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Vicios, virtudes y valores

Pablo A. Jiménez

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28 de marzo de 2012

Iglesia y transformación social

El comienzo del siglo XXI ha sido testigo de profundos cambios culturales en el mundo, particularmente en los Estados Unidos. Inició con los tristes eventos del 11 de septiembre de 2001, que afectaron profundamente las relaciones entre los distintos grupos étnicos y raciales en el país, avivando sentimientos xenófobos y motivando dos guerras. Después, el país se hundió en una grave crisis económica, como la que no se había experimentado desde comienzos del siglo XX.

Por su particular relación con los Estados Unidos de América, Puerto Rico ha sufrido de cerca las consecuencias tanto de la llamada “Guerra contra el terrorismo” como de la recesión. Miles de jóvenes puertorriqueños se fueron del país, algunos a trabajar en los Estados Unidos y otros a servir en las fuerzas armadas que han combatido en Irak y en Afganistán. La merma en los empleos tanto en el sector público como privado avivaron la emigración. Fueron tantas las personas que se fueron de Puerto Rico que la construcción se paralizó, se dispararon las quiebras personales y mucha gente perdió sus casas, dado que no podían pagar sus hipotecas. Hoy quedan como testigos las residencias abandonadas en nuestras comunidades y los condominios que están prácticamente vacíos, con un bajo porcentaje de ocupación.

Como es de esperar, la crisis en la economía legal motivó un marcado aumento en la economía ilegal o subterránea. Parte de esta economía subterránea es relativamente neutral en términos éticos y morales, como cuando un plomero repara la tubería de la casa de un ingeniero en electrónica que le compensa reparándole la computadora. Aunque no se pagan impuestos, no hay delitos envueltos en el proceso.

Sin embargo, otras partes de la economía subterránea involucran actividades ilegales y organizaciones criminales. Esto explica el aumento de las actividades delictivas en Puerto Rico, que han alcanzado niveles insospechados. El aumento en los asesinatos, los tiroteos en las calles y en los escalamientos están directamente relacionados con el trasiego de drogas ilegales y la guerra por el control de los puntos de distribución de sustancias controladas en la Isla.

Ahora bien, la pregunta que hoy nos ocupa es qué papel, si alguno, debe jugar la Iglesia en este esquema. Y si digo “si alguno” es porque algunos comentaristas entienden que la separación constitucional de la Iglesia y el Estado prohíbe la participación de la primera en estos esfuerzos.

No obstante, lo que dice el Artículo II, Sección 3 de la Constitución de Puerto Rico es lo siguiente: “No se aprobará ley alguna relativa al establecimiento de cualquier religión ni se prohibirá el libre ejercicio del culto religioso. Habrá separación de la iglesia y el estado”. Es decir, esta disposición prohíbe dos cosas en específico. Por una lado, que el gobierno establezca una religión oficial, a la que privilegiaría con apoyo económico. Por otro lado, la Constitución prohíbe el hostigamiento y la persecución de las comunidades religiosas, promoviendo así la libertad de cultos.

Queda claro, pues, que no hay impedimentos legales a la participación de la Iglesia en los esfuerzos ciudadanos para mejorar la calidad de vida en el país. Pero esto no cancela la pregunta central: ¿Debe la Iglesia involucrarse en estos esfuerzos para la transformación social de Puerto Rico?

Mi respuesta es que sí, la Iglesia debe participar, y se basa en tres supuestos. El primero es que la vida humana tiene un aspecto espiritual innegable. Por lo tanto, el cultivo de la espiritualidad es esencial para cualquier persona, institución o esfuerzo que busque atender de manera holística o integral las necesidades del ser humano.

La espiritualidad une a la humanidad, dado que todas las culturas tienen rituales religiosos. Por eso, atendida adecuadamente, el cultivo de la espiritualidad puede ser un punto de encuentro que abone a la cohesión de las alianzas ciudadanas.

Claro está, la religión también puede ser motivo de conflicto, particularmente si los representantes de las entidades religiosas tratan de usar las actividades cívicas para el proselitismo o si se enfrascan en controversias doctrinales. Es crucial, pues, que los participantes en estas actividades actúen con mesura, prudencia y sabiduría, buscando el bien de toda la sociedad.

Lo que es más, las personas que representen a comunidades religiosas en las alianzas ciudadanas deben tener una educación teológica sólida, que les permita reflexionar sobre los problemas sociales y ayudar a otras personas a pensar teológicamente sobre la vida humana. Esto promoverá la cohesión que tanto necesitamos.

El segundo supuesto es que la espiritualidad está relacionada con los valores. Podemos definir los valores como preferencias relacionadas con los cursos de acción más apropiados. Los valores determinan el sentido del bien y del mal. Por lo tanto, influencian las actitudes y la conducta tanto de la persona como de la sociedad.

Los valores morales son la base de la acción ética. Y si hablo de “valores”, en plural, es porque cada persona y cada sociedad desarrolla un “sistema ético”. Este debe ser coherente, agrupando valores que sean congruentes entre sí. Algunos valores son fundamentales al sistema, sirviendo de base a otros valores éticos y prácticas morales. Aparte de los valores fundamentales, también hay valores éticos y morales; doctrinales,  ideológicos y religiosos; políticos y sociales; y los valores estéticos.

Los valores pueden ser individuales o comunitarios. El sistema de valores de una sociedad determina su código moral. El fin óptimo de un sistema de valores es promover la integridad ética, moral e ideológica de la sociedad.

La fe cristiana, al igual que el judaísmo, tiene un alto contenido ético y moral. Para el cristianismo, el amor es el valor fundamental que sirve de base a todos los demás, porque “Dios es amor” (1 Jn. 4:8). Las tres virtudes teologales son la fe, la esperanza y el amor (1 Co. 13:13). Y el fruto del Espíritu Santo se compone de una colección de nueve virtudes, enumeradas en Gálatas 5:22-23: “Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”. El “Reino de Dios” es el concepto bíblico que resume e identifica el sistema de valores del cristianismo. El Reino es el concepto teológico que identifica la sociedad alternativa que Jesús de Nazaret le propone a la humanidad.

Por esa razón, recalco que las alianzas ciudadanas, en su búsqueda del mejoramiento de la sociedad, deben contar con la ayuda de líderes religiosos que les enseñen a reflexionar teológicamente sobre los ribetes éticos y morales de los problemas que afectan a la sociedad.

Además, el altruismo, entendido como “la diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del bien propio”, tiene una base religiosa o espiritual. La crucifixión de Jesús de Nazaret es uno de los ejemplos más claros de altruismo en la historia humana. Como dice Romanos 5:6 al 8: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.

El tercer supuesto es que la fe cristiana, siguiendo el ejemplo de Jesús, nos llama al servicio comunitario. El cuidado de la persona débil y vulnerable es central al mensaje tanto de la Biblia Hebrea --conocida como el “Antiguo Testamento” en los círculos cristianos-- como en el Nuevo Testamento. Textos como la parábola del Juicio a las Naciones, en Mateo 25, recalcan el llamado al servicio, afirmando que es un imperativo teológico.

El servicio comunitario es, pues, parte y parcela del ministerio cristiano. Dios llama a la Iglesia a servir a la sociedad, a toda la sociedad, no importa si quienes hoy reciben los beneficios del trabajo eclesial algún día llegaran a formar parte de nuestras comunidades de fe. Los ministerios de ayuda y misericordia encuentran su razón de ser  en el amor, que es la esencia de Dios mismo.

¿Qué opina usted? Le invito a compartir su opinión, comentando tanto el contenido de esta columna como los comentarios de otros lectores y de otras lectoras.

El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com

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