Jesús de Nazaret, hablando al Apóstol Pedro durante su arresto, dijo las siguientes palabras: «Vuelve la espada a su lugar; porque todos los que tomen la espada, a espada perecerán».
El asesinato de Osama Bin Laden era esperado. Osama era un terrorista global, quien orquestó ataques en varios continentes. Fue el autor intelectual de crímenes contra la humanidad, provocando el asesinato de africanos, indonesios, árabes, judíos, europeos, estadounidenses y hasta de unos cuantos puertorriqueños.
Osama no sólo convencía a jóvenes musulmanes a morir por su fe, sino que también fue responsable de la muerte de centenares de personas inocentes que profesaban el Islam.
Por ejemplo, el ataque del 6 de agosto de 1998 en Kenya mató 224 personas y dejó a 150 personas ciegas, todas africanas. Ese mismo día, 11 personas murieron en un ataque en Tanzania y todas eran musulmanas. Repito, los crímenes de Bin Laden no se circunscribieron a los Estados Unidos.
Osama era también una celebridad, siendo uno de los hombres más famosos del mundo. Su nombre se conocía en los cuatro puntos de la Tierra y hasta es venerado como una figura religiosa en algunas partes, pues en países como Afganistán es común ver estampas de Bin Laden a la venta en los mercados populares.
Bin Laden nació en cuna de oro en Arabia Saudita. Sin embargo, renunció a la opulencia para dedicarse a la guerra. Al principio luchó para liberar Afganistán de la invasión soviética, respaldado por los Estados Unidos. Sin embargo, su ideología oprimía a la mujer y rechazaba la democracia. Así Osama llegó a convertirse en enemigo acérrimo de los Estados Unidos, orquestando ataques contra intereses estadounidenses en diversas partes del mundo.
La mayor parte de estos ataques ocurrieron fuera de los Estados Unidos. Empero, su golpe más famoso fue a las Torres Gemelas y al Pentágono, acto que provocó la muerte de miles de personas inocentes. Ese día Bin Laden se convirtió en el enemigo público número uno de los Estados Unidos.
Bin Laden nunca se arrepintió públicamente de sus crímenes contra la humanidad. Por el contrario, empuñó la espada y nunca la soltó. Aun cuando le falló la salud, continuó exhortando a millares a luchar contra los países occidentales por medio de sus grabaciones en audio y en vídeo. Hasta el final, el terrorista dedicó su vida a proclamar un mensaje de odio, de violencia y de destrucción.
Esto es lo que diferencia a Bin Laden y a Jesucristo. Si bien ambos fueron hombres del Oriente Medio que fueron asesinados por un imperio globalizado, Jesús dedicó su vida a anunciar públicamente un mensaje de amor. Por su parte, Bin Laden pasó sus últimos años predicando el odio desde su escondite.
Quizás algunas personas comiencen un movimiento religioso alrededor de la figura de Bin Laden. Sin embargo, no prosperará. El odio lleva la semilla de su propia destrucción, por lo que toda empresa basada en el odio termina en el fracaso. Por esta razón, la red terrorista establecida por Bin Laden y sus secuaces también fracasará.
Es una lástima que esta historia no haya tenido un final distinto. Si Bin Laden se hubiera entregado a la justicia voluntariamente, hoy estaría vivo. Del mismo modo, un juicio por crímenes contra la humanidad hubiera sido una lección para todas las naciones. Sin embargo, la decisión de asesinar a Bin Laden impidió que el mundo pudiera juzgar a este asesino.
Y si digo «decisión» es porque el liderazgo político de los Estados Unidos consideró varias opciones antes de ultimar a Bin Laden. Pensaron arrestarlo, pero decidieron que esto era imposible. Primero, pensaron que el arresto de Osama iba a provocar toda una serie de ataques terroristas donde se raptarían personas para ser luego intercambiadas por el líder terrorista. Segundo, consideraron que era imposible transportarlo a todos los países donde hay cargos contra Bin Laden. Y, tercero, estaba el problema de dónde encarcelarlo, si en Estados Unidos, Guantánamo o en otro país.
El problema es que la decisión de asesinar a Bin Laden coloca a los Estados Unidos en el lado equivocado de la historia. Aunque Bin Laden se lo buscó con sus propias acciones, el liderazgo político de los Estados Unidos debió tratar de capturarlo vivo.
Al final, la advertencia de Jesús juzga tanto a Bin Laden como al presidente Obama y al resto de la humanidad: «todos los que tomen la espada, a espada perecerán». El que tiene oídos para oír, oiga.
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El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com

El Dr. Pablo A. Jiménez Rojas es un ministro ordenado de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo)...


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