, cuidando a su bebé hasta tarde en la noche frente al televisor de la sala con el resto de la familia.

A menudo, mis padres se iban a acostar y entonces, por no dejarla sola, yo me quedaba acompañándola, sin importar las telenovelas que ella seguía viendo, una tras otra.

“¿De verdad que no quieres ver otra cosa?” me preguntaba ella a veces, y yo, mintiéndole, le decía que a mí también me gustaban mucho.

Una noche estábamos en esas cuando Gustavo llegó peor que nunca: oloroso a alcohol y a perfume de mujer. Sarita, quien por lo regular prefería pelear a solas con él, esta vez no pudo aguantarse y frente a mis narices le preguntó que de dónde venía en esas condiciones.

“Del trabajo, mi vida”, le dijo él, que no había hallado trabajo como maestro después de sus estudios de filología y apenas tenía un part-time como ‘bagger’  en un supermercado.

Se echó a reír burlonamente.

“Además de vago, mentiroso y borrachón”, lo insultó ella, y se encerró en su cuarto con la niña, obligándole a él a pasar la noche en el sofá.

En los próximos días, tal vez arrepentido por lo ocurrido y también un poco avergonzado de que yo hubiese presenciado todo el 'show', Gustavo comenzó a portarse mejor. Por lo menos no llegó tarde, ni medio borracho. Pero no tardó en llegar la noche en que volvió a hacer de las suyas y, como acostumbrábamos a hacerlo, otra vez Sarita y yo nos quedamos hasta altas horas de la noche viendo telenovelas en la sala.

Esta vez, sin embargo, en determinado momento Sarita se despidió de mí y se fue a su cuarto con la bebé. Pero al par de minutos estaba de regreso, diciéndome que había dejado a la niña dormida en su cuna. Entonces, para gran sorpresa mía, se sentó junto a mí en el sofá y, a los pocos minutos, se acurrucó contra mí como si quisiera que yo la abrazara, lo cual procedí a hacer con mucha ternura.

Así estuvimos por buen rato -confieso que me sentí tan extraño que hasta perdí la noción del tiempo- hasta que escuchamos llegar el carro de Gustavo, que hacía un inconfundible ruido de lavadora descompuesta debido a un defecto de su transmisión. Entonces Sarita se despegó de mí, me dio un tierno besito en la mejilla y se fue a su cuarto corriendo antes de que él entrara.

Lo mismo volvió a ocurrir par de noches después, cuando Gustavo volvió a llegar tarde y después de esto, como podrán imaginarse, ya yo hasta deseaba que mi hermano se retrasara, con tal de tener cerca de mí a Sarita, que a veces hasta se quedaba dormida entre mis brazos.

Así, una noche, cuando la tenía dormida y roncando casi encima de mí -producía un hermoso ronquido de rinoceroronte fañoso-  resolví que cuando se despertara le daría un beso.Y, antes de que ella se repusiera del todo de la sorpresa, le confesaría que estaba enamorado de ella y le propondría que nos escapáramos juntos a dónde fuera, que yo me ocuparía de ella y su hija pese a que todavía no terminaba mi tercer año de escuela superior.

Pero, claro, no me atreví a decirle nada: hace un mes, aproximadamente, Gustavo consiguió el trabajo que buscaba y se las llevó consigo a Phoenix, y la verdad es que los tres aparecen más felices que nunca en las foto que él sube a cada rato a su cuenta de Facebook.

¿Y yo? Pues todavía me paso abrazando el cojín del sofá y viendo telenovelas yo solo hasta altas horas de la noche.

La ñapa

Leí hace poco una artículo que llevaba el siguiente título:

Usar barba hace menos atractivos a los hombres.

Lo primero que pensé, por supuesto, fue:

Y tampoco favorece mucho a las mujeres.

romeomareo@elnuevodia.com

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