La boda de la hermana de Valeria era el acontecimiento del día en Jardines Gardens. Desde el amanezca el hombre de esa familia -el papá de la vecina que deja a Manolo medio mudo cada vez que se acerca-, convocó al resto de su especie en la calle para que le ayudaran a lavar los carros en los que la novia y su hermana se desplazarían a la iglesia ese sábado en la noche.
Manolo, Joel y Carlos no perdieron tiempo en echar un ojo a la jornada de preparativos. Don Jacinto sacó su sillita de playa y se sentó cerquita de la acción para supervisar el uso del agua, del jabón, la esponja y la cera.
-Te está chequeando por la ventana, murmuró Joel a Manolo quien se esmeraba con un paño gris en los aros de un antiguo Cadillac.
Valeria, con el semillero de pinches relucientes en su cabeza, se escondió.
-Yo como que noto un chivito en ese aro, alertó don Jacinto.
-Tranquilo abuelo que todavía Manolo no ha calentado bien, quiso tranquilizarlo Joel.
-Pero es que en ese carro va Valeria, él no puede ponerse con chapucerías, agregó el vecino mientras tomaba agua del telmo que colgaba de su silla.
-Si este es el carro que usará Valeria quedará a fuego, vaticinó Manolo con una valentía que se deshizo tan pronto su suegro pasó a revisar el trabajo de su brigada de limpieza.
-No le saquen brillo al sucio porque le pego la manguera de nuevo a los carros. Quiero que todo esté limpio y que brille, que hasta yo brille cuando me ría sentado en el asiento de atrás. Si no hay brillo no hay premio, advirtió el suegro.
-¿Y cuál es el premio?, preguntó el trío de limpiadores.
Los ojos les brillaban imaginando posibles recompensas. Manolo se veía guíando el carro en que viajaría Valeria, Joel estaba seguro que a él lo dejarían guíar el de la novia y Carlos se veía “disjockeando” en la recepción a la que habían invitado a toda la calle.
-Pueden ir los tres a la fiesta guíando uno de los carros que están brillando, y de paso le dan pon al caballero, dijo el suegro señalando a don Jacinto quien ya se iba a casa en busca de “la guayabera de ir a misa”.
Era demasiado tarde para sabotear la labor y no ganarse el gran premio de la noche. El brillo de la carrocería y los cristales cegaba aún de día.
A las siete de la noche, la mezcla de cuatro perfumes masculinos distintos en el inmaculado carro era asfixiante. El paño gris pillado entre el baúl y la tablilla parecía decir adiós a la gatita Zucarita, la única vecina que no fue a la fiesta.


¡Móntateeeee! Grito de guerra, súplica o mandato mañanero; cualquiera de las tres aplica si de descr...


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