Por Jaime Torres Torres
Juan soñaba con su libertad; ansiaba regresar a la libre comunidad para demostrar que no es imposible la redención del confinado.
Transcurrieron siete años tras las rejas antes del gran día. Los misioneros celebraron su dicha.
Juan salió contento y triste a la vez. Por fin era libre, aunque no sería posible contemplar el rostro sonriente de su madre, fallecida durante su estadía en el penal.
Llegó a la casa de su novia. Gestionó trabajo, esperanzado en una oportunidad, pero el estigma fue más poderoso.
Olvidó su contacto con Dios y, desesperado, tuvo una recaída en su adicción a las drogas.
Los misioneros supieron que deambulaba por Ponce.
Y emprendieron su búsqueda.
Una tarde lo encontraron delgado y en harapos, hambriento, sin afeitar y bañar. Dormía en un banco de la plaza pública.
Cuando los vio comenzó a llorar de la alegría, preguntándose cómo era posible que desde San Juan se aventuraran a rastrearlo por el Sur.
“Es que te amamos”, le respondieron, después de confundirse en una fuerte abrazo con él.
Lo llevaron a cenar; le compraron ropa; le gestionaron su admisión en el Hogar Crea y esa noche le pagaron un motel para que se pudiera bañar y descansar.
“El amor no tiene límites; se ama en la totalidad, no a medias”, me dijo uno de los misioneros.
Juan ya limpia su cuerpo de la dependencia a la heroína; ordena su mente con pensamientos positivos y acondiciona su vida espiritual con el testimonio de amor de prácticamente dos desconocidos que, impulsados por la gracia de Dios y su amor al prójimo como a sí mismos, se lanzaron a su rescate del abismo.
Esa es la fe auténtica, no hay duda.
Esa es la fe genuina que podría transformar la sociedad puertorriqueña si la practicamos todos los que nos llamamos cristianos en Puerto Rico.
El caso de Juan es solo un racimo en una viña donde se necesitan obreros con carácter de urgencia.
Ese es el verdadero evangelio; lo demás es pura retórica e hipocresía.
A veces le preguntó a Dios si prefiere los sermones bonitos, las horas de estudios bíblicos y las jornadas de oración al margen del amor al projimo.
Y me responde con testimonios como el de Juan.
El amor es la fuerza que cambiará al mundo.
No es dar, es darse porque la fe sin obras, como leemos en Santiago, es muerta.
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