Este año, el revuelo por el basural en que se convirtieron las playas tras la celebración de la Noche de San Juan, ha sido más notable que otras veces. No sé a qué viene tanto asombro. Es como si nunca hubiera ocurrido que las playas del país amanecieran llenas de porquería, no sólo en esa fecha, sino a lo largo del verano y, en especial, luego de los festivales playeros que tienen lugar por estos meses.
Las campañas del Gobierno no son efectivas. Ese “deja sólo tu huella” no le ha movido un pelo a nadie. Y, en todo caso, se podría decir que la huella es ésa: las neveritas destartaladas, las bolsas plásticas, las latas vacías y hasta los pañales sucios. ¿De verdad en Turismo creen que quienes no tienen reparos en inundarlo todo de basura se conmoverán por la impoluta parejita que deja la huella de sus pies? Es una estampa visualmente confusa, que más parece la de un anuncio de cerveza o la de un préstamo bancario.
Alguien decía por la radio que la Noche de San Juan la arruinan “dos o tres” que tiran la basura. ¿Dos o tres de qué, si en realidad son miles? Una buena parte de la gente que se acerca a la playa en esa noche contribuye con sus desperdicios. Y lo cierto es que poco se les puede exigir a unas personas a las que no se les ha inculcado ese sentido cívico de meterlo todo en una bolsa y dejarla dentro del zafacón que tiene ante sus narices, o llevársela en el baúl del carro. El carro es sagrado. La tierra que pisan no lo es tanto.
El Gobierno se acuerda de la basura en las playas cuando se acerca el verano, con esas campañas místicas que no entiende la gente a la que mayormente van dirigidas. Si entendieran eso, la sutileza de las huellas y cosas así, no habría basura al día siguiente ni se necesitaría ninguna campaña.
El caso es que el hábito de no agredir a la Naturaleza se aprende en la niñez, y se consolida más tarde, en la adolescencia. ¿Cuántos niños que se comen un dulce en la calle y tiran a la acera el papelito que lo envuelve son reprendidos por los padres o por algún adulto? Muy pocos. Es en el supermercado, que hay vigilancia y equipos de limpieza, y uno se encuentra a menudo los restos del paquete que abren para comer sentados dentro del carrito, como pequeños budas.
La tendencia a tirar basura en la playa no es por la playa en sí, sino por la costumbre de tirar en cualquier parte. Combatirlo allí y olvidarlo para lo demás es absurdo. Después de todo, ¿quiénes dan el ejemplo? Pues, para empezar, los políticos en año electoral. La cantidad de inmundicias que generan los candidatos, sobre todo con las hojitas sueltas, más las pancartas y las botellas plásticas que tiran al paso de las caravanas, es comparable con el escarnio de las playas.
En todas las escuelas del País, dentro de alguna asignatura afín, debería incluirse el tema de la protección del medio ambiente. Es un asunto que apenas se toca, o se hace de la manera más cursi. En lugar de llevar a los estudiantes de excursión al supermercado -ya hablé una vez de una escuela que llevaba a toda la clase al supermercado, como si fuera un museo- deberían organizarles algún tipo de limpieza colectiva, si es la playa, mejor.
Los que dejan en estado lamentable las zonas costeras, en fiestas multitudinarias como la del domingo pasado, tienen una noción muy acendrada de que “ya alguien lo recogerá”. A ellos no les importa quién ni cómo. Y ese concepto rige para otros aspectos de la vida, incluso para planificar el futuro: lo que se va a consumir cuando no queden tierras cultivables, o la manera en que se pagarán las deudas cuando el País se vea asfixiado por los acreedores, ya lo resolverá alguien que caerá del cielo.
El sentido de la responsabilidad tiene que crecer con el individuo, y entonces sí se le puede exhortar a que deje sólo sus huellas. Muy fino anuncio, pero tampoco hay que desperdiciar dinero en lo que no va a entrar en la cabeza si no es con método y trabajo.
Mientras los irresponsables dormían la borrachera de la larga noche o eructaban pegados al televisor, unos pequeños grupos de ciudadanos con decoro se deslomaban recogiendo desperdicios. Pero ni siquiera con buena voluntad se logra recogerlo todo. Siempre queda mucha suciedad que va a parar al mar. Inevitablemente, a la boca de todos, los que tiran y los que no.
Por supuesto, el peligro de convertir a los seres humanos, desde edades tempranas, en guardianes del medio ambiente, de las playas, de los mismos bosques, es que luego los gobiernos, los legisladores, encuentran demasiados obstáculos en autorizar destrozos como los que autorizan. Peores que los de la Noche de San Juan.
Educar tiene un riesgo. Lo saben perfectamente aquéllos que dejan las huellas de la mediocridad.

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