La representante Liza Fernández decía en estos días que no ha visto la indignación que existe en el público por el ramillete de irregularidades que se le atribuyen a su colega José Luis Rivera Guerra en relación a sus dos casas.
A pesar de las críticas que generó dicha afirmación, es bastante probable que tenga razón.
Puede, en serio, que no haya sentido, todavía, el calor del coraje que ha generado en parte del País las acciones de un legislador que violenta de la manera más burda imaginable las leyes y reglamentos que le aplican a los demás mortales y la actitud de ganga que han asumido sus colegas, con el apoyo tácito de los populares, para protegerlo y salvarlo del lío.
Como tantas otras cosas en Puerto Rico, la indignación tiene colores. Hay una tajada inmensa de la población que encuentra bien todo lo que hace la gente de su partido y mal lo que hace el contrario. Incluso si se trata de los mismos actos, está bien si lo hace el mío, pero mal si lo hace el contrario.
Así, vemos en estos días a muchos de los que guardaron silencio cuando políticos del PNP se paseaban con el narcotraficante José “Coquito” López pidiendo ahora a gritos que Alejandro García Padilla explique qué hacía un conocido delincuente de la zona oeste en la tarima desde la que daba un discurso sobre cómo pretende rescatar a Puerto Rico del crimen y la violencia.
De igual forma, los que rabiaron por Coquito parecen ahora muy conformes con las vagas explicaciones que ha dado García Padilla sobre la presencia del tal Papito Class en su tarima.
Ojo, que no fue un fulano que, como pasa tan a menudo, paró al candidato en la calle para fotografiarse con él, sino alguien que estaba en la tarima desde la cual hablaba el aspirante y con el atuendo de los miembros de su avanzada.
El país, como sabemos, está lleno de delincuentes y lo más seguro es que García Padilla ni tiene idea de quién es el Papito Class este. Dada la seriedad del tema, el asunto merecería una explicación un poquito más clara de la que se ha ofrecido hasta ahora. Pero ya que en este país como en casi ningún otro las cosas son según el color del cristal con que se miren, los populares quedaron muy conformes con lo dicho.
Eso más o menos es lo que pasa entre los miembros del PNP con el ‘affair’ Rivera Guerra. Cada día hay una nueva y escandalosa revelación sobre este representante del que nada se sabía hasta ahora que sabemos que se pasa las leyes y reglamentos por los que él mismo vota por donde no le da el sol y está siendo asistido por todo el aparato gubernamental para regularizar su situación, como si devolver un televisor que uno se robó borrara el delito.
Pero los suyos no le ven nada malo.
La representante Fernández, pilar del PNP en San Juan, seguramente tiene a los miembros de este partido como sus amigos más cercanos, sólo se ve con ellos y nada más a ellos los tiene en sus redes sociales. Está, pues, dentro de una burbuja que de seguro no la penetra el furor que arropa al país por causa de Rivera Guerra.
Ahora, si la representante Fernández se aventura un poco más allá, si sale al menos por un solo momento de la zona segura de su círculo más íntimo, puede que se tope con una sorpresa.
Si hubiera ido de incógnito, por ejemplo, a la oficina del CRIM a la que fue una reportera de El Nuevo Día esta semana se hubiera topado con la horda de gente encolerizada con los privilegios que se le han otorgado a Rivera Guerra y pidiendo trato igual.
Puede incluso que le pase como a su excolega Roberto Arango, quien, por razones harto conocidas ya no es legislador, pero le dio con aventurarse al encuentro de pueblo por excelencia en este país, las Fiestas de la Calle San Sebastián, y allí tuvo un encuentro cara a cara con la rabia de la gente.
O, como a muchos políticos de uno u otro bando que, bajando a veces la guardia, se salen del círculo de sus alicates y van, por ejemplo, a eventos deportivos o a conciertos, y allí se les hace saber lo que de verdad se siente sobre ellos.
Esas, pues, son lecciones que deben aprender Liza Fernández y todos los políticos que, embobados por el eco de la fantasía en la que viven, no se dan cuenta de que hay gente velándolos y, cuando menos se lo esperen, pueden mostrarle lo que hay más allá de la burbuja.

Benjamín Torres Gotay ha ejercido el periodismo de manera ininterrumpida desde su graduación de la U...


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