Nada como escuchar al Gobernador para recuperar la fe. Sí, señor.
A medida que Fortuño adelantaba en su mensaje de situación del país, sentí cómo se levantaba paulatinamente el velo que me impedía ver, no solo el país de ensueño que tenemos, sino también lo inmensamente afortunados que somos al tener un líder con los atributos que distinguen a quien –con una inspiradora retórica- eclipsó conmovedoramente la figura mesiánica de Pedro Rosselló.
¿Que Fortuño es capaz de resolver el problema del crimen? Sin duda, todas las personas inteligentes de este país lo sabemos. ¿Que Fortuño tiene la fórmula para crear empleos? Claro que sí. ¿Que Fortuño es el hombre llamado para guiarnos hacia un futuro esplendoroso y salvarnos de la marcha atrás? Totalmente cierto, sólo un estúpido no lo sabría.
¡Ah!, pero que tenemos en nuestro Gobernador una versión moderna de Jesús, eso sí que fue una revelación, una epifanía, un bálsamo de fe y esperanza para nuestro –hasta hoy- afligido pueblo.
Casi sin respirar, escuché como este Gobernador nuestro narró un pasaje que el mismísimo Lucas hubiese deseado incluir en su Evangelio. La historia de Emmanuel –el veterano de guerra “severamente mutilado” que él visitó en su lecho de muerte- alcanzó dimensiones bíblicas cuando San Luis Fortuño nos reveló cómo se acercó al moribundo y le dijo al oído: “no te rindas”.
Y recordé a Lázaro.
Emmanuel no se rindió. A la semana siguiente San Luis, ya en su papel nuevamente de gobernador, regresó al hospital y descubrió con gozo que el agonizante había sido tocado por su palabra ¡y no se había rendido!
Al escuchar esto, sentí un nudo en la garganta y el latigazo de un escalofrío me recorrió la espalda.
“Aleluya, señor –murmuré- alábalo que vive”.
En el hemiciclo, las focas aplaudían...

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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