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Pablo A. Jiménez

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25 de enero de 2013

Entre la integridad y el ser

Recientemente dos personas me comunicaron casos, ocurridos años atrás, donde fueron abusadas sexualmente por líderes religiosos en quienes confiaban. Estos casos sacuden la confianza del pueblo en las instituciones religiosas. Por esta razón, no debe sorprendernos los muchos comentarios que tildan a todos los líderes religiosos de corruptos y a todas las organizaciones religiosas como fraudulentas.

Sería fácil reaccionar a estas situaciones afirmando que nosotros somos la excepción. Podríamos engañarnos pensando que esos problemas afectan a otras personas, a otras congregaciones y a otras organizaciones religiosas. En nuestra fantasía, podríamos considerarnos a nosotros mismos como seres superiores a los demás; como personas que no podemos sucumbir ante la tentación, ante la corrupción y ante las pasiones más bajas.

Sin embargo, la realidad es que el pecado afecta a todos los seres humanos. A fin de cuentas, todo creyente es un pecador arrepentido que busca la gracia de Dios. Como escribiera el Apóstol Pablo, «Todos hemos pecado, y por eso estamos lejos de Dios» (Ro. 3.23, TLA). 

Por eso, cada uno de nosotros debe sostener una actitud de humildad ante la vida. Una vez más, las palabras del Apóstol Pablo son oportunas, quien escribió la siguiente advertencia en 1 Corintios 10.12: «Así que el que piensa estar firme, mire que no caiga». 

Con esa actitud de humildad en mano, pasemos a examinar un pasaje bíblico que proviene de Mateo 7:21-23. Allí nuestro Señor Jesucristo nos dejó las siguientes palabras: «No todo el que me dice: «¡Señor, Señor!», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Entonces les declararé: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!”».

Esta enseñanza es parte del Sermón de la Montaña, el primer discurso de Jesús en el Evangelio según San Mateo. El pasaje está precedido de unas palabras en contra de los falsos profetas. Jesús, usando una metáfora agrícola, compara a los profetas con las plantas que cosechaban en los campos. Del mismo modo que la planta buena da buenos frutos, el profeta verdadero da frutos dignos de arrepentimiento. Y así como la planta enferma da frutos que no tienen la calidad necesaria para ser consumidos por el pueblo, el falso profeta da frutos malos. El texto dice: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7.15-20).

Esta meditación sobre los falsos profetas sirve de preámbulo a las enseñanzas de Jesús sobre los líderes religiosos falsos. Jesús afirma que no todos los líderes religiosos tienen una verdadera relación con Dios. Lo que es más, afirma que existen personas que se presentan a sí mismo como líderes cristianos, aunque en realidad no predican con efectividad el mensaje del Evangelio.

Jesús lleva la enseñanza al plano personal cuando afirma que estos falsos profetas y estos falsos líderes cristianos no tienen una relación con él. Son «cristianos» nominales; personas que no tienen una relación personal con Jesús, aunque invoquen su nombre.

El Maestro Galileo usa una frase corta pero poderosa para  comunicar su mensaje: «No todo el que me dice: “¡Señor, Señor!”, entrará en el reino de los cielos» (Mt. 7.20). Es decir, que estos líderes son falsos aunque invoquen el nombre de Jesucristo. Sus oraciones no llegan al trono de la gracia de Dios porque no tienen una relación viva con Jesús, con el Cristo Resucitado. 

Jesús explica cuál es el criterio que debemos usar para identificar al líder cristiano verdadero. A la hora de evaluar la veracidad de un ministerio, debemos prestar más atención a las acciones que a las palabras. Jesús nos enseña que no basta con decir «¡Señor, Señor!»; lo importante es hacer «la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt. 7.20).

Por lo tanto, las acciones son más importantes que las palabras; la conducta es más importante que el discurso. Quien procura hacer la voluntad divina, demuestra que tiene una fe viva y eficaz. Empero, quien se queda al nivel de las palabras, no llega a desarrollar una amistad verdadera con Dios. 

Ahora bien, Jesús va más profundo aún, indicando que los falsos maestros pueden hacer espectáculos religiosos para engañar a la gente. Sin embargo, las obras de poder que puedan hacer como parte de sus respectivos ministerios no son prueba de tener una buena relación con Dios. Esto lo vemos en Mateo 7.21, que dice: «Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?». 

Con dolor, les indico que es posible hacer un «espectáculo» religioso que esté vacío de la presencia divina. Esta es una advertencia solemne que debemos tomar con seriedad. Se puede ocupar un púlpito sin tener una fe viva. Se puede predicar un sermón, sin tener una relación con Jesús. Se pueden reclamar hasta exorcismos y milagros, sin tener una conexión con Dios.

Y Jesús es tajante en su juicio, afirmando que va a rechazar a los falsos maestros: «Entonces les declararé: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!”» (Mt. 7.23).

¿Cómo podemos interpretar el mensaje de Jesús? Con humildad y respeto, les invito a ver que este pasaje contiene tres enseñanzas cruciales para todos nosotros hoy.

En primer lugar, Jesús nos llama a la integridad. El Maestro Galileo quiere que nuestra palabra concuerde con nuestras acciones. El Rabí de Nazaret desea que nuestra conducta sea congruente con nuestro discurso. 

Segundo, Jesús nos llama a ser verdaderamente cristianos, manteniendo una relación personal con Él. Como creyentes, todos nosotros podemos vivir en una relación de amistad continua con el Cristo Resucitado. Jesús desea ser nuestro amigo, de manera que cuando prediquemos, cantemos, enseñemos, visitemos o testifiquemos, hablemos desde una experiencia viva y eficaz con Dios.

Y en tercer lugar, Jesús nos llama a adorar en espíritu y en verdad. Este pasaje bíblico nos enseña que es posible hacer actos religiosos falsos, que tengan apariencia de piedad. Por medio de esta enseñanza, Jesús nos enseña que debemos alejarnos de los espectáculos religiosos que son meros simulacros o simulaciones. 

En resumen, las personas de fe vivimos entre la integridad y el ser. Vivimos en una constante lucha para armonizar nuestras palabras y nuestras acciones; nuestra conducta y nuestro discurso. Jesús, nuestro Señor, nos llama a vivir en integridad.

¿Qué opina usted? Le invito a compartir su opinión, comentando tanto el contenido de esta columna como los comentarios de otros lectores y de otras lectoras.

El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com

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