La columna de la semana pasada provocó muchos comentarios lamentables, a los cuales responderé directamente.
Una columna no puede decirlo todo. Por definición, un escrito corto solo puede ofrecer un atisbo al tema bajo consideración. En el caso de la columna de la semana pasada, usé el género epistolar para denunciar que hay familiares que se resisten a aceptar la idea de que sus hijos puedan estar involucrados en actividades delictivas.
Si dediqué la carta ficticia a una “señora” es porque la mayor parte de los líderes religiosos hemos tenido la experiencia de responder al pedido de una ancianita que nos ruega que hablemos con su nietecito. Y cuando vamos a hablar con el “nene”, encontramos a un joven inmerso en el crimen.
Algunas lectoras vieron una intención sexista en la columna anterior. Empero, la columna bien pudo estar dedicada a un abuelo, a un padre o a un hermano, porque la ceguera voluntaria puede afectar a toda la familia. Tener a una persona involucrada en el crimen causa crisis en toda la red familiar.
Otros comentaristas no comprendieron que la columna no hablaba de un caso en particular, sino que se refería en forma general a las miles de familias que tienen hijos, nietos y sobrinos involucrados en el narcotráfico.
¿Quieren un caso real? Hace unos cuatro o cinco años tuve que oficiar el funeral de un jovencito de apenas 22 ó 23 años. Me dijeron que me cuidara, dado que el muchacho era un conocido gatillero a quien se le imputaban, por lo menos, tres asesinatos. Al llegar al hogar, encontré que el “hombre fuerte” caído en las batallas callejeras era un “nene” que no llegaba a 5 pies 3 pulgadas. Pesaba unas 100 a 110 libras. No tenía barba ni bigote. Parecía un preadolescente.
El chico era el padre de un infante menor de dos años, concebido con una jovencita que también pertenecía a la pandilla. “Niños engrendando niños”, pensé. No podía creer que aquellos “nenes” fueran unos criminales.
El padre del difunto, quien lloraba desconsoladamente, me pidió una palabra a solas. El hombre me advirtió que su hijo era pandillero y que los secuaces del joven estaban en la casa. Incrédulo, miré alrededor y sólo vi una media docena de muchachitos. El señor percibió mi incredulidad, procediendo a narrarme una anécdota escalofriante.
Tres semanas antes de la muerte de su hijo, el padre confrontó al muchacho. Estaba indignado porque había encontrado evidencia irrefutable de sus crímenes. El joven lo escuchó en silencio, sin demostrar emoción alguna. La respuesta vino cuando el padre amenazó a su hijo con llamar a la Policía. El muchacho respondió produciendo un arma de fuego y encañonando en silencio a su padre.
El caballero bajó la cabeza, temblando de miedo, y le pidió a su hijo que no disparara. El joven bajó su arma, advirtiéndole a su padre que no dudaría en matarlo si lo denunciaba.
El padre nunca imaginó que su hijo habría de ser asesinado días después. La muerte del joven desató toda una serie de asesinatos en el barrio, resultado de la lucha entre tres pandillas. Y la familia quedó atónita, preguntándo qué hicieron mal; cómo su niño había caído tan bajo y cómo sobrevirían su muerte.
Gente, el crimen en Puerto Rico es real. No es cuestión de politiquería y no tiene soluciones fáciles. Quienes tenemos hijos e hijas debemos estar vigilantes, pues nuestros muchachos lo mismo pueden ser víctimas del crimen que victimarios.
¿Qué opina usted? Le invito a compartir su opinión, comentando tanto el contenido de esta columna como los comentarios de otros lectores y de otras lectoras.
El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com

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