Tengo un viejo amigo que creía -como muchos- que Oscar de la Hoya había sido víctima de un robo en su legendaria pelea de 1999 con Félix 'Tito' Trinidad.
Pero en vez de haberse puesto furioso con los jueces, con los promotores, con el boxeo o hasta con los dioses del olimpo, este amigo concentraba la parte más densa de su ira en el propio De la Hoya: "Me tiene 'jarto con esa sonrisita”, dijo, refiriéndose al habitual gesto amigable que exhibía el Golden Boy en la entrevista post pelea, cuando se quejó de la decisión, sí, pero muy diplomáticamente y admitiendo la posibilidad de que podía estar equivocado.
Mi amigo, claro está, hubiese preferido mil veces que De la Hoya hubiera estallado en una erupción de malas palabras y que quizá le hubiese soltado un buen bofetón a Larry Merchant, quien ya para entonces tenía la costumbre de sacar de quicio a millones de televidentes con la poética lentitud de sus preguntas.
Claro, mi amigo no pensaba que ese ejemplo de diplomacía boxística era la manera en que un peleador orgulloso de sí mismo debía reaccionar después de haber perdido su invicto, en especial en una pelea que creía haber ganado.
Algo así, para resumir, sentí yo tarde en la noche del sábado cuando Max Kellerman entrevistaba a Manny Pacquiao después de que dos de los jueces le hubiesen dado a Timothy Bradley la victoria en una pelea que hasta Timothy Bradley sabía que tenía que haber ganado el filipino.
No me molesté con los jueces, con el árbitro ni con los promotores, sino con el dichoso PacMan, quien, tal vez inspirado por el nuevo fervor de su fe religiosa, con extrema blandenguería, reconoció?que el trabajo de los jueces era muy complicado y que, aunque no estaba de acuerdo, respetaba su decisión.
O algo por el estilo.
¿A qué se debe esta reacción tan sabia, tan racional y tan endiabladamente inexplicable en un ser que se había pasado los previos tres cuartos de hora zarandeando a marronazo limpio a otro ser humano?
No creo, como pensaba mi amigo acerca de la reacción de De la Hoya, que se debiera a que era un atleta que había ganado ya tantos millones que en gran medida ya había perdido la vergüenza deportiva.
De hecho, años después vi un documental de aquella célebre pelea que mostraba a De la Hoya caminando hacia el camerino con su grupo de trabajo luego de alejarse de las cámaras del ring, e iba casi llorando de rabia y diciéndole a una y otra persona, “pero ¿qué más querían que hiciera? Está bien, el ganó? los últimos tres asaltos, pero yo gané los primeros nueve... ¿no?”
Y estoy seguro que ya en la madrugada del domingo, una vez alejado del micrófono de Kellerman, Pacquiao por lo menos habrá proferido un par de frasecitas de tono bastante subido en filipino, papiamento o lo que sea que él hable, en la protectora intimidad de la lujosa habitación de su hotel, si acaso no se había puesto a leer la biblia.
.¿A qué se debe esta aparente hipocrecía que hace que uno añore los estallidos a lo Juanma López?
No soy sicólogo, politólogo ni chef de lujo, pero, en el caso de De la Hoya, creo que en su inconsciente él sabía que en algunas de sus victorias anteriores -ante Ike Quartey o Pernell Whitaker, por ejemplo- había salido bastante beneficiado por decisiones que tal vez no merecía, y ahora sencillamente le había llegado la justicia tardía.
Y en el de Pacquiao... tal vez lo mismo. Tal vez él sabía que no había sido tan merecida su controvertida victoria sobre Juan Manuel Márquez en su última salida, y que si antes había sido tan machito para quedarse callado cuando le levantaron la mano sobre el ring, ahora debía seguirlo siendo para ver cómo se la levantaban a su contrario.
O quizá recordó que ya estaba acordada para noviembre una revancha súpermillonaria con Bradley, un rival al que acababa de dominar cómodamente, y que no corría el peligro de tener que enfrentarse entonces a Floyd Mayweather, Jr. ni a Juan Manuel Márquez.
En fin, habrá pensado que hay gente que tiene toda la suerte del mundo.
jperez@elnuevodia.com

Graduado del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico en 1978, con un bachillerato en...


| Páginas: 1 2 3 |


Lo ocurrido el sábado, encabezado por las victorias del argentino Lucas Matthysse y el insumergible Shane Mosley, sirve de gran ejemlo para comprobar por que el boxeo está como está. Claro, a primera vista no parece haber sido nada especial: Matthysse dio fe de su gran pegada y, en un...
En muchos otros deportes suele alabarse el esfuerzo adicional que hace un atleta al seguir compitiendo no empece el dolor que esté sintiendo. Así, en el béisbol, se reconoce como un acto casi sobrehumano la actuación de Curt Schilling al lanzar con una media ensangrentada por una lesión del...
El viernes pasado recibí una llamada de Juan Laporte, el excampeón mundial boricua radicado en Nueva York, en la que me dio una mala noticia. O más bien dos: ese día acababa de morir su amigo, Carmelo Negrón, otro exboxeador puertorriqueño de Nueva York, y pocos días antes había fallecido el vetera...
Hubo un momento, mientras veía el sábado la transmisión de la pelea entre Floyd Mayweather y Robert Guerrero, en que quedé hipnotizado por la monótona repetición de lo que iba ocurriendo sobre el ring: Guerrero lanzaba un golpe, lo fallaba y el Pretty Boy le inclinaba hacia atrás la cabeza con ot...
Las casas de apuestas de Nevada no acaban de ponerse de acuerdo en torno a la pelea del próximo sábado entre Floyd Mayweather, Jr. y Robert Guerrero. La discrepancia, claro está, no tiene nada que ver con quién resulte ganador de la pelea: todas escogen al Pretty Boy por amplio margen. Es la a...
| Páginas: 1 |
