“¡Dios mío, pero qué gorda tú estás!”, “Tú como que has aumentado unas libritas…”, “¿Qué te pasó? ¡Ni te pareces!”, “¿Estás deprimida?”, “¡Qué flaquita!”, “¿Te sientes mal?”, “¿Estás enferma?” (A sus espaldas, seguramente, comenta que eres anoréxica).
En ese momento, viene a nuestra mente la desaparecida Luzma, personaje de Víctor Alicea, quien con peculiar voz repetía una y otra vez: “¿TE IMPORTA?”
¿Quién no ha sido sorprendido por comentarios tan peculiares como estos en algún momento de su vida? Si no les ha pasado aún, no se preocupe, algún imprudente se encargará de hacer que usted viva esa impactante experiencia próximamente. Y es que el hablar de más, parece ser una moda permanente.
Me pregunto si es necesario decirle en la cara a alguien algo que la persona ya sabe. Todos tenemos espejo en nuestros hogares y somos capaces de reconocer los cambios que ocurren en nuestro físico. Pero, por alguna razón, se nos hace difícil evitar decir automáticamente lo que nos llama la atención, aún cuando no sea el momento y lugar indicado para hacerlo.
La espontaneidad de la raza latina siempre puede más y en momentos de impacto visual, se bloquea el sentido común y salen a flote las emociones, dando cabida a comentarios que pueden afectar la autoestima de aquellos que nos rodean. Cito como ejemplo a una tía materna, quien en plena adolescencia, me dijo que gracias a Dios estaba cambiando mucho porque de chiquita era bien feíta. Obviamente, de más está decir que no es mi tía favorita. Je,je…
La crítica no constructiva es algo que nos afecta a todos, nadie se salva. Sin duda alguna, los más afectados por este mal denominado “Imprudencia absoluta” de forma recurrente son las figuras públicas. ¿No me creen? Veamos…
“¡Ay, pero tú eres flaca y joven… no te pareces a cómo te ves en televisión!” (En ese instante, la artista en cuestión cambia la cara y se pregunta: ¿Me estará diciendo gorda y vieja?) “¡Te ves más bonita en persona!” (Interpretación: O sea, que en tele no soy tan agraciada?) “Te veía en la novelas cuando era chiquita… mmm… (Traducción: tu segundo nombre es Botox y tu apellido Tutankamon).
No puede faltar un clásico del ‘artistaje’, la pregunta por excelencia: “¿Te acuerdas de mí?” (El artista entra en pánico). ¡Me tomé una foto contigo en una fiesta patronal en el 1999! (Ufff, qué miedo; espero que no suba esa foto a Facebook o Twitter, ni mucho menos me haga un tag). “¿No me digas que no te acuerdas?” (Leve sentimiento de afirmación interna y rabia). Y llega acompañada del complemento/reclamo: “¡Me estás diciendo que sí por cumplir pero no te acuerdas!”. (Cara de si lo sabes para qué preguntas) y finaliza con “Se le subieron los humos” ¡Esteee, ajá! (Cara de ‘Hello’!!!) ¿Tendrá una idea de las miles de personas con quien se ha retratado a lo largo de la carrera?) ¡Qué fuerte!
Estos son sólo algunos ejemplos de su pan de cada día. ¿Qué tal? Ahora, díganme que no ha hecho algo parecido alguna vez. ¡Lo sabía!
No somos perfectos, pero es importante aplicar como regla dorada el tener mucho cuidado con la forma en la que nos referimos a otros, pues si, casualmente, la persona aludida está atravesando alguna situación difícil, una palabra en falso podría generar una bomba de tiempo.
Imagínate si llegas a felicitar a alguien por su embarazo y resulta ser que la persona ha subido de peso porque tiene un problema hormonal. Uff! ¡No seamos imprudentes! Mira que en boca cerrada no entran moscas…

Modelo, presentadora, actriz, locutora, y ex reina de belleza puertorriqueña. Sus inicios en el ...


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