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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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28 de agosto de 2011

El día y la noche de Roberto Arango

Roberto Arango de día: ve la burla, el ataque y el discrimen al que, desde el oficialismo, someten a las personas homosexuales; lo deja pasar de largo y se queda impávido, como si no fuera con él. Peor aún, lo endosa, a veces de acción y a veces de omisión, y hace como que cree que ese modo de hacer las cosas es apropiado.

Roberto Arango de noche: se sumerge en la marginalidad a la que los homosexuales son empujados por discursos como los que él mismo postula, se desnuda, posa, hace alarde de lo que tiene y lo exhibe como en vitrina a ver a quién tienta.

La explosiva revelación de que el senador Arango se tomó unas fotos al desnudo y las puso a circular de manera que terminaron ante los ojos de la humanidad desató una auténtica tormenta política. Surgieron, voraces, los pedidos de renuncia, las rasgaduras de ropajes, surcó el aire el zumbido del látigo, crujieron las lúgubres puertas del infierno.

Pero, un examen valiente de lo que realmente pasa aquí nos da un mensaje decididamente incómodo, pues este caso que tanto nos ha entretenido no es más que una gota en el mar de ejemplos de la doble moral y la hipocresía que dominan el discurso público y de todo el daño que esto hace.

Todo el que ha entrado en contacto con los círculos de poder político, económico, religioso, académico y todas las otras instancias de influencia en nuestra sociedad sabe que, en lo que se refiere a conducta carnal, las cosas allá arriba son igualitas que acá abajo.

En ambas órbitas se vive y se goza, se adultera y se fornica, con menos desenfado arriba, claro está, por las apariencias pero, en el fondo, con la misma pasión.

Todos saben quiénes, en las altas esferas del gobierno, son homosexuales o cedieron a la debilidad de la carne o a la traición y tienen un negocito sentimental por la izquierda al que, usualmente, dedican más tiempo y cariño que a la esposa o al esposo.

Sin embargo, a la hora de articular un discurso público, y de plasmar ese discurso público en el ordenamiento institucional, esos mismos personajes se aclaran la garganta, se ajustan la corbata, engolan la voz y hablan de “la importancia de la familia tradicional, de los valores cristianos” y otros enredos por el estilo.

Al hacerlo, condenan a la marginalidad a los que por naturaleza o por elección asumen un estilo de vida presuntamente contrario a eso que ellos postulan de la boca para afuera. Lo más irónico, lo más patético en realidad, es que, como hemos visto tantas veces, y volvemos a ver ahora, ocasionalmente se están marginando a sí mismos.

Ese es el caso de Roberto Arango, quien, al no haber negado que sea él quien asumió tan arrojadas posturas en las impublicables fotos, nos ha dejado a todos el campo libre para pensar que, en efecto, fue él quien hizo eso. Arango, por ejemplo, dice que no recuerda si esas fotos son de él (como si algo así pudiera olvidarse).

Durante los seis años en que ha sido senador, Arango ha apoyado todos los esfuerzos articulados desde la Legislatura para marginar a los homosexuales. Recordemos, por ejemplo, que apoyó que se enmendara la Constitución, para establecer que el matrimonio solo puede ser entre hombre y mujer y para hacer que la Ley de Adopción estipulara que parejas del mismo sexo no pudieran hacerlo.

A trances desgraciados como ese, de ser una cosa y posar como otra, obligan la ficción con la que se conduce el ámbito público aquí, tan distinto de la realidad que se vive entre los que se atreven a ver la sociedad sin máscaras.

Estos dobleces de los que controlan el discurso público son producto, principalmente, como sabemos, del fundamentalismo religioso, que tiene atenazada por los costados a la institucionalidad en Puerto Rico, impulsado esto por figuras de esas que, como dijo una vez Luis Rafael Sánchez, solo se preocupan “de las grescas que acontecen al sur del ombligo”.

Roberto Arango no es más, a fin de cuentas, que un pobre diablo, solitario y atormentado, que cometió una monumental indiscreción y exhibió una total ausencia de juicio.

Lo que de verdad importa aquí es lo que esto dice de las pantomimas de los que controlan el discurso público y todo el daño que eso le hace al país en general y a personas de carne y hueso como Arango en particular.

 

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