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Agridulce

Jorge Colón Ortiz

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4 de septiembre de 2010

El hombre de mis mil historias

    Tenía catorce años.  Casi todas las historias más intensas las viví cerca de esa edad, no por la colisión de hormonas, sino por el apasionamiento ciego y la mirada romántica de las cosas. Este cuento se me ha reinventado día tras día.

    Él tenía cerca de sesenta y cinco, porque ahora que lo recuerdo, destilaba el mismo aire a piel vieja que hoy supura mi padre.

    Aún no sé si era real. Vestía pantalón marrón, deshilachado en el ruedo; camisa color crema, no por la tela sino por la mugre; fumaba un cigarro; y cruzaba con elegancia su pierna. 

    Me le quedé mirando por largo rato, tratando de esconder mis grandes ojos negros de la indiscreción de los focos de aquella cancha de baloncesto.  Para aquel entonces tenía la mala o buena costumbre de observar detenidamente a la gente, inventando historias, creando personajes.  Él, era mítico.

    Me recreé una historia en la mente; era, por supuesto, un torbellino de vejámenes pasionales.  Fue lo único que se me ocurrió. En aquel entonces vivía enamorado de una mujer de abundante cabello negro y una sonrisa de dientes menudos.  Aquel hombre era la imagen vívida del sufrimiento amoroso que yo sentía.  Yo quería ser como Gilberto Monroig; cigarrillo en mano, un trago en la otra, y cantar con voz grave y melodiosa, pero sólo tenía la melodía para sufrir.  Poco a poco aprendí a cruzar la pierna con esa elegancia que esterilizaría a cualquier hombre, empero, él ya había alcanzado los atributos en mí latentes.

Aquel hombre sufría por el amor que se le escapó y por eso andaba en esos trapos.  Seguro era mendigo.  Mi madre nunca me hubiera dejado salir así a la calle.

Hoy sé que sufre por cobarde, porque el dolor no es para siempre.   Los retazos de la amargura sirven para hacer cobertores de sucinta originalidad. Él sufre porque quiere, fuma cigarro porque le gusta y está mugroso porque no tiene dinero o porque se le antoja dejar su ropa sucia. No hay otra excusa, el amor no es excusa.

    El hombre de estas dos historias es tan vulnerable al cambio como lo somos tú y yo ante las incertidumbres de la vida.  En aquel entonces pensé en pedirle el cigarro, pero sólo pensaba en el discurso de mi madre y los cientos de testigos. Ahora le envidio la pasividad con la que lo fumaba, mas no que exhalara humo.  Mañana tal vez lo mire con ojos de desempleado, y seguramente no tendré ni para el cigarro que le envidié a los catorce.

    No sé si terminó dormido bajo la grada de la cancha, pero su figura se esfumó bajo el regateo entre el humentín de su cigarro y el de las frituras del kiosco contiguo. Tengo cientos de historias que me inventé durante su década de ausencia, mas lo que me sorprende es que nunca haya muerto, que para aquél entonces no estuviera muerto, si ha sufrido más que cualquiera.

    Ahora concibo momentáneamente una moraleja. No hay porque caer en la mortalidad; el sufrimiento marca, pero se desangra el que quiere.

 

-Recuerden que me pueden escribir a: jorge.colon@hotmail.com-

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