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Antolín Maldonado

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11 de julio de 2013

Él te dedica tiempo

Él, como Padre, busca tiempo a solas con nosotros.

La bondad, la empatía, la misericordia, y la paciencia de Dios se reflejaron en Cristo mientras caminó en la Tierra, y una de las mejores ilustraciones están en el pasaje del Evangelio de Juan 6:1-14. Y lo mejor es que sigue siendo aplicable a nuestras vidas hoy día, si le abrimos la puerta cuando Él toca.

 Ya la fama de Jesús por sus milagros y sanaciones, era conocida por multitudes cuando se dio el acontecimiento que narra este capítulo, cuando Cristo alimentó a 5,000 milagrosamente.

Pero lo que llamó mi atención leyendo de nuevo el pasaje esta semana, son todas las cualidades que Jesús mostró, antes, durante y después del milagro de alimentar a esta gran multitud.

En primer lugar vemos al Maestro yendo a un cerro con sus discípulos con la intención de continuar enseñándoles a sus discípulos. En esa época, como muestra la Biblia en varios pasajes sobre la costumbre de Jesús, los maestros enseñaban sentados junto a sus discípulos, en lugar de permanecer de pie.

Pero más allá de lo que podría ser la costumbre de la época, esto me dice de entrada algo formidable de Jesús: que se tomaba el tiempo, a pesar de su cargada agenda, para enseñar. Y se lo toma aún cuando lo buscamos en oración, en la lectura de la Palabra e incluso cuando servimos a otros como Él nos mandó.

Tengo que aceptar, primeramente yo, que Él no me puede enseñar ni hablar si ando distraido o tengo como prioridad otras cosas antes que leer su Palabra o antes de buscarlo en oración.

Como muestra la Biblia, no solo se sentaba a enseñar, sino que contestaba preguntas y le dedicaba tiempo especial a sus discípulos, más allá del que le podía dedicar a las multitudes. Eso también nos muestra algo; que aquellos que se proponen seguirlo, obedecerlo y escudriñar en sus enseñanzas, obtienen más de Él. Y es que discípulo no es lo mismo que seguidor o simpatizante. Pero eso es tema para otra ocasión.

Interesante que Jesús decidió apartarse junto a sus discípulos en un cerro. Imagino que lo hizo para alejarlos de las distracciones, del ruido de la ciudad, de las voces contrarias y aun de los enemigos que ya se había ganado por predicar la verdad. Quería dedicarle tiempo exclusivo a ellos.

Pero más interesante es que, a pesar de que Jesús quizás procuró mantenerse en secreto con sus discípulos, eso no quería ni quiere decir que rechaza o no se deja alcanzar por los que le buscan. Dice este capítulo 6 del Evangelio de Juan que las multitudes lo vieron, y lo siguieron.

Y lo primero que mostró Jesús fue compasión con esa gente. Lo primero que vio fue su necesidad. Consciente de que somos seres compuestos de cuerpo, alma (mente, emociones) y espíritu, procuró suplir las necesidades en todo. Por eso lo primero que le preguntó a sus discípulos, era que dónde se podía comprar comida para tanta gente. Él sabía lo que iba a hacer, y sabía cuál iba a ser la respuesta. La verdad es que, como dijo Felipe, ni trabajando 200 días ganarían suficiente dinero para dar un poco de pan a tanta gente.

Pero Jesús, que nos enseña a través de la Biblia a ser agradecidos en lo poco, y a que actúemos a pesar de que podamos pensar de que no tenemos suficiente talento o recursos, recurrió a los cinco panes y dos pescados de aquel niño. E hizo lo contrario a nosotros, que nos quejamos cuando vemos que tenemos poco. Él dio gracias.

Lo siguiente que ocurrió me muestra algo que quiere Jesús de nosotros. Jesús le dijo a sus discípulos que sentaran a la gente. Esto me habla de descanso. Y no un mero descanso físico. Esto habla de descansar en el Señor cuando hay necesidad. Ese descanso lo que implica es confiar en Dios y esperar en Él. No dejando de hacer nuestra parte, pero sí confiando en que Él hace lo que es imposible para nosotros, cuando aprendemos a confiar en Él.

Luego de sentados, luego de que confiamos en Él y esperamos en Él, vemos su mano extendiendo su favor. Dio gracias por aquellos cinco panes y dos pescados. Esto habla de que la fe no se deja vencer por las circunstancias ni mucho menos por lo que se ve; la escasez, la enfermedad, etc. Por eso es que  Hebreos 11:1-3 habla de que la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Jesús hizo milagros en la Tierra no aprovechándose de su divinidad, sino mostrando que los milagros que hizo ocurrieron por su confianza en el Padre, y porque tenía constante comunión con Él. Por eso  enseñó que los que crean en Él, harán cosas mayores que las que Él hizo en la Tierra.

Al hacer el milagro de la alimentación de los 5,000, Dios pudo haber multiplicado aquellos pocos panes y pescados solo para que cubriera la necesidad inmediata de la multitud. ¿Acaso no era más que suficiente? ¿Por qué habrá hecho entonces que sobrara tanto, después que todo el mundo se sació?

¿Tal vez para que quedara evidencia de que en efecto hubo un milagro? ¿Quizás para mostrar de que Él, a pesar de la escasez que vemos con nuestros ojos naturales, es sobreabundante? ¿Sería para mostrar de que a Él, ni siquiera la realidad lo limita?

Es que debemos hacer la diferencia entre lo que es la realidad y lo que Dios puede hacer. Aprendí en carne propia ya hace un tiempo que la fe no es negar la realidad que podamos estar viviendo en determinado tiempo. Es creer que Dios es todopoderoso para tornar esa realidad en otra. En un momento puede que nuestra realidad sea que estamos enfermos, que no tenemos finanzas, que nos quedamos sin trabajo, o que ni siquiera tenemos para comer.

Digo esto, porque en un tiempo me enseñaron mal. Me enseñaron que la fe era, declarar y gritar “estoy en victoria”, cuando la realidad podía ser que quizás estaba en una profunda crisis. Pero desgraciadamente los que enseñan esa falsa fe, no están ahí para ayudarte a salir de la crisis, ni para buscarte ayuda o alentarte. Todo lo arreglan con recriminarte diciendo que no tienes fe, o que no estás orando ni ayunando.

Sin embargo, la fe verdadera no es ciega. Reconoce que la situación X o Y es mi realidad, pero no para conformarse con ella y quedarse estancado. La fe te lleva a convencerte de que Dios es mayor y más poderoso, y Él puede cambiar esa realidad. Él puede solucionarme la crisis. La fe también te permite entender que si la respuesta a tu problema no es una solución per se, o la respuesta que tú esperas, sí puedes recibir fortaleza de parte de Dios y la paz a través de todo el proceso, para salir adelante e incluso sabiduría para encontrar mejores oportunidades que las que puedes haber perdido.

¿Te atreves a ejercer esa fe? Pídele a Dios primero que te la conceda, porque hasta eso el Señor nos concede cuando se lo pedimos.

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