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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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24 de marzo de 2013

La isla desnuda

Está el cuento ese, que muchos conocen, del emperador engañado que anda en cueros por la calle porque nadie osa decirle que no ve las supuestas ropas que tiene puestas. Así, en pelotas, mostrando el pundonor, como aquel viejo monarca,  ha quedado expuesto el país por el ramillete de desgracias que le viene cayendo encima de un tiempo a esta parte.

Fuimos prósperos, no hace mucho. Todavía algunos recuerdan, y siguen jugando en el Pega 3 con la esperanza de que el eco de aquella prosperidad siga cobijándolos, la cifra, la 936.  Era, la 936 aquella, un maicito que nos tiraron los americanos para que por un tiempo creyéramos que éramos la gran cosa.

Y bien que lo creímos: los bien pagos empleos de las farmaceúticas, decenas de miles de compatriotas viviendo “el sueño americano”  (150,000 según algunos estimados) y miles de millones de dólares en nuestros bancos. Sólo había un problema: el que da, puede quitar, y un día las 936 dejaron de ser convenientes para quien dio, los americanos y la quitaron, con la complicidad, valga decirlo, de algunos talibanes de aquí que tampoco la querían porque es incompatible con la estadidad.

Vamos cuesta debajo de allá para acá. Cuánto hemos llorado desde entonces. Cuánto hemos ido donde el americano, en todas las poses imaginables, a pedir algo igual o parecido. Precisamente en estos días andan el gobernador Alejandro García Padilla y el comisionado residente Pedro Pierluisi haciendo maletas para ir otra vez a pedir. Igual, van a pedir que eliminen las leyes de cabotaje y que no apliquen aquí la pena de muerte.

Las tres cosas – los incentivos contributivos, las leyes de cabotaje y la pena de muerte – tienen más cosas en común de las que se ven a simple vista. La primera, la más obvia, es que dar o no dar depende de ellos, no de nosotros. La segunda, y la más dolorosa, es que ninguna de las tres la van a dar por la más simple y comprensible de todas las razones: el que da, da porque le conviene y Estados Unidos no está en este momento en condiciones de dar mucho.

Ahí es que viene a la mente el emperador en cueros. Quedó, más claro que nunca antes quizás, cómo es este negocio nuestro con los estadounidenses. Alguien sacó la lámpara de alógeno, alumbró hacia acá y se nos vieron hasta las vértebras: este es un país de tres y pico millones de habitantes (menos cada día, porque la cosa aquí está tan mala que están huyendo por montones) cuya supervivencia económica, por no decir social, depende de lo que den de otro lado.

Quedó esto, pues, en traje de Eva o de Adán, escoja usted.

Puerto Rico necesita urgentemente incentivos contributivos que vuelvan a traer empresas como eran las 936. Pero no se puede porque quien lo da es el americano y allá tienen un déficit presupuestario que manda madre y no están en condiciones de estar dando.

A Puerto Rico le conviene que se elimine la obligatoriedad de que usemos barcos estadounidenses para traer mercancía porque son caros e ineficientes. Pero el control de las leyes de cabotaje lo tienen ellos y, si las quitan, se les va a pique su industria naviera.

Lo de la pena de muerte no es económico, pero el principio es el mismo. Allá les parece muy bonito que el estado mate gente y acá no. Pero como el interés que prima es el de ellos, acá no nos queda más que pedir y esperar que se apiaden.

El que tenga oídos para oír, que oiga. Puede que alguna vez los intereses de Estados Unidos hayan coincidido con los nuestros, y santo y bueno. Pero ya no es así. Asústese mucho, si quiere, pensando en que quizás un día deje de serles conveniente mandar para acá el dinero del PAN, de las escuelas, de los residenciales, de las carreteras y todo lo demás. Ay Virgen, ¿qué haremos entonces?

Se entiende, por supuesto, que haya mucha gente a la que esto le guste, o que quiera incluso anexarse a Estados Unidos, aunque haya que contestar la pregunta, muy seria, que hizo aquel que se vaciló a los estadistas que protestaban frente a la Casa Blanca, “What exactly would they bring to the table?”, con algo solo un poquito más significativo que “baseball and rum”.

115 años de relación, en fin, no pasan en vano y muchos creen de buena fe que nuestro interés bien protegido por Washington. Pero nadie puede negar que, en este momento, sus intereses no son los mismos que los nuestros, nos está costando y, ahora mismo, lo único que se puede hacer son tres cosas: pedir, volver a pedir,y esperar.

Quedamos desnudos, ¿o no?


(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay

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