Se acerca el magno concierto de Yanni, el griego que toca música “instrumental contemporánea”, como él mismo la define, pero que, en opinión de muchos, no es más que un piano facilón y empalagoso, con el toque histriónico y los pelos largos.
Todo eso estaría muy bien, que venga y toque para el que quiera oírlo, si no fuera por la millonada que gastará el Estado en traerlo y pagar por el espectáculo en El Morro.
En la conferencia de prensa donde se dio a conocer el evento, alguien le preguntó a Yanni si incluiría música puertorriqueña en su show, a lo que él respondió que El Morro no era un lugar conocido y que por lo tanto tenía que tocar música universal. No sé qué tendrá que ver una cosa con otra, pero los periodistas debieron cuestionarle si en la “música universal” no están incluidas las melodías de Pedro Flores o Rafael Hernández. Si Yanni dice esa imbecilidad, hay que exigirle que la explique, que se enrede en sus explicaciones, porque, ¿quién es él para definir la universalidad de una música?
A última hora, como una migaja del inefable griego, se sugirió que tal vez -sólo tal vez- incluiría “Preciosa” en el programa. Pero no es seguro. A ver cómo amanece Yanni la semana que viene y cómo nos portamos dándole dinero. Dependiendo de eso, a lo mejor se aprende una canción de aquí.
Sólo quisiera saber cuántos paquetes de hotel, transportación y entradas para el concierto de Yanni han vendido fuera de Puerto Rico. Porque había planes de organizar esos viajes con la gente interesada en asistir al espectáculo. Sin embargo, surge un pequeño inconveniente. Y es que Yanni va a zapatearse Estados Unidos a partir de marzo o abril. Se presentará, no en monumentos desconocidos como El Morro, sino en lugares conocidísimos en su casa, como el “I Wireless Center (formerly Mark of The Quad Cities)” o el “Procter & Gamble Hall”. Creo que el año pasado estuvo en México; en ocasión de la visita y en honor a ese país grabó un álbum, todo de temas mexicanos. Pero aquí sólo tocará canciones universales, concepto que excluye a las melodías boricuas.
El caso es que, como en Estados Unidos lo van a tener hasta en la sopa (tiene programada una gira triunfal por el estado de la Florida, donde él mismo vive), habrá que ver dónde venderá la Compañía de Turismo sus flamantes paquetes. A Europa que no vayan a mirar. No creo que venga mucha gente de Europa a dispararse a Yanni. Que, por cierto, ya que hablo del Viejo Continente, uno esperaría que Yanni, que es tan espiritual y propenso a los arrebatos “new age”, done parte de las ganancias del concierto a los asilos de ancianos de su país, que están en situación crítica, como toda Grecia.
En definitiva, el músico tiene una oportunidad de oro para aplicar todas esas arengas que suele hacer en favor del amor, y así pronunciarse contra los crímenes de odio. En el país de donde va a sacar tanto dinero, se intenta eliminar del Código Penal los agravantes por ese tipo de crímenes, aquéllos que se cometen por la orientación sexual o el origen étnico de la víctima.
Los fundamentalistas religiosos, que son los verdaderos gestores de la idea, alegan que todos los crímenes son de odio. Sí, seguramente. Pero hay unos que encierran un odio más arraigado (y contagioso) que otros; un odio al que no se le puede quitar su importancia. La inquina y los prejuicios por la orientación sexual de una persona, o por su nacionalidad o su raza, no siempre terminan con el asesinato. Al eliminar ese agravante del Código Penal, tácitamente se refuerzan y alimentan otras formas de acecho, de hostilidad, de burla, que a lo mejor no conducen a la muerte, pero que son tan horrendas como si mataran.
Todo esto lo empujan los pastores y pastoras, que tienen controlada a su feligresía -control equivalente a dinero, son succionadores profesionales de dinero- y a los que no les conviene que en el País se asuma con naturalidad la diferencia, distintas formas de pensar o convivir. Con el chantaje de los votos, los de toda esa gente que mantienen zombificada y todavía va a escucharlos y a dejarles el diezmo, exigen a los políticos que metan penas por aquí y eliminen derechos por allá: así les dan un barniz de legalidad a sus prédicas excluyentes, de un puritanismo mugriento, que incita a la violencia.
El resultado es que un puñado de senadores sin escrúpulos, que se sabe lo que son y lo que van a dar, y que le hacen el juego del odio y del dinero fácil a los líderes del extremismo religioso, proponen algo que puede traducirse así: el que tira una piedra a un homosexual en la calle, no es que le tenga odio por su orientación sexual, es que es un tirapiedras y como tal debe juzgarse.
Si la víctima no es víctima por lo que es, la víctima como tal no existe. La estrategia es desproteger e invisibilizar a los que son distintos. Eso es lo que fortalece a los líderes fundamentalistas y les permite controlar mejor a la masa que exprimen.
Por eso Yanni, que es un universal de la melcocha hueca, debería decir algo desde El Morro.
Pero no lo hará, porque para él El Morro es un lugar que no conoce nadie.
Bastante tiene con sacarlo del anonimato.

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