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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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29 de julio de 2012

El olímpico significado de nuestra delegación

Cuando Javier Culson levantó la bandera puertorriqueña en el estadio olímpico de Londres el viernes, todos los puertorriqueños y puertorriqueñas saben, cada cual por sus propias razones, que, en el caso del país que vivimos y sufrimos,  en ese acto hay un significado mucho más profundo que una mera competición deportiva.

No es, por supuesto, que este fenómeno nos sea exclusivo.

Las competiciones deportivas en general, y las olímpicas en particular, tienen un sentido que trasciende por mucho lo que pasa dentro de la pista, la cancha, el parque o la piscina. En un planeta en que abundan las guerras, el hambre, las enfermedades y los abusos, en el momento en que hombres y mujeres entran a la cancha a competir en igualdad de condiciones, en ese instante, solo en ese instante, todo lo demás deja de existir y cuando arrecia la competencia, puede verse, a veces, un ligero destello, imperceptible para quien no tenga los sentidos bien afinados, de que, como se suele decir por ahí, todos los seres humanos somos iguales.

Los eventos olímpicos, además, tienen el potencial de inyectarle esperanza a países pasando muy malos trances, como es el caso de Haití, que, aún languideciendo entre las ruinas del terrible terremoto de enero de 2010, envió a Londres atletas cinco atletas que desfilaron el viernes con toda gallardía por el mismo sitio por el que desfilaron representantes de países que viven en condiciones mucho más favorables. Ahí, en ese momento, fueron iguales a todos los demás.

Vamos ahora a Puerto Rico.

No es secreto para nadie que nuestro país vive una crisis de proporciones monumentales. La violencia, el desempleo, la corrupción y el oportunismo nos ahogan. Perdidos en este laberinto, pocas cosas nos hacen juntarnos en una sola voluntad como el deporte. Cuando existe la posibilidad de que a uno de aquí le vaya bien, casi todo el mundo se le une y eso no pasa con casi nada más.

El atleta, a veces, entiende esto, pero lo malinterpreta. Se le dice por ahí, en titulares de prensa y en promociones comerciales, que son “la esperanza del país”. Le entra, entonces, la presión. Y terminan a veces en el triste trance de sentir que tiene que pedir perdón por haberlo dado  todo, como le pasó ayer al boxeador Enrique Collazo, quien se disculpó por haber sido derrotado.

El país necesita momentos buenos, pero el atleta no tiene que sentir que le falló a nadie por no alcanzar una meta reservada solo para unos pocos. Si Javier Culson, contrario a los vaticinios de todos los que saben, no gana una medalla olímpica, habrá una gran decepción que durará, como mucho, tres o cuatro días. En cambio, si gana, el momento será recordado por generaciones.

Mas hay otro significado aun más profundo que tiene la representación olímpica de Puerto Rico. En el limbo de status en que vivimos, todo lo que afirme nuestra identidad distinta de cualquier otra, es un acto político. El idioma y la cultura son unas. La representación olímpica es otra. Todos saben, y ya muy pocos lo niegan, que si se cumple el deseo de una parte sustancial de la población, y Puerto Rico se anexa a Estados Unidos, jamás la bandera puertorriqueña ondeará en eventos olímpicos.

No se puede negar, como han dicho, entre otros, el exgobernador Carlos Romero Barceló,  que la decisión sobre cambiar o no de status no se debe tomar a base de un evento que sólo ocurre durante dos o tres semanas cada cuatro años. Pero tampoco se puede negar que otros ven en la independencia olímpica de la que goza Puerto Rico,un reflejo de lo que podríamos ser si en otros ámbitos también tuviésemos esa libertad de acción.

Por buenas o malas razones, hay mucha gente que le da un gran peso a esto a la hora de definir adhesiones ideológicas. Y este sentimiento crece de manera significativa si nuestros atletas tienen un desempeño de altura, como parece que va a pasar ahora con, entre otros, Javier Culson y con el luchador Franklin Gómez, un hijo de inmigrantes dominicanos que hace más de un año que no pierde un solo combate a nivel mundial.

Con una consulta de status en noviembre, no son, por lo tanto, ni pocos ni frívolos los significados que tuvo el momento en que Javier Culson, con esa sonrisa tan suya, ondeó la bandera boricua delante de los millones de personas que el viernes vieron la inauguración de los Juegos Olímpicos.  Solo imaginen, por un momento, lo que significará si él, o Gómez, o cualquiera de los que nos están representando, además, se suben al podio y hacen sonar La Borinqueña por aquellos lares. 

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